viernes, 18 de julio de 2008

Confesiones_Jacobo Boehme.


PROLOGO

Aceptar la vida es aceptar la existencia del Mal. Y el Romanticismo, como filosofía de la vida, no podía sino admitir las fuerzas demoníacas como algo positivo. William Blacke, que en muchos sentidos anticipa a Nietzsche y a Jung, creía que el hombre podría alcanzar una dimensión gigantesca cuando lograse integrar el cielo con el infierno, es decir su cielo con su infierno, puesto que, como ya lo había dicho Óveme todos los llevamos en nuestro propio interior.
Siendo el Demonio el señor de la tierra, este dilema es también el del cuerpo y el espíritu. Dilema que el racionalismo no fue capaz de superar; simplemente lo aniquiló suprimiendo uno de sus términos. Esta calamidad comienza con Sócrates, para luego propagarse en todo el Occidente y llegar hasta sus últimas consecuencias en esta mentalidad cientificista que nos ha llevado hasta la ruina. Los Tiempos Modernos, en efecto, se edificaron sobre la ciencia, y no hay ciencia sino de lo general. Pero como la prescindencia de lo particular implica la exclusión de lo concreto, los Tiempos Modernos se edificaron aniquilando filosóficamente el cuerpo. Y si los platónicos lo excluyeron por motivos religiosos y metafísicos, la ciencia lo hizo por razones heladamente gnoseológicas.
Entre otras catástrofes para el hombre, esta proscripción acentuó su soledad. Porque la proscripción gnoseológica de las emociones y pasiones, la sola aceptación de la razón universal objetivamente convirtió al hombre en cosa, y las cosas no se comunican: el país donde mayor en la comunicación electrónica es también el país donde más grande y aterradora es la soledad de los seres humanos.
No quiero decir que esta civilización ignore el cuerpo, quiero decir que le ha quitado aptitud cognoscitiva y dignidad metafísica. Lo ha expulsado al reino de la pura objetividad, sin advertir que al hacerlo cosificaban al hombre mismo, ya que el cuerpo es el sustento concreto de la personalidad. La reivindicación del cuerpo por obra de las filosofías existenciales, Nietzsche se había preguntado ya si debe dominar la ciencia sobre la vida o la vida sobre la ciencia. En este interrogante y en la respuesta que le dio se sintetiza la revolución antropocéntrica de nuestro tiempo: el centro no será más ya el objeto, ni siquiera el sujeto trascendental, sino la persona concreta, con una nueva conciencia del cuerpo que la sustenta. Para Heidegger, ser hombres es ser en el mundo, lo que solo es posible por el cuerpo; el cuerpo es quien nos individualiza, quien nos da una perspectiva del mundo, desde el yo y aquí. No ya el Observador Imparcial y Ubicuo de la Ciencia sino este yo concreto encarnado en un cuerpo. En ese cuerpo que se convierte en un ser para la muerte. De donde la importancia metafísica del cuerpo.
Creo que la actualidad de Jakob Boehme reside, precisamente, de su vínculo con esta dialéctica vital entre el cuerpo y el espíritu, del sentido positivo que para él tiene el Mal. Y no me parece exagerado colocarlo como un precursor de esa línea que une los nombres de William Blacke, Nietzsche, Dostoievsky, Melville y Baudelaire.
El bondadoso místico de Goerlitz, mientras trabajaba el zapato de alguna dama con sus trinchetas, meditaba "con gran melancolía y turbación" en el insignificante puesto que la criatura humana ocupaba en la vasta, terrible e indiferente naturaleza.
Sí, claro, Dios estaba en todas partes: en el más pequeño de los bichitos como en el fuego de los remotísimos astros, en el apacible mundo de un árbol como en el turbulento universo de nuestras almas. Pero si justamente Dios está en todo, ¿por qué existen las enfermedades y cataclismos, por qué mueren niños inocentes en medio de terribles dolores y cómo es posible que seres indefensos sean torturados o mutilados en medio de las guerras y persecuciones más atroces? ¡Qué permanente tentación la de esos gnósticos que suponen al mundo gobernado por un triunfante Espíritu del Mal! Sin duda que el zapatero de Goerlitz ha de haber cavilado más de una vez en esta (aterradora) posibilidad. Pero era demasiado esperanzado y positivo para que se entregara a este sombrío pensamiento. ¿No existía la posibilidad de una Divinidad que incluyera en su sumo ser y en su suma potencia la totalidad del bien y del mal, de la luz y de las tinieblas? Es seguro que pensará entonces en Nicolás de Cosa y en su "coincidentia oppositorum", para llegar a esa dialéctica cuasi-begeliana que es su teoría de un Dios dinámico que se despliega a través del bien y del mal, para alcanzar la plenitud.
La vasta crisis de los Tiempos Modernos a la que estamos asistiendo es la quiebra de la mentalidad cientificista, y a través de ella acaso podamos acceder a una reivindicación de las fuerzas ocultas que esa mentalidad proscribió, en una reintegración del hombre escindido. Según Hegel, a los periodos más terribles de la historia se siguen las horas más hermosas, porque de la "conciencia infeliz" que resulta de nuestra conciencia del mal surge luego una venturosa plenitud; idea que Nietzsche retoma cuando afirma que de la extrema decadencia resurge un nuevo clasicismo. No sería inapropiado recordar en relación con estas reflexiones aquella de Schopenhauer según la cual hay épocas en que el Progreso es Reacción y la Reacción es Progreso. ¿No estamos precisamente en uno de estos estudios de la historia humana, cuando resulta evidente el carácter reaccionario de una actitud que en nombre del progreso nos ha traído la total enajenación y cosificación del hombre? Debemos agradecer a la señora Alicia Duprat, profunda conocedora y admiradora de Boehme, la iniciativa de este libro en castellano y su magnífica traducción...

ERNESTO SABATO
Santos Lugares, agosto de 1970.

1 comentario:

La frontera entre China y Paris dijo...

Sin duda la eterna lucha entre cielo e infierno, el bien y el mal, es una de las constantes de nuestra esencia como ser humanos.
ser conscientes de esas dos partes es ser conscientes del mundo. El problema es saber distiguir entre cielo e infierno: ¿donde empieza uno y acaba el otro?
¿Nos recomiendas algo de Swedenborg?
Saludos