lunes, 23 de junio de 2008

LO QUE YO CREO


Imagen _” El Club de la Lucha”


—La felicidad es demasiado azucarada para mí —me decía un joven novelista lánguido que escribía libros en la casa solariega de su abuela, entre un fuego de leños y unas confituras, con el propósito de convencer a sus contemporáneos de que la vida no vale ni para vomitada.
Otro, que vive de buenas rentas en la Costa Azul, pinta la Riviera como el último círculo del infierno. —Pues tiene usted muchas cosas buenas —le dije, furioso, pensando en mi juventud. — ¡Oh, pero todas incompletas! —Pues espere que lleguen las desgracias, querido colega. Las desgracias siempre son completas. «Una conciencia que se viste de luto porque es 1a moda y solo porque la moda es una conciencia condenada» (Montherlant).
Yo creo, como los filósofos del siglo XVIII, que el deber de la inteligencia artista consiste en esparcir una cierta alegría de fondo. Que al hombre dotado de facultades de expresión le cabe el honor de reconciliar a sus contemporáneos con el orden del mundo recordándoles las virtudes de la alegría.
Yo no voy a buscar mis lecciones en la adolescencia. Yo no deseo rejuvenecer. Mi deseo es envejecer haciéndome más profundo. Son los misterios de conservar la alegría de vivir, aun con un pie en la tumba, los que más grandes me parecen.
«Una conciencia que se viste de luto porque es 1a moda y solo porque la moda es una conciencia condenada» (Montherlant).
A los ochenta y dos años, Clemenceau siente un tierno afecto por la bella Madame Baldensberger. Durante seis años, hasta su muerte, le escribió setecientas cartas. El día que ella tiene que ir a verle, él limpia el jardín de su casita de Vandée. Se levanta a las cinco de la mañana para escribirle. Mira el océano y los rododendros y moja en la tinta la pluma de acero:
¡Ven! Y cuando hayamos gemido por nuestra desgracia, tal vez tengamos el buen sentido de ser felices.
Y además:
Acabo de descubrir una fórmula (de Ninon d Lenclos) que me encanta: «La alegría de espíritu denota su fuerza.»Me perece de lo mejor.
¿Cómo ser alegremente de uno mismo en este mundo que nos devora? Ante todo, hay que preguntarse si el mundo devora tanto como se dice. Luego, lo de siempre. Mantener la distancia. Es cuestión, como en todos los tiempos, de saber dominarse.
No hay una mayor prueba de inteligencia, de respeto de sí mismo y de amor al prójimo que sentirse a gusto dentro de sí mismo, y con el ánimo firme. Mirar el mundo y ver en él cosas buenas. Querer algo mejor y afanarse en conseguirlo. Pero manteniendo por encima de todo una parte a la que nada alcanza, nada moviliza, nada priva de cantar. La parte más alta.
Os ocurre como a mí, volver a encontrar unos apasionados del nihilismo, llenos de la más negra desesperación. La condición humana es una atrocidad. El mundo, abominable, merece ser destruido. ¡Qué rabia! ¡Hasta la destrucción se nos niega!
Tengo que daros un consejo. Yo, a mi vez, lo recibí de Chesterton.
A este rebelde esencial, a este pesimista radical, decidle:
—Yo os comprendo.
Y sacad vuestro revólver.
Mostraos decididos a matarlo para hacerle un favor. Como tengo confianza en la naturaleza, incluso en la naturaleza de los imbéciles, espero que este gran negativista os suplicará que no hagáis nada.
Vosotros, impertérritos, amartillad el gatillo.
Ordenadle que se arrodille, Que dé las gracias a la madera del entarimado y a la lana de la moqueta por estar allí. Que dé las gracias al cristal de la ventana por estar allí. Y al follaje gris de los árboles de la calle por estar allí. Y a la franja de cielo que se extiende sobre los tejados por estar allí. Que dé las gracias a este mundo, precario e imperfecto por estar allí.
Luego, guardad vuestro revólver (que no estaba cargado) y ayudadlo a levantarse. Y estad satisfechos de vosotros. Habréis humillado a un ideólogo. Habréis levantado a un hombre...

Louis Pauweles

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