viernes, 26 de diciembre de 2008

el ángelito que sale por el cuello de la botella...

Pero como en mi trabajo nunca percibía las señales que, según el libro, debían aparecer en un momento determinado, una y otra vez tenía que volver a empezar. Finalmente, cuando ya había perdido toda esperanza de llegar a entender a que ha figuras, hice una promesa a Dios y a Santiago de Galicia y decidí consultar con un rabino de alguna de las sinagogas & España... »

Santiago el Mayor, cuya basílica se halla en Compostela, era considerado como el santo patrón de los alquimistas y de todas las artes y las ciencias cosmológicas. No en vano el bordón —consistente en un bastón con dos cintas enrolladas en forma de espirales y rematado por un puño redondo que sostiene en la mano el santo de Compostela— guarda una notable semejanza con la vara de Hermes.
«De modo que con la aprobación de Perrenelle, mi esposa, me puse en camino llevando la copia de aquellas figuras, vestido de peregrino y con bordón, tal como puede verse en la fachada de la capilla del cementerio, donde mandé pintar las figuras jeroglíficas y en cuyas paredes laterales ordené reproducir una procesión en la que pueden verse, uno tras otro, todos los colores de la piedra por el mismo orden en que aparecen y se borran, junto con esta inscripción, en francés:
Moult plaist Dieu procession, s’elle est faite en dévotion. (Es muy grata a Dios la procesión, si se hace con devoción.) Lo cual es una cita casi textual del comienzo del libro del rey Hércules, que trata de los colores de la piedra y se titula Iris: Operis processio multwn naturae placet, etc. Puse allí estas palabras a propósito, para los iniciados que entendieran la alusión. Conque así vestido, emprendí el viaje y, pasando por Montjoye, llegué, al fin, a Santiago de Compostela, donde, muy devotamente cumplí mi promesa. Hecho esto, me dirigí a ‘León, donde encontré a un comerciante de Boulogne que me presentó a un judío converso, un médico llamado maese Canches, que vivía en aquella ciudad y que era famoso por su saber. Cuando le mostré las figuras copiadas del libro, le embargaron el asombro y la alegría, y al punto me preguntó -si sabía dónde estaba el libro del que habían Sido extraídas. Yo le respondí, en latín —la misma lengua de que se sirviera él para hacerme la pregunta— que esperaba recibir noticias verdaderas del libro si alguien me descifraba aquel misterio. Y allí mismo, con gran entusiasmo y lleno de gozo, empezó a explicarme el principio. En resumen, se alegró de saber dónde se encontraba el libro, y yo me alegré de oírle hablar de él. Aquel hombre debía de haber oído muchas cosas sobre éste; pero, según me dijo, se había dado por perdido. Y decidimos ponernos en camino juntos. De León nos trasladamos a Oviedo y luego a Sansón, donde embarcamos para Francia. El viaje fue bastante bueno, y ya antes de que llegáramos a este Reino, me había explicado el verdadero significado de la mayor parte de mis figuras, descubriendo, a su vez, al hacerlo, grandes secretos hasta en algunos puntos (lo cual me pareció prodigioso). Pero cuando llegamos a Orleáns, el sabio cayó gravemente enfermo, presa de violentos vómitos que ya en el barco le habían acometido. Sentía gran temor de que yo pudiera abandonarle, y a pesar de que estaba siempre a su lado, me llamaba sin cesar. Finalmente, al anochecer del séptimo día de su enfermedad, murió, por lo que me sentí muy entristecido. Hice que lo enterraran en la iglesia de la Santa Cruz de Orleáns, donde reposa todavía.

Que Dios guarde su alma, pues murió como un buen cristiano. Si la muerte no me lo impide, daré una renta a aquella iglesia, para que todos los días se celebren misas por su alma.
»El que quiera ver cómo llegué a casa y cómo se alegró Perrenelle, que nos contemple a ambos en esta ciudad de París, en la puerta de la capilla de Saint-Jacques de la Boucherie, contigua a mi casa: allí estamos pintados, yo, a los pies de Santiago de Compostela, y Perrenelle a los de san Juan, al que tantas veces había invocado ella. De manera que, por la gracia de Dios y de la bienaventurada Virgen santísima, de Santiago .y de san Juan, por fin había podido saber lo que tanto anhelara, o sea los primeros principios, aunque no cómo prepararlos, qué es lo más difícil que pueda haber en este mundo. Pero al fin lo logré, tras muchas equivocaciones, que duraron casi tres años, en los que estudié y trabajé sin descanso, tal corno puede verse en la fachada de aquella capilla (en cuyos pilares mandé pintar las procesiones), a los pies de Santiago y de san Juan, orando a Dios constantemente, con el rosario en la mano, leyendo con atención mi libro, meditando las palabras de los filósofos y realizando después las distintas operaciones que me revelaban sus frases.
))Por fin hallé lo que tanto anhelaba, lo cual advertí por el fuerte olor. Y así alcancé el magisterio. Después que hube descubierto la preparación del primer agente, sólo tuve que ejecutar al pie de la letra lo que decía mi libro, y ya no habría podido equivocarme, ni aun queriéndolo. Con, que la primera vez que hice la proyección, la con, centré en el mercurio y convertí de ella aproxipiajdamente .una libra y media en plata pura, que era mejor que la que se extrae de las minas, según [ comprobé yo mismo e hice comprobar a otros.

Esto sucedió el diecisiete de enero, un lunes a mediodía, en mi casa, sólo en presencia de Perrenelle en el año de mil trescientos ochenta y dos.
Después, siguiendo mi libro palabra por palabra, realicé la obra con la piedra roja y con una cantidad’ parecida de mercurio, también en presencia de Perrenélle únicamente, en la misma casa, el día veinticinco de abril del mismo año, a las cinco de la tarde, convirtiendo el mercurio en igual cantidad de oro puro, que sin duda era mejor que el oro común, es decir; más blando y más dúctil. Así puedo decirlo en verdad. Tres veces he realizado la obra con ayuda de Perrenelle, que la comprendía tan bien como yo mismo y me ayudaba en las operaciones; y, de haber querido hacerlo ella sola, sin duda lo habría logrado. Yo estaba ya más que satisfecho después de la primera vez, pero. me causaba gran placer ver y observar en el recipiente la obra maravillosa, de la Naturaleza...»
Un hombre y una mujer que, de modo natural, representan los dos polos de la obra alquímica, el azufre y el mercurio, pueden, gracias a un mutuo amor sublimado por la espiritualidad y vertido hada el interior, desencadenar el poder que provoca primero, la disolución, y después, la cristalización:
el solve et coagula…
Alquimia_Titus Burckhardt

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