jueves, 4 de septiembre de 2008

LOS ARGONAUTAS


PINTURA: Cayetano_Navegando hacia el final del mar...

—La Humanidad vive de ilusión, Maltrana. Necesitamos poner nuestro deseo lejos, en tierras desconocidas, pues la distancia borra la duda y da certeza a lo más inverosímil. Para los europeos, el lugar de las maravillas fue Bagdad, la de Las mil y una noches; en cambio, en mis viajes por Oriente, he visto judíos y mahometanos suponer tesoros y magias en la antigua Toledo. Cuando los poetas del Sur imaginan algo prodigioso, sitúan el escenario en las fortalezas del Rin o los fiords escandinavos. Al soñar Wagner el castillo de Monsalvat, coloca la mansión del Santo Graal en los Pirineos españoles y da un palacio árabe a Klingsor el encantador. El ambiente que nos rodea es demasiado real para que podamos cultivar en él nuestras ilusiones.
—Así es, Fernando. Pero la esperanza humana, que en otras épocas fue puramente mística y por eso tal vez miraba a Oriente, es ahora positiva, cifra sus anhelos en el bienestar material, y se dirige hacia Occidente. Todos queremos ser ricos, necesitamos serlo, y esta esperanza comunica a las tierras lejanas el prestigio de la ilusión. Hace siglos, la gente de empuje iba al Perú; ayer soñaba la Humanidad con los tesoros de California, y allá corrían en masa los hombres de aventura; hoy empieza a mezclarse con el esplendor de los Estados Unidos la irradiación que surge de una nueva ciudad-esperanza: Buenos Aires.
—Mañana —interrumpió Ojeda—, los peregrinos de la riqueza, torciendo su camino, se derramarán por las islas de Oceanía, y tal vez la Jerusalén del porvenir estará dentro de millares de años en algún lugar del Pacífico donde en este momento colean los tiburones y se hinchan y deshinchan las olas solitarias.
El deseo humano colocaría la ciudad de la esperanza sobre alguna tierra sacada del fondo de las aguas por una convulsión del planeta; tal vez sobre atolones que los infusorios madrepóricos estaban petrificando en aquel momento con lenta y paciente labor multimilenaria. Nunca faltaría en el globo un lugar que atrajese a los hombres inquietos y enérgicos, descontentos con su destino, ansiosos de cambiar de postura.
—Cada vez será más grande esta peregrinación —dijo Maltrana—. Sentimos la imperiosa necesidad del dinero como no la sintieron nuestros abuelos; y los que vengan detrás la experimentarán con mayor ímpetu que nosotros. Yo deseo ser rico; no tengo rubor en confesarlo; es lo único que me preocupa. Necesito saber qué es eso de la riqueza, y a conseguirlo voy..., sea como sea. ¿Y usted, Fernando? Sonrió éste levemente. También quería ser rico, y su deseo imperioso le había desarraigado del viejo mundo, lanzándole en plena aventura, como los miserables que se aglomeraban en los sollados de la emigración. Necesitaba una gran fortuna para creer-se feliz. Y, sin embargo..., ¡quién sabe!, la riqueza no es la dicha, no lo ha sido nunca; cuando más, puede aceptarse como un medio para afirmarla... Tal vez ni aun esto era cierto. Recordaba la vagneriana leyenda del anillo del Nibelungo, el milagroso oro del Rin, símbolo del poder mundial. Quien lo poseía era el señor del Universo, dueño absoluto de todas las riquezas; pero para conquistarlo había que maldecir el amor, renunciar a él eternamente.
—Y el amor, Maltrana, y otros sentimientos, valen más que un tesoro. Yo soy pobre y marcho en busca del dinero porque veo en él una garantía de seguridad y de reposo para ocuparme tranquilamente en otras empresas de mi gusto. Pero si alguien me hiciese ver que la riqueza debía pagarla con la renuncia del amor, le juro que saltaba a tierra en el primer puerto para volverme a Europa…

VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

1 comentario:

Complejo de Úrsula dijo...

Supongo que viene a decir que...cuando no hay amor, se intenta por lo menos que de los demás no falte...

Que cosas . . .