viernes, 26 de diciembre de 2008

Big-Fish


xxv
¿Y qué observamos, al sorprender en su trabajo a la Naturaleza, a la Inteligencia general, al Genio universal (el nombre poco importa) en el mundo de las flores? Muchas cosas, y por no hablar de ellas más que de paso, pues el asunto se prestaría a un largo estudio, observamos desde luego que su idea de belleza y de alegría, que sus medios de seducción y sus gustos estéticos se parecen mucho a los nuestros. Pero sin duda sería más exacto afirmar que los nuestros son semejantes a los suyos. Porque no es seguro que hayamos inventado una belleza que nos sea propia.

Todos nuestros motivos arquitectónicos y musicales, todas nuestras armonías de color y de luz, etc., son directamente tomadas de la Naturaleza. Sin evocar el mar, la montaña, los cielos, la noche, los crepúsculos, ¿qué no podría decirse, por ejemplo, sobre la belleza de los árboles? Hablo no solamente del árbol considerado en el bosque, que es una de las fuerzas de la tierra, quizá la principal fuente de nuestros instintos, de nuestro sentimiento del universo, sino del árbol en sí, del

árbol solitario, cuya verde vejez está cargada de un millar de estaciones. Entre estas impresiones que, sin que lo sepamos, forman el hueco límpido y quizá el fondo de felicidad y de calma de toda nuestra existencia, ¿quién de nosotros no guarda memoria de algunos hermosos árboles? Cuando se ha pasado la mitad de la vida, cuando se llega al término del período maravillado, cuando se han agotado casi todos los espectáculos que puedan ofrecer el arte, el genio y el lujo de los siglos y de los hombres, después de haber

experimentado y comparado muchas cosas, se vuelve a sencillísimos recuerdos. Estos levantan en el horizonte purificado dos o tres imágenes inocentes, invariables y frescas, que quisiéramos llevarnos en el último sueño, si es verdad que una imagen puede pasar el umbral que separa nuestros dos mundos. Yo no imagino paraíso, ni vida de ultratumba por espléndida que sea, en que no estuviesen en su sitio tal magnífica haya de la Sainte Baume, tal ciprés o tal pino parasolado de Florencia o de una humilde ermita vecina de mi casa, que ofrecen al transeúnte el modelo de todos los grandes movimientos de resistencia necesaria, de valor tranquilo, de empuje, de gravedad, de victoria silenciosa y de perseverancia…


Maurice Maeterlinck
La inteligencia de las flores

Pintura: Rosa Vivanco_En la ventana, la voz de un Angel
Portada película_Big-fish
Carta del juego_Magic

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