lunes, 23 de marzo de 2009

Contar un cuento, jugar un juego...


Lo mismo que sucede con nuestro mundo de las enseñanzas universitarias o profesionales, que deben completarse con la realización de una tesis en la que el alumno tendrá que dar la talla de su capacidad, la iniciación esotérica exige del discípulo, llegado un determinado momento, independizarse del maestro y pasar la prueba de grado” que le habrá de confirmar como adepto libremente iniciado. Esta prueba se lleva a cabo de acuerdo con los más íntimos deseos de perfección, puesto que las vías de acceso al estado Universal de la existencia son múltiples, pero hay tres que las resumen todas. Una es la senda de la acción, que es la que seguirían los constructores de las hermandades medievales, los alquimistas y los caballeros templarios, por poner ejemplos. Una segunda sería la de la devoción, seguida por los místicos de todas las creencias religiosas. La tercera, la del conocimiento, sería la del hermetista, la del estudioso de la Tradición, la del astrólogo, la del kabalista. Pero todas ellas son vías y, en cuanto tales, han de ser recorridas en pos del Conocimiento, donde todas se reúnen.
Es en esta fase de la iniciación donde hay que iniciar el peregrinaje y donde hay que encontrar el origen oculto de todas las peregrinaciones que en el mundo han sido. La Iglesia ha intentado cambiarles el signo, dándoles un carácter penitencial que nunca tuvieron en realidad, y adjudicándose la sacralidad de la meta que se encontraba al final de todas ellas: Jerusalén, Santiago o Roma (la última de las cuales fue, por cierto, la menos iniciática de todas, pues es curioso comprobar, en apoyo del carácter funda- mentalmente iniciático de la Ruta de Santiago, cómo se detecta que, a lo largo de los siglos, no fueron sólo cristianos quienes la recorrieron. Inscripciones dejadas como graifiti por los peregrinos en las basas de las columnas de San Millán de la Cogolla y de otros templos del camino nos demuestran, sin lugar a dudas, que judíos y musulmanes lo recorrieron con la misma devoción con que lo habían hollado alquimistas como Flamel o Llull y los innumerables compañeros constructores que estudiaron y comprendieron el significado escondido de muchos monumentos de una Ruta que era, para los adeptos, una sucesión de claves de Conocimiento para descubrir en su aprendizaje esotérico.
El mismo significado simbólico de camino recorrido en pos de una meta trascendente tienen las leyendas medievales de los caballeros lanzados a la búsqueda heroica y esperanzada del Grial. Pues el Grial, en un sentido esotérico —y sólo en ese sentido puede existir, pues son inoperantes sus implicaciones devocionales—, es mucho más que el recipiente sagrado & la Eucaristía, que luego sirvió para recoger la sangre de Jesucristo derramada por la lanza del centurión Longino. O, mejor dicho, es todo eso, pero en la medida en que, con ello, se expresa en términos simbólicos una Realidad que sólo puede ser apreciada en toda su magnitud desde las coordenadas del pensamiento esotérico. El Grial, con todas sus connotaciones y variantes —se dice que fue libro, copa, piedra, mesa o cuenco—, es, esencialmente, lo que contiene el Conocimiento en busca del cual se ha emprendido la peregrinación iniciática. Forma parte de la Tradición universal y podríamos localizarlo, con sus mismas características, entre los aztecas y en la India, en la tradición céltica y en la irania, en los textos herméticos egipcios y en el Antiguo Testamento. Hay incluso quienes afirman, dando a la leyenda un sentido simbólico con indudables connotaciones ocultistas, que el Grial constituyó el motivo fundamental de la invasión islámica de la Península Ibérica y que, cuando fue encontrado —bajo su forma de Mesa de Salomón—, el mismo Tariq lo mandó trocear para enviar un pedazo de aquella piedra sagrada a cada una de las grandes mezquitas de Oriente.
Indudablemente, se trata de un leyenda. Sin embargo, es también indudable que la leyenda y el cuento popular son, en su proyección esotérica —que existe y la tienen la inmensa mayoría de los cuentos tradicionales—, caminos preparatorios que, en su día, sirvieron para dar al niño las claves de una iniciación que, en su momento, podría recorrer. El cuento sería para el pueblo lo que los libros sagrados para las clases sacerdotales: la transmisión más inmediata del conocimiento tradicional .
Detengámonos, si así nos place, a analizar lo que hay detrás de multitud de cuentos de la tradición popular; no cabe duda de que encontraremos en ellos todo un mundo de sugerencias —que me resisto a creer casuales— que, a poco que las penetremos, nos descubrirán hechos, ritos y símbolos íntimamente ligados con los caminos de la iniciación. Nos bastaría con rememorar a menudo sus esquemas estructurales para captar esa intención. ¿Acaso no nos acordamos ya de las historias en las que una planta minúscula —el guisante, por ejemplo— se convierte en árbol que no cesa de crecer hasta alcanzar los cielos y por él habrá de subir el héroe en busca del premio que se le ha prometido? Si recordamos que el Árbol forma parte de toda la Tradición sagrada universal como Eje del Mundo y como símbolo del Conocimiento, la historia comienza a adquirir un sentido muy distinto...

Tampoco creo que nadie haya olvidado el cuento de la Bella Durmiente del Bosque, en el que la Dama, dormida por la maga perversa, tendrá que esperar durante siglos el
- beso de amor que la despertará a la vida y a la felicidad. Detrás de esa Dama-Princesa se encuentra latente todo un estado del Ser, esperando también ser despertado a un amor íntimamente ligado, en las doctrinas esotéricas, con el encuentro consciente y despierto de la Realidad trascendente.
Hay toda una serie de cuentos populares en los que el héroe, por los más diversos motivos, tiene que recurrir a un animal determinado —a menudo un caballo, pero también, a veces, un gato, un perro o un ave— que le habrá de conducir a la meta en la que encontrará la solución a todos sus problemas y, a menudo, el premio que le colmará de felicidad. Muchos animales —en realidad, todos cuantos hemos enumerado y algunos más— tienen en los saberes esotéricos una proyección equivalente a la de los maestros. Son animales tótem, portadores de un saber ancestral que les sirve, en los cuentos, para convertirse en conductores que llevarán al héroe a su destino. Al fin y al cabo, estos animales vienen siendo considerados como sagrados desde estadios prelógicos de la Humanidad y muchos de ellos — como es el caso de los cuervos entre los pueblos celtíberos— se convierten en mensajeros de las divinidades y hasta, eventualmente, como nos lo han demostrado las torres de los muertos de Termancia o de Numancia, estarán destinados a transportar las almas de los héroes hasta las moradas celestiales.
Del mismo modo que los cuentos, muchos juegos infantiles —y aun muchos destinados a los adultos— parecen concebidos a manera de claves iniciáticas que pueden ser capaces de transmitir iniciaciones primarias a quien los aprende y los practica. En muchos casos, el juego es, a todas luces, una enseñanza, Una enseñanza del trapicheo especulativo en casos como el moderno Monopoly, pero bastante más profunda en otros como el parchís, el ajedrez, los dados, las cartas —en alguna de sus facetas— o el juego de la Oca, que podría considerarse en muchos aspectos como el juego iniciático por excelencia. Pues si algunos, como el ajedrez, parecen destinados a un aprendizaje táctico —aunque las figuras y sus movimientos van mucho más allá de lo que podríamos considerar estrategia militar—, otros, como el parchís, nos dan la pauta —ésta sí decididamente esotérica— de un Centro Celeste al que los cuatro jugadores intentan llegar a toda costa, buscando, con la ayuda de los dados —la Piedra Cúbica de los constructores— los modos más idóneos para alcanzar, con las cuatro fichas (que podrían significar los cuatro estados del Hombre, del jugador en este caso), la meta propuesta.
El caso del Juego de la Oca es, en este sentido, ejemplar. Incluso se ha llegado a decir, y parece que con un alto grado de probabilidad, que puede ser una especie de guía esotérica para los peregrinos que emprendían la Ruta jacobea, indicándoles los obstáculos que podrían encontrar en su camino trascendente y hasta los premios —naturalmente, también iniciáticos, de encuentro con una revelación— que deberían esforzarse por hallar. Y resulta curioso comprobar que, a lo largo del Camino, muchos lugares tienen nombre de Oca (Montes de Oca, el río Oca, Valdoca, Ocón) y de ánade o ánsar (Ansó). Y hasta es altamente significativo que pueda consignarse, en ocasiones con bastante exactitud, la correspondencia de numerosos lugares con los que las casillas del Juego indican como espacios clave de premios y de castigos.
Todas estas circunstancias nos indican cómo, detrás de unas apariencias perfectamente acordes con la historia cotidiana, respetuoso, y obediente en apariencia, con los preceptos establecidos, el pensamiento esotérico se ha valido de todos los medios posibles para mantener viva y coherente la cadena que lo enlaza con los orígenes mismos de la Tradición de la que procede, venciendo discreta y silenciosamente todos los obstáculos que se le han interpuesto para seguir transmitiendo los saberes de esa memoria cósmica que se ha dado en llamar, tergiversando el pensamiento mismo de su descubridor, el profesor Jung, inconsciente colectivo. Por eso podemos afirmar que la iniciación sigue vigente y que sólo hace falta la voluntad y el deseo sincero de recibirla.

Biblioteca básica de espacio y tiempo_Juan García Atienza

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