lunes, 23 de marzo de 2009

Era una canción antigua, feliz…

___En un día semejante, pasearse sin una flor en la mano es un pecado, pensaba el estudiante Karsky. Por eso blandía una rama perfumada, como si le hubieran encargado hacer propaganda a la primavera. Con paso liviano y rápido, como para huir lo más pronto del aire frío del ancho pórtico obscuro, iba a lo largo de la vieja calle gris de casas con tejado, saludando al posadero sonriente y obeso que se hacía el importante delante de la ancha entrada de su establecimiento, y a los niños que, sobre el mediodía, se lanzaban fuera de la estrecha sala de la escuela. Iban primero juiciosamente, de a dos, pero a veinte pasos de la salida el enjambre reventaba en innumerables parcelas, y el estudiante pensaba en esos cohetes que, muy alto en el cielo, se resuelven en estrellas y en bolas de luces. Con una sonrisa en los labios y un canto en el alma, se apresuraba hacia ese barrio exterior de la pequeña ciudad donde se avecinaban casas de apariencia campesina y confortable, y villas nuevas rodeadas de jardincillos. Delante de una de las últimas casas admiró una olmeda sobre cuyos ramajes corría ya un estremecimiento de verdor, como un presentimiento del esplendor próximo. Dos cerezos florecidos hacían de la entrada un arco de triunfo, en honor de la primavera, y las flores rosa pálido inscribían allí una luminosa bienvenida.
De pronto Karsky se detuvo, como herido de estupor: en medio de la floración, veía dos ojos azules profundos, que soñaban, perdidos en la lejanía, con una beatitud tranquila y voluptuosa. Al principio sólo advirtió esos dos ojos, y fue como si el cielo mismo lo mirara a través de los árboles en flor. Se acercó, maravillado. Una pálida muchacha rubia estaba acurrucada en un sillón; sus blancas manos que parecían asir algo invisible se levantaban claras y transparentes por encima de una manta de verde obscuro, que envolvía sus rodillas y sus pies. Sus labios eran de un rojo tierno de flor apenas despuntada, y una leve sonrisa los asoleaba. Así sonríe el niño dormido, la noche de Navidad, con su nuevo juguete apretado entre los brazos. El rostro pálido y transfigurado era tan bello que el estudiante recordó de pronto viejos cuentos en los cuales desde hacía mucho, mucho tiempo no había pensado más. Y se detuvo, involuntariamente, como se hubiera detenido ante una madona al borde del camino, invadido por ese sentimiento de gran reconocimiento solar y de íntima fidelidad que sumerge a veces a aquél que ha olvidado la plegaria. Entonces su mirada encontró la de la muchacha. Se contemplaron, los ojos en los ojos, con una comprensión dichosa. Y con un gesto semi-inconsciente, el estudiante arrojó por encima de la cerca la joven rama florida que tenía en la mano, y que vino a posarse con un dulce estremecimiento en el regazo de la pálida niña. Las blancas y delgadas manos asieron con tierna prisa la flecha fragante, y Karsky recibió el luminoso agradecimiento de los ojos mágicos, no sin una medrosa voluptuosidad. Luego se fue a través de los campos. Solamente volvió a encontrarse en espacio libre, bajo el alto cielo solemne y silencioso, advirtió que cantaba. Era una canción antigua, feliz…

Rilke, Rainer Maria - Primavera sagrada
Pintura: Gustav-Klimt_El beso
Portada película: El Efecto Mariposa
Fotograma película: Corazones en la Atlántida

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