miércoles, 25 de junio de 2008

Revolución bohemia


Baz Luhrmann completa su trilogía de la cortina roja con «Moulin Rouge», un musical excesivo, polémico y rompedor en el que Nicole Kidman y Ewan McGregor cantan y se enamoran en el París cabaretero del siglo XIX. Más que una película, una filosofía de vida.
La película
Belleza, verdad, libertad y amor. Una revolución incruenta ha tomado las calles del barrio parisino de Montmartre. Sus soldados, creadores talentosos pero trágicamente indigentes, blanden pinceles y plumas para hacerle la guerra a la mediocridad, la corrección política y la hipocresía. Desde su centro de operaciones, el escandaloso Moulin Rouge, diseñan una nueva concepción del arte. Su filosofía bohemia sigue al pie de la letra cuatro preceptos fundamentales: Verdad, Belleza, Libertad y Amor y resume sus mandamientos en uno: «Lo más importante que puedes aprender es a amar y a ser amado».

Christian (Ewan McGregor) es uno de esos artistas deseosos de unirse a las filas del ejército bohemio. Recién llegado a París desde Londres para convertirse en escritor, se ve envuelto por el genio del pintor Henri Toulouse-Lautrec (John Leguizamo), cabecilla de los bohos (bohemios), que le convence para escribir el texto de un musical, Espectacular Espectacular, que contará como protagonista con Satine (Nicole Kidman), máxima estrella del club parisino. Lo que sigue es una tragicomedia que discurre entre diálogos al uso y canciones en unos decorados barrocos a más no poder (Satine vive en un inmenso elefante hueco adosado al cabaret que existió en realidad: se construyó para la Exposición Universal de París de 1889). McGregor canta de verdad y se enamora perdidamente de Kidman, disfrazada de Marlene Dietrich del siglo XXI. En un mix delirante, se mezclan las casitas con buhardilla en miniatura con los efectos especiales generados por ordenador, el can can con la disco-music, el cabaret berlinés con los video clips de Madonna, Méliès con Vincent Minnelli. Y, para los espectadores más informados, guiños a películas de todos los tiempos, desde La dama de las camelias o Mary Poppins, a Love Story o Titanic. Como fondo, el París en ebullición de 1899 que siempre ha fascinado al director australiano Baz Luhrmann: «Desde mi punto de mi punto de vista, Toulouse-Lautrec era una especie de Andy Warhol; Debussy y Satie, la música pop, y Aristide Bruand, Eminem».

Decadente, opulento y extravagante, su musical, deudor de las piezas clásicas de los años 40, está repleto de sentimientos a flor de piel e imágenes cargadas de riesgo: una explosión de color para disfrute más que nada estético que puede llegar a aturdir los sentidos. Por lo que parece, la exitosa fórmula tiene los días contados. «Con Moulin Rouge pongo el punto final a lo que yo llamo mi trilogía del cine de la cortina roja, que comenzó con El amor está en el aire (1992), continuó con Romeo + Julieta (1996) y culmina ahora. Es decir: cine inspirado por el teatro clásico, William Shakespeare y el mito de Orfeo –revela el director aussie–. Espectáculos totales de música y color adaptados a la sensibilidad contemporánea».

La banda sonora
Viaje en el tiempo. Éxitos del siglo XX que suenan a finales del XIX. ¿Raro? ¿Ridículo? De ninguna manera. Simplemente, un recurso cla´sico traído a nuestro tiempo: en Cita en San Luis, ambientada en 1900, Judy Garland cantaba The Trolley Song, un hit de los 40. ¿Por qué no va a poder cantar Ewan McGregor Your Song, de Elton John? Por esa acertada (aunque imcomprendida por algunos) regla de tres, la B.S.O de Moulin Rouge cuenta con temas como Children of The Revolution (T-Rex), interpretado por Bono y dos amiguetes, Diamond Dog (David Bowie), versioneado por Beck, o un (obvio) mix de Diamonds Are a Girl’s Best Friend (Marilyn Monroe) y Material Girl (Madonna) cantado por Kidman. Bowie aporta una canción inédita, Nature Boy, e incluso existe un momento karaoke, el Elephant Love Medley, en el que se encadenan All You Need Is Love, Pride (In The Name of Love), I Will Always Love You o Heroes, entre otras. Produce el mismísimo Luhrmann.

El visionario
Baz Luhrmann. Se ha convertido en referencia del arte kistch del fin de milenio. En su país de origen, Australia, su nombre es sinónimo de color, ritmo y escándalo. Estudió arte y dirección de escena en Sidney. Ha montado espectáculos musicales, media docena de tragedias de Shakespeare y un par de óperas de Puccini. Siempre en clave de enfant terrible. Su versión de La Bohème, por ejemplo, estaba ambientada en los años 50 e incluía referencias a Jean Genet y Françoise Sagan. El clip de Love Is in The Air, de John Paul Young, lleva su firma. Su ópera prima como cineasta, El amor está en el aire, era una historia de amor y superación personal en el mundillo de los concursos de baile, a medio camino entre Hairspray y Dirty Dancing. Gustó tanto, que los jefazos de la productora Fox le ofrecieron un contrato por dos películas. Casi 10 años ha tardado en cumplir con sus compromisos profesionales. Empleó 50 meses en poner en pie Romeo + Julieta, adaptación fiel/infiel de la obra de Shakespeare, con Leonardo Di Caprio y Claire Danes. El resultado final, un collage de imaginería religiosa, pop barroco y pastis del amor, despistó a los críticos y arrasó en las taquillas. El parto de Moulin Rouge también se ha dilatado más de la cuenta. El resultado, «una recreación fetichista del Montmartre de 1899», ya cuenta con el fervor de sus incondicionales.

La cortesana
Satine. Es el sueño de la clientela desenfrenada (pero impecablemente vestida de frac) del Moulin, una exquisita prostituta cuyos servicios sólo están al alcance de carteras abultadas. Su objetivo, convertirse en una nueva Sarah Bernardt, pasa por venderse a un malvado duque y olvidarse de su corazón. Enjoyada hasta el delirio, Nicole Kidman aparece como una gran diva a medio camino entre la distante Dietrich y la sensual Rita Hayworth. Un milagro obra de Luhrmann.

El ideólogo
Toulouse-Lautrec. Lo clava John Leguizamo (Summer of Sam, A Wong Foo...), que reinterpreta al torturado pintor como un ser ocurrente (exclama «¡excelvilloso!» cuando algo le fascina), patético (habla como un dibujo animado), enamorado del amor que nunca tendrá y entregado al alcohol. Para simular el físico del pintor, cuyas piernas dejaron de crecer a los 14 años, Leguizamo tuvo que aprender a desplazarse de rodillas y sostenido por dos prótesis durante los ocho meses de rodaje. Sus auténticas extremidades fueron eliminadas digitalmente en posproducción.

La droga
Absenta. Poetas y artistas parnasianos la llamaron «el hada verde» por unos versos de Verlaine y así la retrata el filme, personificada en una Kylie Minogue menuda y con alas. Distribuida por la casa Pernod, se trataba de un destilado de hierbas con mucho ajenjo y altísima graduación, que hechizó a Baudelaire, motivó un cuadro de Degas y producía a quienes lo consumían, según las creencias de entonces, vértigos, hipnosis, paranoias y estados de melancolía suicida. Prohibida en Francia desde 1915, hoy se elabora de nuevo, en una versión más light.

El superclub
No es el lugar, es la gente. Así reza el primer mandamiento de la ley del club, un dogma universalmente aceptado del Body & Soul neoyorquino al Nitsa de Barcelona. Pero lo que convierte un local en the place to be, que dicen los ingleses, resulta algo mucho más intangible: vibración, atmósfera empática, tensión sexual, desinhibición... todas esas pequeñas cosas que hacen saltar la chispa en el sitio propicio y en el instante oportuno. Pongamos París, a finales del siglo XIX, por ejemplo. Artistas, intelectuales, aristócratas, prostitutas, trabajadores de clase media y aventureros mundanos, juntos alrededor de una mesa celebrando frivolamente la joie de vivre. Sólo en un momento como la Belle Époque—ante todo, como el Verano del Amor o la era acid house, un estado de conciencia— es posible entender el nacimiento de un espacio como el Moulin Rouge, el cabaret de la Place Blanche, a los pies de la colina de Montmartre, inaugurado un domingo de octubre de 1889: el que acabó por marcar la extravagancia y la libertad/libertinaje de una época desequilibrada por la tragedia existencial de las clases más pobres y los espectáculos más locos y lujosos.

Por supuesto, los del Moulin se llevaban la palma: tenían más cantantes, más bailarines, más modelazos, más circo, más brillos y, claro, más chicas enseñando mucha más carne (por algo Joseph Oller y Charles Zidler, capos y anfitriones del local, lo llamaban «El Primer Palacio de las Mujeres») que ningún otro. Pero también cobijaba círculos literarios como Les Hydropathes, fundado por el bohemio Emile Goudeau, o Les Incohérents, famoso por sus discusiones políticas en tono satírico; compositores anticonvencionales como Aristide Bruand, maestro de la excentricidad, o Jacques Offenbach, cuyas polkas aceleradas inspirarían unos años antes a la bailarina Celeste Mogador el indecente can can; estrellonas del relumbrón de Mistinguette y pintores/cartelistas como Toulouse-Lautrec. Por no hablar de las putas más selectas.

Tamaña melé sociocultural, vestida de frac y traje largo (indispensable para entrar), ahogada en absenta y opio, sentó los principios de un fenómeno que resurgiría al otro lado del Atlántico con el neoyorquino Cotton Club: otra vez celebrando el desparrame de vivir en un periodo de entreguerras (los locos años 20), ahora a ritmo frenético de jazz, entre gángsteres —uno de ellos, Owney Madden, era el dueño del local—, chicas bien y diletantes remojandos en whisky y empolvados con cocaína. Jimmy Durante, Irving Berlin, Fanny Brice, Cole Porter descubrieron en pleno Harlem el chic de Duke Ellington, Ethel Waters o Dorothy Dandridge, en un club donde los artistas negros actuaban casi exclusivamente para una audiencia blanca merced a la etiqueta racista del momento.

Tendría que pasar casi medio siglo para que el mundo volviera a oír hablar de algo semejante. Coincidió con el final de una crisis y se vivió, a finales de los 70 y principios de los 80, por partida doble en el Studio 54 de Manhattan y el parisino Le Palace, que compartieron celebridades (Warhol, Grace Jones, Nureyev, Mick Jagger, Halston) y música disco en una atmósfera escarchada que, como no se cansaba de repetir Truman Capote, hubiera encandilado a Toulouse-Lautrec, Baudelaire y Oscar Wilde. También podríamos hablar de Regine’s o, aquí mismo, de Bocaccio, Pachá o Rock-Ola, para acabar cerrando el círculo con los superclubes británicos tipo Haçienda, Cream y Ministry Of Sound o los ibicencos Amnesia y Ku/Privilege. Lo mejor es que el lugar que hoy vuelve a conjurar todo el fasto y la frivolidad de la bohemia se llama Cabaret y está en París. Por eso, ni se te ocurra pensar que los herederos del Moulin Rouge puedan ser esos megahoteles-casino con cena, baile y espectáculo de Las Vegas para turistas terribles. Definitivamente, es la gente...

EL MUNDO ES. LA LUNA DEL SIGLO XXI
Nº 144 VIERNES 12 DE OCTUBRE DE 2001

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