martes, 8 de julio de 2008

Pluralidad en la unidad VII


Vivimos en un mundo de conceptos. Nuestro tejido intelectual está hecho de abstracciones y generalizaciones.
Hablamos de la sociedad, del hombre, del ciudadano, ignorando muchas veces que son innumerables las sociedades, los hombres, los ciudadanos, cada uno distinto de los demás.
Es verdad que nuestro pensamiento se desenvuelve en una esfera de la teoría, barajando los conceptos alrededor del tema propuesto. La filosofía y la ciencia misma se ciernen sobre la realidad, con la diferencia de que la primera se mantiene en las alturas, avizorando la Tierra y sus habitantes reducidos a una parte del Cosmos y al ser, en tanto que la ciencia parte de cada caso y de cada individuo. La investigación, las ratificaciones, rectificaciones y descubrimientos son parte de su obra, que le permite reunir y coordinar los conocimientos en una estructura suficientemente autónoma de otras estructuras, como un eslabón más de una cadena o como una sección añadida a un edificio interminable.
Los sociólogos ven, preferentemente, el conjunto; las formas que adoptan los grupos humanos; las corrientes y los movimientos que se efectúan en su seno; la dinámica social, los hitos del desarrollo colectivo; y por supuesto, las leyes que se pueden desprender de los casos particulares para extenderlos a todos ellos, con una aplicación rigurosa del método inductivo que permite a la Sociología aspirar a la categoría de ciencia.
Los políticos se dirigen a la colectividad en su conjunto.
La palabra masa, concepto en que se diluye la individualidad, está en labios de muchos de ellos. La palabra pueblo, que en la política adquiere una significación protagónica, es más rica de contenido.
El vocablo masa se usa como referencia, como totalidad –re-cordemos el poema Masa de César Vallejo– pero no como categoría política. En cambio, la palabra pueblo está en los labios de oradores, de estudiosos y del común de las gentes, aunque no la usen los sociólogos porque carece de una concreta acepción científica.
La masa es un asunto de magnitud. El pueblo lo es de conjunto, de conciencia, de poder inmanente y decisión final, aunque sea por intermedio de un grupo o de una persona.
Desde la antigua Psicología de las Multitudes de Gustave Le Bon y el inconsciente colectivo de Jung, nos hemos habituado a considerar y apreciar el hecho de una multitud que protesta o aplaude o ruge, según los casos, como si se tratase de un cuerpo y no de una reunión de individuos.
¿Es un contagio colectivo? ¿Las gentes que gritan y aplauden obedecen a un estímulo que los agita sin poder evitarlo o están unidos por una fuerza que viene de lejos?
Los huelguistas que llevan pancartas y gritan al unísono y marchan hacia una repartición pública; los aficionados que atruenan el espacio y lanzan exclamaciones de júbilo o decepción ante las incidencias de un espectáculo deportivo; los asistentes a un mitin político que tienen la mirada puesta en su líder, son, en cierto modo, grupos homogéneos, y no se necesita, por tanto, recurrir a la venerable Psicología de las Multitudes de Gustavo Le Bon (que después de describir «el alma de las razas», se dedicó a estudiar «el alma de las muchedumbres»), ni al inconsciente colectivo de Jung (menos antiguo pero sobre el que han caído innumerables tratados).
La sociedad, amplia hasta constituir la totalidad; permanente, a pesar del tiempo y de la sucesión de las generaciones; unida por el espíritu de cuerpo, las formas de vida y las costumbres, es cierta y paradójicamente, una unidad plural.
Esa pluralidad, sin embargo, no está dada, fundamentalmente, por la posición de cada uno en determinado estrato social, por la ascendencia y el apellido, por la ocupación, por la riqueza o por la pobreza, la cultura o la ignorancia, sino por la constitución bio-psíquica y, con ella, por la personalidad.
Lo que importa, en definitiva, no son las clasificaciones, las casillas, las fórmulas habituales. Es preciso admitir que la sociedad está constituida, en el fondo, por gentes de capacidad mayor o menor; de aptitudes diversas, algunas de ellas sobresalientes, otras mediocres y otras de menor utilidad; que alternan activos y pasivos, responsables e irresponsables, exigentes y acomodaticios, generosos y mezquinos, sinceros e hipócritas, leales y desleales, entusiastas e indiferentes, etc.
Si tratamos con alguien, si lo incorporamos al círculo de nuestros amigos, si confiamos en él, lo hacemos porque lo merece. Nos es indiferente el título que tenga, el apellido que lo distinga, la actividad que ejerza. Es inteligente, comprensivo, bondadoso, honesto. ¿Se puede pedir más?
La política no repara en estas diferencias. La masa lo cubre todo. El pueblo es un conglomerado humano. La educación sí se esfuerza por tratar a cada uno según las características de su individualidad.
Es cierto que, según Schopenhauer, la educación es poco menos que impotente porque no puede modificar el carácter de las personas. No puede convertir, por ejemplo, a un ser lento en dinámico, a un flemático en apasionado, a un avaro en filántropo. Pero sí puede favorecer –diríamos nosotros– el desarrollo de las aptitudes, la personalidad, la socialización y la preparación para el ejercicio de una determinada actividad.
Desde luego, el acento puesto en el hombre y su riqueza genética, mayor o menor, no tiene ninguna relación con el fascismo que aplasta al hombre con el Estado, ni con el nazismo y sus galimatías de la «raza aria», contrarios a la naturaleza y la dignidad humanas.
Por otra parte, vivir es, para cada hombre, hacer. Ortega y Gasset ha tocado este tema: «La vida humana es una realidad extraña de la cual lo primero que conviene decir es que es la realidad radical, en el sentido de que a ella tenemos que referir todas las demás, ya que las demás realidades, efectivas o presuntas, tienen de uno u otro modo que aparecer en ella».
«La nota más trivial, pero a la vez la más importante de la vida humana, es que el hombre no tiene otro remedio que estar haciendo algo para sostenerse en la existencia».
«La vida nos es dada, puesto que no nos la damos nosotros mismos, sino que nos encontramos en ella de pronto y sin saber cómo».
«Pero la vida que nos es dada no nos es dada hecha, sino que necesitamos hacérnosla nosotros, cada cual la suya. La vida es quehacer».
Las líneas que siguen se refieren, sin duda, al común de las gentes, no a un grupo de escogidos que son, precisamente, los que hacen la Historia.
Ortega dice: «Y lo más grave de estos quehaceres en que la vida consiste no es que sea preciso hacerlos, sino, en cierto modo, lo contrario, quiero decir que no nos encontramos nunca estrictamente forzados a hacer algo determinado, que no nos es impuesto éste o el otro quehacer, como le es impuesta al astro su trayectoria o a la piedra su gravitación. Antes que hacer algo, tiene cada hombre que decidir, por su cuenta y riesgo, lo que va a hacer. Pero esta decisión es imposible si el hombre no posee algunas convicciones sobre lo que son las cosas en su derredor, los otros hombres, él mismo. Sólo en vista de ellas puede preferir una acción a otra, puede en suma, vivir»(24).
En muchos casos, que son los más ilustres, sin duda, la Naturaleza no sólo echa los hombres al mundo, sino que los echa con una vocación y un destino.
Pintar es para el pintor, escribir para el escritor, bendecir y confesar para el sacerdote, educar para el educador, «una manera de vivir».
Así, pues, alternamos con gentes que han brotado con un pincel en la mano, o con un lápiz para llenar con fórmulas matemáticas alguna páginas y cambiar el rumbo de la Historia o con gargantas prodigiosas hechas para deleitar a los oyentes o con sílfides capaces de poner de pie, como si fuese lanzadas por un resorte, a una multitud de asombrados espectadores.
Es conocido el caso de escritores que han dado al mundo obras extraordinarias, como si obedeciesen al demonio interior de Sócrates, en un estado cercano al sonambulismo.
Goethe se refería al Fausto, en una conversación con Eckermann, como «algo inconmensurable y cuantos intentos se hagan por acercarlo más a la inteligencia, serán baldíos».
«Hay que hacer cuenta de que la primera parte surgió de un estado de alma individual, bastante oscuro». En otro momento dijo a su interlocutor que «en poesía no se puede forzar mucho las cosas, y hay que aguardar a que la inspiración quiera venir, lo que no se puede lograr por la fuerza de la voluntad».
«El espíritu –según Amiel– es el medium plástico, el principio y el resultado de todo, la tela, el laboratorio, el producto, la fórmula, la sensación, la expresión, la ley, el que es, el que obra, el que sabe. No todo es espíritu, pero el espíritu está en todo y lo contiene todo».
Cuando Borges dice que «Todas las cosas le han sido dadas (al escritor, a todo hombre) para un fin y esto tiene que ser más fuerte en el caso de un artista», suscribe que las afinaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte.
«Esas cosas nos fueron dadas para que las transmitamos, para que hagamos de la miserable circunstancia de nuestra vida, cosas eternas o que aspiren a serlo».
Para Ernesto Sábato, «los mediocres pueden elegir el tema».
«Cuando se escribe en serio, es al revés: es el tema el que lo elige a uno. Los fantasmas que suben desde nuestros antros subterráneos, tarde o temprano se presentarán de nuevo, y no es difícil que consigan su trabajo más adecuado para sus condiciones. Lo que dice Platón no es otra cosa que lo que pensaban los antiguos: que el poeta inspirado por los demonios, repite palabras que nunca habría dicho en su sano juicio, describe visiones de sitios sobrenaturales, lo mismo que el místico»…

EMILIO BARRANTES REVOREDO En torno a la naturaleza, la sociedad y la cultura

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