viernes, 20 de junio de 2008

SOBRE LA PROVIDENCIA


Los dioses siguen con los hombres buenos la misma regla que los preceptores con sus discípulos, pues exigen un esfuerzo más grande a aquellos en quienes depositan una más firme esperanza. ¿Crees acaso que los lacedemonios detestan a sus hijos porque ponen a prueba su carácter haciéndolos azotar públicamente? Los mismos padres los exhortan a que aguanten con valor los latigazos y cuando están ya hechos pedazos y medio muertos les ruegan que perseveren, brindando sus heridas a nuevas heridas. ¿Qué tiene de extraño que Dios ponga duramente a prueba a los espíritus generosos? La demostración de la virtud nunca es fácil. ¿La fortuna nos azota y despedaza? Soportémosla: no es crueldad; se trata de un certamen y cuanto más frecuentemente participemos en él más fuertes seremos. La parte más firme del cuerpo es aquella que un continuo uso pone en movimiento. Debemos brindarnos a la fortuna para que ella contra ella misma nos endurezca: poco a poco nos volverá iguales a ella y la familiaridad con el peligro hará que podamos despreciarlo. Así, los marineros tienen cuerpos duros para enfrentarse al mar, las manos de los agricultores están curtidas. Por medio del padecimiento llega el alma a despreciar el padecimiento de los males. Podrás darte cuenta de lo que éste puede hacer en nosotros, si consideras cuánto suele ayudar el esfuerzo a naciones indigentes y endurecidas por la pobreza. Mira todos esos pueblos que lindan con la paz romana, quiero decir, los germanos y las tribus nómadas que nos salen al paso junto al Ister: un perpetuo invierno y un triste cielo los oprimen, un suelo estéril malamente los sustenta; se defienden de la lluvia con una techumbre de paja o de hojas de árboles, brincan sobre lagunas endurecidas por el hielo y cazan fieras para alimentarse.¿Te parecen desdichados? Nada hay de desdichado en lo que la costumbre ha hecho natural, pues poco a poco llega a producir placer aquello que se co¬menzó por necesidad. No tienen habitación ni casa alguna, fuera de aquella en la que los ubicó un día la fatiga; su comida es grosera y han de procurársela con las manos; horrenda es la dureza de su clima;sus cuerpos permanecen desnudos; esto que a ti te parece una calamidad es la vida de tantos pueblos. ¿Te asombras de que, para hacerlos más firmes, se vapulee a los hombres buenos? No hay árbol sólido y fuerte fuera de aquel contra el que choca un viento continuo, pues gracias a la misma violenta sacudida se afirma y echa más hondas raíces; frágiles son los que en un abrigado valle crecieron. Les conviene, pues, a los mismos hombres buenos, para poder superar el miedo, vivir mucho tiempo rodea¬dos de cosas que infunden temor y sobrellevar con ánimo sereno aquellos males que en realidad no lo son sino para quien mal los soporta. Una causa de¬pende de otra; una interminable serie86 arrastra los hechos privados y públicos. Por tanto, hay que tole¬rarlo todo con valor, porque nada nos cae encima por casualidad, como creemos, sino que nos viene necesariamente. Hace mucho que está determinado cuáles serán tus alegrías y cuáles tus llantos, y aun¬que las vidas de los individuos parezcan diferenciar¬se mucho entre sí, en conjunto todas se reducen a una sola cosa: recibimos dones perecederos porque somos perecederos. ¿Por qué, pues, nos indig¬namos? ¿Por qué nos quejamos? Para eso hemos sido engendrados. Que la naturaleza use los cuerpos que le pertenecen como ella quiera; nosotros, con¬tentos con todo lo que sucede y valerosos, pense¬mos que nada de lo nuestro perece. ¿Qué debe hacer el hombre bueno? Brindarse al Destino. Gran consuelo es ser arrastrado junto con el Universo: sea lo que fuere lo que nos ordena vivir y morir de esta manera...

Anneo Séneca,Lucio

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