miércoles, 17 de septiembre de 2008

el camino que me lleva a tu casa, es mi alegría


Muy bien pudo haber sido la capacidad infantil de perderse en el presente la que provocó la siguiente conversación:
—Ven aquí! —le dijo la enfermera a Pélicité de la Mennais, de ocho años de edad—, ya has mirado bastante esas olas, y todos se están yendo.
Su respuesta:
—lis regardent ce queje regarde, tnais jis nc voient pas ce queje vois [ellos miran lo que yo miro, pero no ven lo que yo veo] —no era jactancia, sino solamente un ruego para quedarse un rato más.
Aunque se pierde a menudo cuando se alcanza la edad adulta, la facilidad para empaparse así de las cosas se puede recuperar. Se puede cultivar la actitud imprescindible de la receptividad, de dejarse inundar por las cosas, y luego esperar y contemplar. .Jacques Maritain, autor de la monumental Creative Intuition in Art and Poetry, ha dicho respecto de la «intuición poética»:
No puede mejorarse propiamente; sólo necesita ser escuchada. Pero el poeta puede prepararse o mejorar su disponibilidad eliminando los obstáculos y el ruido. Puede preservarla y protegerla, y así favorecer el progreso espontáneo de su fuerza y su pureza en él. Puede educarse en ella no traicionándola.
Muchos escritores y otros artistas han destacado la cualidad del conocimiento que emerge de esta absorción paciente. Kafka, en sus Reflexiones, dice: «No hace falta que salgas de la habitación. Quédate sentado en el escritorio y escucha. No, mejor no escuches, simplemente espera. No, mejor no esperes, quédate callado y solo. El mundo se te ofrecerá libremente sin máscaras; no tiene elección, se extenderá en éxtasis a tus pies». T. S. Eliot, en su obra East Coker nos anima a «quedamos quietos y aguardar sin esperanza / pues la esperanza esperaría el objeto equivocado». Martin Heidegger, en su Discurso sobre el pensamiento, lo deja bien claro:
Normalmente, cuando esperamos, esperamos algo que nos interese o que pueda proporcionarnos aquello que queremos. Cuando esperamos así, de esta manera humana, la espera incorpora nuestros deseos, nuestras metas y nuestras necesidades. Pero la espera no debería estar impregnada por nuestra naturaleza de forma tan determinante. Existe una sensación para la cual es posible esperar sin saber lo que se espera. Para esta sensación, es posible esperar sin esperar nada; esto es, nada que pueda captarse y expresarse en términos humanos subjetivos. Con esta sensación, simplemente esperamos, y esa espera puede llegar a tener un referente más allá [de nosotros mismos].Rainer Maria Rilke, en sus Cartas a un joven poeta, da el siguiente consejo a su supuesto aprendiz:
Si se queda usted en la naturaleza, en lo sencillo que hay en ella, en lo pequeño, que apenas ve uno, y que tan imprevisiblemente puede convertirse en grande e inconmensurable; si usted tiene ese amor por lo pequeño y trata de ganarse, como un siervo, la confianza de lo que parece pobre, entonces todo le será más fácil, más unitario y, no sé cómo, más reconciliador, acaso no en el entendimiento, que se echa atrás asombrado, sino en su íntima conciencia, en su vigilia y en su saber.
La sensibilidad poética está al alcance de todo el mundo. No es la reserva especial de los Poetas con P mayúscula: los que crean deliberadamente esas formaciones de palabras que llamamos «poemas». Para ser Poeta hace falta ver «poéticamente»; es una condición necesaria, aunque no es suficiente. Además; el Poeta debe ser capaz de emplear el lenguaje de tal manera que el lector se sienta invitado no sólo a su mundo, sino a su misma modalidad mental, a la misma forma lenta y poética de conocimiento, que dio origen al poema en un principio. Cuando contemplamos las cosas por lo que son en ellas mismas, sin referirlas inmediatamente a nuestro propio interés —que es justamente lo que el poeta nos invita a hacer—, entramos en una modalidad de sensación, conocimiento y aprendizaje que puede revelarnos aspectos del mundo que se encuentran fuera del perímetro de nuestras intenciones y deseos. De hecho, puede proporcionarnos conocimientos sobre nosotros mismos al situar nuestras preocupaciones en un contexto más amplio, que en condiciones normales queda oscurecido. Al permitir que el poema nos absorba, somos conducidos a una modalidad de percepción situada por encima de nuestros hábitos cotidianos de conceptualización y referencia propia. Conocemos el mundo y nos conocemos a nosotros mismos de otro modo, simultáneamente. Un poema, así considerado, es un mecanismo diseñado para inducir un tipo de sensibilidad particular en el lector. Para decirlo con Paul Valéry, un poema es «como una máquina que produce un estado mental poético por medio de palabras».
El Poeta consigue el efecto deseado haciendo dos cosas a la vez. Pinta una imagen que despierta nuestro interés, nuestra implicación y nuestra identificación. Y lo hace empleando un lenguaje que obstaculiza nuestras formas normales de construcción gramatical. No podemos ver a través de nuestro propio sistema de categorías y preocupaciones sin violar burdamente las palabras del poeta y, así, nos quedamos suspendidos, quietos durante unos instantes en presencia de algo nuevo y desconocido. George Whalley, al escribir sobre la «enseñanza» de poesía en la escuela, destaca la necesidad vital de «experimentar» el poema, lo que para él significa «prestarle atención como si, de entrada, no fuera una abstracción mental, sino como si hubiera sido diseñado para ser captado directamente por los sentidos, invitándonos a funcionar con una modalidad perceptiva. Al presentar un poema, especialmente a las mentes jóvenes, como algo que debe ser «interpretado» y «explicado», como una especie de problema al que encontrar una solución, como si se tratara de un gran crucigrama, nos equivocamos por completo. Leer poesía es un ejercicio de «suspensión de la actividad cognitiva en una modalidad de percepción». No se debe buscar el significado, sino empaparse en el poema, por decirlo de alguna manera, y dejar que el significado aparezca por sí solo. Si no se trata al poema respetuosamente, si no se considera que tiene una vida y una integridad propias, se termina construyendo un poema subsidiario que funciona como sustituto del poema real: algo que desconcierta menos y que no hace más que devolvemos el código habitual de conducta y comprensión.
Un poema captado intelectualmente genera cierto grado de satisfacción cerebral. Pero un poema que consigue realmente involucramos crea una sensación corporal de significado inconmensurable; una respuesta visceral y estética, no sólo mental. Igual que en el proceso del enfoque, el cuerpo siente algo que la mente puede no comprender…

GUY CLAXTON_CEREBRO DE LIEBRE, MENTE DE TORTUGA

1 comentario:

Kat dijo...

Sabes, los mejores poemas los escribo sin lapiz ni papel,están en mí, y cuando cojo el lapiz, la mayoría de las veces el poema "desaparece", se borra de mi cabeza, pero queda su esencia y de ella se alimenta el alma del poeta...
Un abrazo