miércoles, 25 de junio de 2008

MELANCOLíA



La melancolía simboliza en efecto ese estado típico del alquimista esperando con impaciencia el éxito de sus operaciones y su frustración queda en ella bien representada, aunque es evidente que no le es exclusivo. El plomo, metal fundamental en la transmutación, se significa precisamente por el negro (melas) que corresponde a Saturno, personificación mítica del tiempo, que se refleja en el grabado de Durero por la balanza y el reloj de arena, objetos visibles en la parte central superior, claramente herméticos y representativos en la alquimia(36).
Habremos de reconocer que algunos símbolos pueden tener diversas interpretaciones, pero si la mayoría de los objetos que aparecen en el grabado son también simbólicos de la operación alquímica, la conclusión de que es este el tema del grabado resulta evidente. El compás, por ejemplo, que tiene la doncella en la mano se considera representativo de la coagulación. La rueda de molino central, sobre la que descansa el niño alado, representa la “vía seca” de la Obra, la operación de moler y separar luego los elementos. La gran piedra poliédrica que separa el primer plano del paisaje del fondo es el claro símbolo de la piedra filosofal, igualmente relacionada con Saturno, devorador de la piedra con que Rhea, su mujer, había sustituido su último hijo, Júpiter. El niño, por su vinculación con Saturno, está siempre presente en los cuadros sobre el tema de la melancolía, como en este caso. Mitología y alquimia también aquí se relacionan. En cuanto a la esfera, situada en el vértice inferior izquierdo, a los pies de la doncella, es el símbolo alquímico de la tierra, del círculo como línea que se cierra sobre sí misma, del mismo modo que el perro (símbolo del azufre) acurrucado sobre sí mismo, imagen cósmica y símbolo igualmente saturniano. Tal vez el más claro símbolo se encuentra tras la citada piedra poliédrica: una vasija con llamas en torno a un vaso, utensilio alquímico siempre presente en los tratados como representación del laboratorio. En cuanto al paisaje de fondo, el célebre grabado nos ofrece una visión marina (el mar como representación acuosa correspondiente a mercurio) con el arcoiris, síntesis de los colores en la Obra y símbolo de la alianza entre el cielo y la tierra durante la tempestad. Los barcos se hallan por ella escondidos en una pequeña bahía. Se trata del símbolo hermético de la navegación, la travesía victoriosa sobre la corriente de las formas, la meta, una vez superadas las limitaciones que impone el medio. El sol, un disco blanco que despide rayos negros, es el símbolo alquímico de la regeneración por el fuego. En cuanto a la escalera (tras la piedra), que se apoya en el muro y cuyo vértice superior desaparece en el grabado, pueden encontrarse siete peldaños, símbolo de los siete grados en la ascensión del sabio al árbol hermético, representación de la iniciación y las dificultades en el camino. La doncella “melancolía” es una joven alada, como el niño, según suele ser frecuente en los cuadros de este tema (Lucas Cranach). Puede tratarse del contrapunto a los niños devorados por Saturno antes de ser destronado por Júpiter y símbolo de la renovación de los metales después de la purificación.
Pero centremos ahora nuestra atención en un punto esencial. Nos referimos al cuadrado, de cuatro cifras por lado, que se encuentra encima de la “melancolía” alada. Es precisamente esto lo que más nos interesa, no sólo por ser la clave del grabado en su interpretación alquímica, sino por su relación con los talismanes literarios a que más adelante nos referimos. El talismán numérico de dieciséis cifras, correlativas a partir del 1, situado justo encima del ala de la doncella, corresponde al cuadrado mágico de Júpiter y representa el sueño de la melancolía, el logro de la piedra filosofal.
La formación de cuadrados mágicos es un pasatiempo que se remonta a las antiguas India y China, vinculados también con los planetas y cuya dificultad consiste en que, sumadas las casillas en todas direcciones, siempre nos da un mismo número, ya se haga vertical, horizontal o diagonalmente. Esto coincide plenamente con las posibilidades de los laberintos y poemas cúbicos.
No existe en teoría límite al número de casillas que podemos usar, pero la dificultad se acrecienta con los números más altos, especialmente si hacemos estos cuadrados con cifras en vez de letras. En la Edad Media se generalizaron estos cuadrados, a veces realizados en planchas de plata, como conjuros contra la peste. Curiosamente, las dos casillas centrales de la última línea de este cuadrado incluido por Durero nos dan la cifra de 1514, fecha en que se realiza este grabado (que coincide además con el año en que muere la madre del artista y que fue además el año de la gran peste). Esto tiene gran importancia dado que Durero no inventa este cuadrado mágico que, como dijimos, corresponde al planeta Júpiter y no podemos pensar que sean sólo coincidencias...

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