miércoles, 18 de junio de 2008

COMO UN NIÑO


El origen de la expresión «Mi tesoro» del lenguaje afectivo es éste. Es, sin duda, el más bello misterio de la amistad el que se pueda creer al amigo eventualmente capaz de lo que uno no se atreve a esperar de sí mismo. Estas amistades de infancia se basan con frecuencia en un secreto, en la intuición infantil de valores inestimables, de un gran tesoro oculto al que el amigo acaso tiene acceso. De nuestra vida escolar nos acordamos, sin duda, de que, entre nuestros compañeros, algunos pasaban por «héroes»; eran temperamentos especialmente dotados o estimables, a los que se quería cariñosamente y a los que se creía capaces de realizar maravillas. Ese señor B. C. había sido para nuestro hombre un amigo idealizado de este modo; a sus ojos desconocía el miedo, era capaz de grandes cosas y, con toda pureza, pasaba por ser un niño sin malicia. Por eso puede poner su pie en la boca de la serpiente, por ser el pie la parte del cuerpo tradicionalmente designada—ya en el catecismo nos lo decían—para las mordeduras de la serpiente. El niño de nuestro sueño puede aventurarse en el antro de la serpiente, que tiene para él sentimientos amistosos e incluso es su protectora. Encontramos aquí de nuevo una representación primitiva y originaria: las tribus africanas creen que sus hechiceros van acompañados de demonios, bajo forma de reptiles, y al alma la consideran una serpiente; cuando un negro se pregunta con perplejidad lo que debe hacer, dice, mientras se aleja: «Me voy a hablar con mi serpiente», queriendo decir con ello que va a hablar con su alma. La serpiente, en nuestro sueño, no sólo no aparece bajo una luz nefasta, sino que parece ser de muy buen augurio; ama al muchacho y éste, manifiestamente, le corresponde. El mismo motivo lo encontramos en el gran misterio de Eleusis representado sobre un vaso funerario célebre, en que el iniciado acaricia a la serpiente de Démeter, madre de la tierra. Del mismo modo, en la mitología germánica se encuentra la leyenda según la cual quien logre besar a la serpiente la transformaría en una bella joven; el cuento del Rey de las Ranas (der Froschkönig) procede de una imaginación análoga. Sólo el niño sin malicia, el hombre no desconfiado, puede no asustarse en presencia de una serpiente: todos los demás seres humanos sienten un profundo terror. Es este uno de los secretos de la infancia que se desvanece con ella: el ser, al crecer, olvida el secreto de la totalidad infantil, del niño que sabe dejar vivir en él todo un mundo sin paralizarlo con reflexiones, juicios, condenas; del niño que vive en una especie de Jardín del Paraíso, donde todos los seres crecen pacíficamente unos junto a otros. Desvaneciéndose este secreto con la edad, podemos decir que sólo un perfecto insensato está en condiciones de presentir después esa totalidad disipada y enfrentarse sin miedo con su demonio interior. Gracias a su joven amigo la serpiente le dice al sujeto del sueño que toda España le pertenece. El país entero significa, de nuevo, una idea de totalidad. La posesión de España, del país entero, es un símbolo de la totalidad ya implícitamente incluida en la soberanía de Toledo. Como la serpiente impide el acceso a la totalidad del ser, es preciso—y él mismo expresa el deseo—descender hasta ella; le dirige al que sueña la apremiante petición de que le lleve otra vez al niño; en otros términos, y pasando a lo general, el alma inferior localizada en la medula espinal, el instinto profundo en nosotros, aspira a recuperar al niño...

C..G..Jung

1 comentario:

Blackrose dijo...

No sé por qué, me recuerda un poco al Club de la Lucha.
El caso, pues sí, la verdad es que los niños llegan a cosas que los demás, según crecemos, nos vamos perdiendo. ¡Qué pena!
Yo quiero seguir siendo niña ¡¡chi chi!! ^^