miércoles, 17 de septiembre de 2008

del jardin de las hespérides...


Pintura: Rosa Vivanco

¿Es por la tendencia, ya mencionada, a confinar el exótero en anillos excéntricos? Lo dudo, porque aquél reviste siempre caracteres amenazadores (de ahí que se le empuje a los aledaños), mientras las leyendas del ciclo atlante responden a lo contrario — a la búsqueda de la felicidad — y son por ello un capítulo más en la formulación del mismo arquetipo universal que se manifiesta en las alegorías del Jardín de las Hespérides, la ruta de Itaca, Shangri-la, el Vellocino de Oro, la Tierra Prometida, El dorado, el Edén, la Isla de San Brandán y las Batuecas.
No conviene tomar al pie de la letra la afirmación de que nada ni nadie menciona la fábula del continente sumergido dentro de la cultura helénica con anterioridad al Critias y al Pimeo. El mito de las Hespérides, relacionado con los trabajos hercúleos, se remonta al siglo XV a. de C., mil años antes de que Platón escribiera sus Diálogos. Recordemos brevemente esta saga inicial: Gea (la Tierra) entrega las manzanas de oro a Hera, como regalo de boda, y encomienda su vigilancia a las tres Hespérides (cuatro, según algunos), hijas de Atlas y de la Estrella Vespertina, que viven en el océano y llevan pieles de diferente color, en correspondencia con el de las tres grandes razas atlánticas: la negra, la roja y la blanca. Las manzanas de oro son las nubes arreboladas que acompañan al sol en su caída. De ahí que Hércules-Osiris, el héroe solar por excelencia, las robe y posteriormente las devuelva. Otra vez el culto al astro rey de los dólmenes y esvásticas, de los vascos, aztecas y egipcios. Otra vez el coloso que anima los sueños griegos, faraónicos y españoles. Otra vez ese eterno jardín al oeste postulado por todas las tradiciones antiguas y medievales.
La vida termina en Occidente, y allí, en esa sombría demarcación, se levantan las puertas del Hades: es lugar común de muchas cosmogonías religiosas. Ka, la diosa funérea de los egipcios, conduce su barca hacia el oeste, donde también asoma la isla de Avallon (o de las manzanas), último refugio para las almas de los celtas. Santiago, semidiós de la mitología hispano-cristiana, sube al patíbulo en Jerusalén, pero enseguida embarcan sus despojos en un lúgubre crucero rumbo al litoral de Galicia. Incluso Ulises se dirige al oeste en su búsqueda de Itaca (otra isla). La Odisea viene a ser el libro de los Muertos de las culturas prehoméricas. En ella, un simple mortal sobrevive a tempestades, burla a cíclopes, vence a lestrigones, desciende a los infiernos, resiste a la llamada de la carne, se aparta del mundo durante siete años (cifra clave en casi todos los rituales iniciáticos) y llega por fin a su punto de destino transformado en un ser superior, innominado y justiciero. El simbolismo es evidente. Superar penalidades, desprenderse del karma, renunciar a la propia personalidad (Ulises escoge el seudónimo de Nemo), acallar las pasiones, recorrer una trayectoria laberíntica que conduce al centro, morir y resucitar: no falta una sola pieza de las que, nemine discrepante, configuran los misterios de cualquier iniciación. Ni tampoco faltan razones para defender el emplazamiento español — levantino por más señas — de Itaca. La complicada peripecia histórica de los iberosicanos y ligures autoriza a pensar en ello, aunque con el apoyo de datos algo resbaladizos. Resultan casi grotescas las expresiones ¡voto a Minos! y ¡botaminas! utilizadas por los ribereños del Júcar y por algunos campesinos gallegos. Han caído en desuso, pero todavía pueden escucharse Y no parece imposible que los hermeneutas antiguos, siendo el poema de evidente inspiración helénica, colocaran automáticamente la verde (o pedregosa) Itaca en el mar Egeo. Está demostrado, en cualquier caso, que muchos lugares y personajes de la Odisea, la Ilíada y, sobre todo, la Eneida guardan relación con la Península. García Bellido rastreó la presencia en España de siete nostoi (o héroes del ciclo troyano): Ulises, Menesteo, Tlepólemo, Anfiloco, Teukros, Antenor, Okellas y Menelao. Abrumadoras son, por otra parte, las coincidencias entre los capitanes de Eneas y los epónimos de los pueblos iberos. Adelantar explicaciones parece hoy por hoy aventurado.
Lo que en la noche original se llamó Atlántida o Jardín de las Hespérides, fue luego — para griegos y romanos — último refugio de Saturno y más tarde, cuando el cristianismo desplazó a las antiguas religiones, sede del Paraíso Terrenal. Desde el primer momento, exégetas y padres de la Iglesia se esfuerzan por determinar las coordenadas de éste, y siempre, por casualidad o por presciencia, lo sitúan en el horizonte atlántico. Los esenios, iniciadores de Cristo en los misterios herméticos, colocaban la felicidad del justo en ignotos puntos del océano. San Clemente de Roma, San Isidoro, San Ambrosio y Beda el Venerable suponen vastas tierras lindantes con el ocaso. Poco a poco, a medida que el mundo antiguo va cristianizándose y el medievo espantando telarañas, estas pías leyendas se incorporan a la historia en una desesperada tentativa de racionalizar el inquietante exótero. Surge así la fábula de San Brandán y las Siete Ciudades, acaso última formulación occidental del arquetipo atlante. Ya Plutarco, en su vida de Sertorio, atribuye a este enigmático personaje la intención de terminar sus días en el archipiélago de los Bienaventurados y explica su aventura española como una circular aproximación al enclave donde aspiraba a vivir sin guerras ni tiranías. Tolomeo, en el 145 d. de C., también alude a la fantasmagórica isla, le pone el nombre de Aprositus (la inaccesible) y la Incorpora a las Canarias. El ciclo de San Brandán es obra de marquetería entre gentiles, árabes y cristianos. Sus versiones proceden siempre de lugares atlánticos, dolinénicos y emparentados con la cultura sumergida: Bretaña, Irlanda, litoral cantábrico, Africa septentrional, pueblos precolombinos y archipiélago canario. “Refiere el Panteón de Godofredo de Viterbo que unos monjes partieron de la costa bretona rumbo al paraíso, que (según es fama) está en el confín del océano. Llegaron a una ciudad con murallas de cristal, donde el aire era fragante. Ciervos de plata y caballos de oro bajaron a recibirlos y los condujeron a un árbol en cuyas ramas había más pájaros que hojas...

La historia mágica de España_Fernando Sánchez Dragó

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