martes, 28 de octubre de 2008

caminante, no hay camino, se hace camino al vivir...




Fueron, sin embargo, los celtas quienes iban a practicar y divulgar una extraña manera de echarse al camino porque sí, elevando el movimiento a finalidad del movimiento, el querer llegar al haber llegado y lo andariego a filosofía del existir absolutamente satisfactoria. Gentes que no conocen la prisa ni aun en los día’ de fiesta. Tuaregs. Sabias, benignas procesionarias en hilera por el borde de un plato sin más aspiración que la de mantenerse en contacto con el culo de otra oruga. ¡Qué invención tan profunda o ingeniosa! Desmesúrase lo mesurado hasta comprimir el universo en un dedal de vino. Cualquier cosa — el borde del plato, la huella de la sandalia — postula un trance de infinitud. El detalle se hace desierto de los tártaros. El hombre, propietario del cosmos. Se trata de un errar sin objeto aparente de un crédulo avance a ciegas en busca del motor inmóvil. Billete de ida, fidelidad constantemente renovada, indiferencia a todo lo que no sea el propio ego, nomadismo tan gratuito como esencial: la forma más noble de emplear el tiempo que hasta ahora se ha inventado. Obsesión machadiana: se hace camino al andar. Así viajaban los caballeros andantes y los monjes giró vagos, depositarios en los siglos mostrencos — del way of life de los druidas. Es la aventura por la aventura: una fabulosa concepción existencial que ya casi nadie alcanza a comprender. Los clerici irlandeses — Brandanes o Columbanos — se lanzan al Atlántico en pos de las Siete Islas mientras los gallegos -Egerias o Avitos ebrios de sacra abstracción- — atraviesan tambaleándose las aguas, aún azules, del más pagano y pródigo de todos los mares. Esas navegaciones se llaman immramas Sus protagonistas — Egeria, Brandán, Jacobo, Parsifal, Arturo — prosiguen la búsqueda de la inmortalidad iniciada tres mil años antes por Gilgamesch. Jardín de las Hespérides, grial, Paradisus Avium, insula pomorum, excalibur, Indias Occidentales, Cibola, Eldorado, paso del noroeste, Timbuctú: cada época postulará el mismo sueño bajo una palabra diferente...
…Lo jacobeo fue, y nunca dejó de ser, mero salir al camino con un bordón (quizá chaqueta al hombro y silbando, como lo hacía Baroja) para ponerse a tragar lacónicas leguas entre ocasionales miraditas al cielo. Ahí esta la clave. Lo comprendió muy bien el Maestro Cirlot (cuya reciente desencarnación, acogida con gélido silencio por la platea de este país sin pulso, nos arrebata una de las últimas cabezas españolas a la vez perspicuas e inspiradas). La idea del hombre como peregrino y de la vida como peregrinación, común a tantos pueblos, no hace sino reflejar el gran mito de una ciudadanía celestial, rota por la desobediencia de los orígenes, que con mejor o peor fortuna intentarnos recuperar. La tierra se transforma así no sólo en valle de lágrimas, sino en estación de paso. El móvil secreto y constante de nuestras acciones es el deseo de regresar al punto de partida. Y precisamente porque la existencia se organiza como una peregrinación, escribirá Cirlot, ésta asume desde el primer momento un significado religioso. Concha, cayado, pozo, manto, sendero y laberinto - aquí duele- — serán en su opinión los símbolos fundamentales de ese retorno al Edén (pues paradisíacos se le antojan los cazadores infantiles al anciano y los cerros de la patria al prófugo. Siete años de exilio me enseñaron a conocer la paradoja de esperar temblando una vieja hermosura inexistente). “Peregrinar —remacha Cirlot— es comprender el laberinto como tal y tender a superarlo para llegar al centro.
Ya estamos: hay siempre, a partir del diluvio, un jardín occidental Y en su búsqueda -denso caldo del Apóstol-— sobrenadan los dos elementos aglutinadores de este libro sobre España : la piedra porque en ella — a golpes y con paciencia — se inscribieron todos los mensajes, y el dédalo, el antiguo e insondable labrys cuyas metamorfosis ovillan el único hilo cierto para desandar la aventura humana. Lo sabemos. Atlantes y cretenses, curetes y ártabros, celtas y gnósticos tampoco lo ignoraban. ¡Pasen y vean, señores! Es la sola y genuina máquina del tiempo, los espejos de Cocteau, el árbol de Alicia, las limpiezas primaverales de Peter Pan. Inclínense sobre ella, y a volar. Sin miedo…

La historia mágica de España_Sanchez Dragó

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