viernes, 12 de septiembre de 2008

mama´s II


Pintura: Maternidad-Gustav-Klimt-1902

Los técnicos de la cibernética han perfeccionado máquinas electrónicas que funcionan primero aritméti¬camente y después analógicamente. Estas máquinas son particularmente útiles para descifrar mensajes en clave. Pero los sabios son así: se niegan a imaginar que el hombre pueda ser lo mismo que ha creado. ¡Extraña humildad!
Nosotros admitimos esta hipótesis: el hombre po¬see un aparato al menos igual, si no superior, a todos los aparatos técnicamente realizables, destinado a alcanzar el resultado que es objeto de toda técnica, a saber la comprensión y el manejo de las fuerzas universales. ¿Por qué no ha de poseer una especie de máquina electrónica en las profundidades de su cerebro? Hoy sabemos que las nueve décimas partes del cerebro humano no son utili¬zadas en la vida consciente normal; el doctor Warren Penfield ha demostrado la existencia, en nosotros, de este vasto campo silencioso. ¿Y si este campo silencioso fuese una inmensa sala de máquinas en funcionamiento, que espera sólo una voz de mando? Si esto fuera así, la magia tendría razón.
Tenemos un correo: las secreciones hormonales parten a provocar excitaciones en mil lugares de nues¬tro cuerpo.
Tenemos un teléfono: nuestro sistema nervioso; me pinchan y grito, siento vergüenza y me ruborizo, etc.
¿Por qué no hemos de tener una radio? Tal vez el cerebro emite ondas que se propagan a gran velocidad y que, como las ondas de alta frecuencia, que discurren por los conductores huecos, circulan por el interior de los cilindros de mielina. En este caso, poseeríamos un sistema de comunicaciones, de conexiones, desconoci¬do. Acaso nuestro cerebro emite tales ondas sin cesar, pero no utilizamos los receptores, o tal vez éstos sólo funcionan en raras ocasiones, como esos aparatos de radio mal construidos, a los que un golpe hace momentáneamente sonoros.
Yo tenía siete años. Estaba en la cocina, junto a mi ma¬dre, que fregaba la vajilla. Mi madre cogió un estropajo (lavette) para quitar la grasa de los platos, y pensó, en el mismo momento, que su amiga Raymonde llamaba al estropajo «una relavote». Yo estaba charlando, pero me interrumpí en el mismo instante para decir: «Raymonde llama a esto una relavóte», y seguí con lo que hablaba. No recordaría este incidente si mi madre, vi¬vamente impresionada, no me lo hubiese recordado a menudo, como si con ello hubiese rozado un gran mis¬terio, sentido, en un hálito de gozo, que yo era ella, re¬cibido una prueba sobrehumana de mi amor. Más tar¬de, cuando yo la hacía sufrir, evocaba aquel segundo de «contacto», como para convencerse de que algo más profundo que su sangre había pasado de ella a mí.
Sé perfectamente lo que hay que pensar de las coin¬cidencias, incluso de las coincidencias privilegiadas que llama Jung «significativas»; pero tengo la impresión, por haber vivido momentos análogos con un amigo muy querido, con una mujer apasionadamente amada, que hay que rebasar la noción de la coincidencia y atre¬verse a llegar a la interpretación mágica. Basta con en¬tendernos sobre la palabra «mágica».
¿Qué pasó aquel día en la cocina, cuando yo tenía siete años? Creo que, independientemente de mi vo¬luntad (y a causa de un imperceptible choque, de un temblor ínfimo comparable a la onda ligera que hace caer un objeto largo tiempo en equilibrio, un temblor ínfimo debido a un puro azar), una máquina que hay dentro de mí, sensibilizada infinitamente a la sazón por mil y mil impulsos de amor, de este amor sencillo, violento y exclusivamente de la infancia, se puso brus¬camente a funcionar. Esta máquina, nueva y a punto en el campo silencioso de mi cerebro, en la fábrica ciber¬nética de la Bella Durmiente del Bosque, contempló a mi madre. La vio, Captó y clasificó todas las facetas de su pensamiento, de su corazón, de sus humores, de sus sensaciones; se convirtió en mi madre; tuvo conoci¬miento de su esencia y de su destino hasta aquel ins¬tante. Registró y ordenó, a velocidad mayor que la de la luz, todas las asociaciones de sentimientos y de ideas que habían desfilado por mi madre desde su nacimien¬to, y llegó a la última asociación: la del estropajo, Raymonde y la relavote. Entonces, expresé el resultado del trabajo de la máquina, ejecutado con tan formidable rapidez que sus frutos pasaban por mi interior sin de¬jar rastro, como nos cruzan los rayos cósmicos sin provocar ninguna sensación. Dije: «Raymonde llama a esto una relavóte.» Después, la máquina se detuvo, o bien yo dejé de ser receptor después de haberlo sido una millonésima de segundo, y reanudé la frase inte¬rrumpida. Antes de que el tiempo se detenga o de que se acelere en todos los sentidos, pasado, presente y fu¬turo: es la misma cosa.
En otras ocasiones, debía tropezar con «coinci¬dencias» de la misma naturaleza. Pienso que es posible interpretarlas de esta manera: Es verosímil que la má¬quina funcione constantemente, pero que nosotros sólo podemos ser receptores ocasionalmente. Más aún, esta receptividad tiene que ser rarísima. Sin duda es nula en ciertos seres. Igual que hay «gente con suerte» y gente que no la tiene. Los afortunados serían los que, a veces, reciben mensajes de la máquina: ésta ha anali¬zado todos los elementos de la coyuntura, ha clasifica¬do, elegido y comparado todos los efectos y las causas posibles, y, al descubrir así el mejor camino del desti¬no, ha pronunciado su oráculo, que ha sido recogido sin que la conciencia haya sospechado siquiera el for¬midable trabajo realizado. Éstos, en efecto, son los «amados de los dioses». De vez en cuando, están co¬nectados con su fábrica. Por lo que a mí atañe, tengo lo que se llama «suerte».
Y todo me inclina a creer que los fenómenos que pre¬siden esta suerte son del mismo orden que los que presi¬dieron la historia de la relavote.
Así empezamos a darnos cuenta de que la concepción mágica de las relaciones del hombre con el prójimo, con las cosas, con el espacio y con el tiempo, no es ab¬solutamente ajena a una reflexión libre y viva sobre la técnica y la ciencia modernas. Precisamente la moder¬nidad nos permite creer en lo mágico. Las máquinas electrónicas hacen que consideremos seriamente al he¬chicero de Cromagnon y al sacerdote maya. Si en el campo silencioso del cerebro humano se establecen co¬nexiones ultrarrápidas, y si, en ciertas circunstancias, el resultado de este trabajo es captado por la conciencia, ciertas prácticas de magia imitativa, ciertas revelaciones proféticas, ciertas iluminaciones poéticas o místicas, ciertas adivinaciones que cargamos en la cuenta del de¬lirio o del azar, tienen que considerarse como adquisi¬ciones del espíritu en estado de vigilia…

Pauwels, Louis y Bergier, Jacques_El Retorno de los Brujos

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