jueves, 19 de febrero de 2009

EL LABERINTO


Una línea sutil, un umbral indefinido, separa el mito de la historia. ¿Quién tuvo primero la idea de hacerse narrador? Fuese quien fuese, disponía de un libro en movimiento, del cielo y de una paleta lujuriante de colores, la naturaleza.
El lugar y la hora de nuestros más antiguos padres nos han llegado gracias al lenguaje del mito: es el Tiempo, en tal caso, quien dicta y gobierna el relato mitológico. El primer narrador transcribió, humanizándolo, el “orden natural de las cosas” que él veía reflejarse en el cielo, y ése fue el lenguaje de la realidad viviente, de la total identidad entre cosas y palabras. Mas, ay, este lado se rompió. Para los Hebreos, la ruptura tuvo lugar en Babilonia y, desde entonces, su lengua guarda las “huellas de la nominación primaria” (1). Ocurrió otro tanto con las runas del finlandés Le Marinen, los hexagramas del I Ching, y los ideogramas del dios egipcio Thot.
Los relatos míticos evocan la eternidad, la variedad, los ciclos que se reflejan del cielo sobre la tierra: una tierra ‘plana”, delimitada por cuatro constelaciones, de cursos helicoidales durante solsticios y equinoccios. No, la Atlántida y Mu no son mitos.
Su espacio-tiempo se sitúan en una zona oscura, donde el mito ha perdido sus coordenadas astronómicas, y la historia sólo puede fundarse sobre conjeturas, para confirmar la desaparición de una gran civilización bajo los flujos del océano. Creer en esta hipótesis no significa solamente retardar con muchas vueltas de esfera las minuteras del reloj-historia. Es el concepto mismo de ‘evolución” y por lo tanto, de “progreso”, lo que resulu negado. Ay, de quien se atreva a decirlo: lo tildarán de oscurantismo. Conque volvamos a anudar pacientemente los cabos sueltos que queden aquí y allá. ¿La Atlántida y Mu existieron realmente? ¿Qué causa provocó su hundimiento?
Según Platón (dice el sacerdote del templo de Saís a Solón), todo acaeció por una desviación de las cosas .Je en su rotación en torno a la tierra se alzaron hacia el cielo”. ¿Resulta Platón ambiguo, o nosotros lo creemos así? El gran filósofo griego se expresa en una lengua técnica, necesariamente ambigua en tal caso.
Así, bajo las palabras del sacerdote de Saís, se oculta ia vasta zona propicia a las conjeturas más diversas:
iie Venus quien, al desviarse de su propio camino, alteró el eje de la Tierra y dio nacimiento a la precesión de equinoccios ¿No fue más bien un inmenso meteorito, aiya caída hizo que se abismara el imperio en el océano? ¿No fue una piedra celestial que aún pulsa con su energía magnética en pleno triángulo de las Bermudas? No hay que atribuirlo más bien a la estupidez de nuestros mayores que. gratificados con el secreto de la energía por unos padres venidos del espacio, no supieron utilizarla sabiamente y perecieron por ello, destruidos por su mismo orgullo? O bien aun: las reliquias de los antiguos evocan un único centro de difusión de aquella

civilización. Su propio lenguafr ha sido fijado y oculto antaño en los monumentos, en la etimología de las palabras y en las figuras históricas de los guardianes de la Tierra Santa”. Los “símbolos de la Ciencia sagrada” esperan que el “Rey del mundo”, hundiéndose en la Agharta, se remonte hasta el día para vivificarlos.
Raros son aquellos a quienes no tienta la idea de reducir el mito a la historia, reuniendo, quieras que no, símbolos, ruinas y relatos en el cerco de una “lengua común”. La desaparición de la Atlántida y de Mu, el diluvio: unos hechos perfectamente plausibles para el espíritu “primitivo». El mismo que edificó las pirámides y Stonehenge, compuso la grandiosa epopeya del Mahabbharata, y percibió el interminable curso de una sola y misma vida del dios Brahma, así como de su universo (311 040 000 000 años).
Aquel espíritu concibió dos figuras que, ellas solas, pueden suscitar la esperanza de penetrar en el misterio —el laberinto y el mandala. La entrada en el laberinto muestra el embrollado recorrido que Prometeo (“de tortuoso pensamiento”), o Teseo debieron efectuar para encontrar la salida. En el corazón del laberinto, los héroes esperan: la ira de los dioses o la irrupción del monstruo que habrá de vencer. En los dos casos, como para los alquimistas medievales, tendrán que matar la materia antigua para alcanzar la fase en que todo se transmuta, se regenera. Saturno (el Tiempo) baña en ello. La entrada en el mandala, sea plano o tridimensional como el laberinto, comprensible al iniciado, destruyendo las falsas construcciones mentales que le impedían ver “el orden natural de las cosas” y de participar en él, tanto en la tierra como en el cielo. Los “Horizontes perdidos” de Hilton y todos los relatos de una caída fuera de un Paraíso evocan la pérdida, tal vez irremediable, de una “conciencia perdida” —una relación olvidada entre la voluntad positiva de creación y una presuntuosa, arrogante, ceguera primitiva, especie de pecado original (Marzaduri).

Thulé, la isla de los Bienaventurados, el Paraís, Pardes, jannal AI-Adn, el Reino de Shambala, la Atlántida, Mu... He aquí los nombres residuales de nuestra incapacidad de verlo: “la creación no podía concebir para nosotros otra cosa que el Paraíso”. “(Borges) Mientras esta incapacidad perdure, la Atlántida y Mu continuarán inmersos en lo más profundo de los océanos y de los espíritus. Tal vez solamente un héroe de ahora en adelante sobrehumano —como Rudra Chakrin o Corto Maltese— podrá hacerlos resurgir.
O Michel Foucault, en “Les Mots et les choses: une archéologie des sciences humaines”. Ed. Gallimard, 966, (Francia).

por AUGUSTO BRUNO

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