viernes, 4 de julio de 2008

LA HISTORIA DE SAN MICHELE


¿Acaso, Fausto
tú y yo,
somos hermanos,?
¡y yo no lo sé.!
-En realidad somos siete…
¡Siempre fuimos siete!
-siempre fuimos…
un número
que quiso
aprender a hablar...

“∞ + 1”
_______7

Además, no soy capaz de pensar. Acepto el trato, pagaré el precio, sea cual fuere. Más ¿cómo podré adquirir esta casa, si tengo las ruanos vacías?
— Vacías están tus manos, pero son fuertes; tu cerebro es impetuoso, pero claro, y segura tu voluntad: .triunfarás
— Pero ¿cómo podré construir mi casa? Nada sé de arquitectura.
— Yo te ayudaré. ¿Qué estilo quieres? ¿No te agradaría el gótico? A mí me gusta mucho, por su luz atenuada y por su misterio obsesivo.
— Yo inventaré un estilo que ni aun tú podrás darle nombre. No quiero claroscuro medieval. !Quiero que mi casa esté abierta al sol, al viento y a la voz del mar, como un templo griego,, y luz, luz, luz por todas partes!
— guárdate de la luz! ¡Guárdate de la luz! Demasiada luz no conviene a los ojos del hombre mortal.
— Quiero columnas de mármol precioso que sostengan pórticos y galerías, bellos vestigios de los tiempos pasados, esparcidos por todo mi jardín; la capilla, transformada en silenciosa biblioteca, con sitiales de claustro a lo largo de las paredes y dulces campanas que toquen el Ángelus) al terminarse cada día venturoso.
— No me gustan las campanas.
— Y aquí, donde estamos, con esta bella isla que surge como una esfinge del mar a nuestros pies, quiero una esfinge de granito sacada de la tierra de los Faraones. Mas ¿dónde podré hallar todo eso?
— Estás sobre terreno de una de las quintas de Tiberio. Inapreciables tesoros de los tiempos pasados yacen sepultados bajo las vides, bajo la capilla, bajo la casa. El pie del viejo Emperador pisó las losas de mármol encarnado que has visto arrojar a Maestro Vincenzo al otro lado de la tapia de su jardín; los frescos en ruinas, con sus faunos danzantes y las bacantes enguirnaldadas de flores, adornaban en otro tiempo las paredes de su palacio. Mira — añadió, indicando la clara profundidad del mar mil pies más abajo—. ¿No te ha dicho tu Tácito, en la escuela, que cuando llegó a esta isla la noticia de la muerte del Emperador fueron precipitados al mar sus palacios?
Quería saltar en seguida allá abajo, por los escarpados peñascos, y zambullirme en el mar en busca de mis columnas.
— No hay que tener tanta prisa — rió —. Por espacio de dos mil años han formado su tejido en torno de ellas los corales, y las olas las han ido sepultando cada vez más en la arena. Te esperarán hasta que llegue tu día.
— ¿Y la esfinge? ¿Dónde encontraré la esfinge?
— En una llanura solitaria, lejos de la vida de hoy, existía en otro tiempo la suntuosa quinta de otro emperador que, desde las orillas del Nilo, había traído la esfinge para adornar su jardín. Del palacio no queda sino un montón de piedras; pero debajo, en las entrañas de la tierra,, sigue descansando La esfinge. Búscala y la encontrarás. Te costará casi la vida el traerla aquí, pero será tuya.
—- Parece que conoces el futuro tan bien como el pasado.
— Iguales son para mí el pasado y el futuro. Todo me es conocido.
— No envidio tu sabiduría.
— Tu frase es más vieja que tú; ¿de dónde la has sacado?
— De cuanto he aprendido hoy en esta isla; porque he aprendido que esta amable gente que no sabe leer ni escribir es mucho más feliz que yo, que desde niño me he fatigado los ojos para conquistar la sabiduría. Y tú también, lo comprendo por tus palabras. Eres un gran sabio, te sabes a Tácito de memoria.
— Soy un filósofo.
— ¿Conoces bien el latín?
— Soy doctor en Teología de la Universidad de Jena.
— ¡Ah! Por eso me parecía percibir un ligero acento alemán en tu voz. ¿Conoces Alemania?
— Desde luego — dijo riendo.
Le miré atentamente. Sus modales y su porte eran los de un caballero, y por primera vez advertí que llevaba una larga espada bajo la roja capa y que su voz tenía un sonido áspero que me parecía haber oído ya...
— Perdone, señor; me parece que ya nos conocimos en el Auerbach, en Leipzig. ¿No se llama usted...? Mientras pronunciaba estas palabras, empezaron a tañer las campanas de la iglesia de Capri, tocando el Ángelus. Volví la cabeza para mirarle. Había desaparecido...

Alex Munthe

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