jueves, 4 de septiembre de 2008

SINFRONISMO


COMIC: John Constanine_Comienzos difíciles_Norma Ed.

En los libros de acústica suele verse dibujado el aparato de resonadores que Helmholtz ideó. Formando una serie de esferas metálicas huecas, cada una de las cuales comunica con un mechero de gas. Los sonidos, según su varia calidad, hallan resonancia en una u otra de estas esferas, que al producirla envían un aliento a su llama adjunta, la cual vemos alargarse trémula, ondear, estremecerse, súbitamente dotada de más intensa combustión.
Algo parecido acontece en nosotros. Gira la vida en torno nuestro, presentando sucesivamente sus facetas ín-numerables De pronto una de éstas envía a nuestro ser no sabemos bien qué reflejo alentador., y algo que, apenas sospechado iba en nosotros, cobra repentina robustez. El germen de una idea, un sentimiento indeciso crecen en tal sazón rápidamente, hasta su completo desarrollo, afirmando e imponiendo su fisonomía dentro de nuestro animo.
Una lectura, una persona, un hecho sobrevenido, prestan de súbito tal misteriosa corroboración a nuestras íntimas germinaciones. Dijérase que esa circunstancia exterior y esta posibilidad en mí latente poseyeran una previa, radical fraternidad y una misma calidad de sangre pulsara en ambas de suerte que, mutuamente potencian su energía sin modificar lo mas mínimo el sentido, la curvatura en que coinciden.
Así en este libro la afinidad preexistente entre la vida del cura y la vida de nuestro escritor duplica la intensidad de cada una. Gracias a Azorín entendemos mejor la emoción vital del pobre Bejarano. Gracias a Bejarano entendemos mejor la amarga ironía que gime en el corazón de Azorin. Y este mismo, al hallarse resonado en aquel otro hombre, ha oído más claramente sus voces interiores.
Es extraño, pero es innegable este robustecimiento que logra nuestra personalidad cuando se encuentra a si misma en otra. No se diga que esto acontece sólo a los temperamentos poco originales. Es precisamente característico de todo innovador que al conquistar su nombre a los hombres aparezca acompañado, como de un arpegio arrancado a los siglos, de otros nombres a quien su innovación dota de nueva actualidad. Así, no podemos nombrar a Nietzsche sin que en el ámbito de la historia espiritual se produzcan resonancias y oigamos: Stendhal, Galliani, La Rochefoucauld, Montaigne, Tucídides, Píndaro, Heráclito... «Vivimos —decía este último— la muerte de otros y morimos la vida ajena.» Repercutimos a otros y somos de ellos repercusión. Atraviesan el espacio corrientes de esencial afinidad que pasan por los individuos elegidos, forzándolos a adoptar ante la tragedia de la vida una idéntica actitud.
Como hablamos de sincronismo o coincidencia de fecha entre hombres o circunstancias heterogéneas— advierte Goethe no sé dónde— debemos hablar de sinfronismo o coincidencia de séntido, de módulo, de estilo entre hombres o entre circunstancias desparramados por todos los tiempos.
Cuanto más fuerte sea una personalidad menos se cuidará del sincronismo, de coincidir con los hombres y los hechos de su época, y más denodadamente se internara por la selva de los siglos en busca de egregios sinfronismos.
Una dama de rostro «armonioso y divino» —como dice la Antología del monje Planudio—, de alma iridiscente, me escribía a propósito de un libro que le había hecho yo leér: «L’auteur dit tout haut des choses que je me répétais obscurément tout bas. Je lui sais gré d’avoir fait cela, comme d’une délivrance. «La crítica literaria —dites vous,— consiste en enseñar a leer los libros adaptando los ojos del lector, a la intención del autor.»...

JOSÉ ORTEGA Y GASSET

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