lunes, 23 de marzo de 2009

....una especie de juego de la oca


El Camino plantea aquí otra de sus charadas. Intervienen en ella grupos de trabajadores manuales que practican el nomadismo, manejan idiomas herméticos inventados ex profeso y provienen casi exclusivamente de las regiones implicadas en la peregrinación jacobea. ¿Era ésta también —y sin menoscabo de sus restantes caras— un sendero de perfección a lo largo del cual gentes de determinados oficios recibían las instrucciones necesarias para ejercerlos de conformidad con los planes del Gran Arquitecto? ¿Fue el culto al Apóstol etapa, capítulo o herramienta de un proceso aún más vasto y todavía inconcluso, que sólo se detendrá cuando alguien coloque la piedra cimera del Templo? Ardua tarea para unos cuantos, mientras las masas siguen empeñadas en levantar la babélica torre del progreso. ¡Qué buen tema de ciencia-ficción para el Asimov de las fundaciones! ¡Qué rimero de días y trabajos para que un segundo Hesíodo componga su epopeya! Pero ¿quedan hesíodos?
Otro dios, que no es Osiris ni Hércules ni el Nazareno, va a montar su número en la gran farándula jacobea. Se llama Lug, el de la mano larga, o Lleu, el de la mano dura. Lo veneraban irlandeses, bretones y gallegos mucho antes de que los celtas lo adoptaran’. Era deidad bienhechora a cuyo cargo corría la protección de los oficios y de los artesanos, “de las personas ingeniosas, de cuantos sabían manejar con provecho los materiales de la tierra y las fuerzas latentes en su seno”. La geografía del Camino, dentro y fuera de España: postula machaconamente el nombre de este dios. Sin perder el tiempo en detalles que los beneméritos funcionarios del cuerpo de Correos podrían recitar de corrido, parece necesario señalar la Lugudunum (después Lyon) de lo que para los romanos era Galia Cispirenaica y la Lugo gallega que todavía hoy, tan bien cercada como entonces, eriza su arcaico perfil a sólo ciento tres kilómetros de Compostela. Según Georges Charpentier, la toponimia francesa de Lug dibuja una espiral ascendente cuyo vértice se encuentra en los Pirineos occidentales. Lo mismo sucede en España, aunque aquí el vértice se desplaza en paralelo al Cantábrico. El Camino principal iría, pues, de Lug a Lug siguiendo una especie de juego de la oca, algo así como una centrifugadora bipolar que primero atraía peregrinos a Somport o Roncesvalles y luego los repelía en dirección a Compostela. Gráficamente cabe representar este sistema de fuerzas con la imagen de dos tolvas o simples embudos unidos por sus cuellos. Se obtiene así la doble espiral invertida que con tanta insistencia nos proponen los petroglifos neolíticos. Desde esta perspectiva resulta curioso y hasta desconcertante comprobar que los topónimos de Lug corresponden casi siempre a enclaves dolménicos.

No es la única coincidencia. Al norte de Cádiz y cerca de Tartessos, en tierras de curetes y turdetanos, existió un Lago Ligústico envuelto en misterios que ningún investigador ha atinado a descifrar. En gaélico, lugos significa cuervo (ya está el pajarito avisador de todas las leyendas diluviales revoloteando de nuevo por Galicia). A propósito: Lug se manifiesta a los hombres por medio del arco iris. O sea: al escampar, al retirarse las aguas. Por último, y para colino, los celtas irlandeses llamaban cadena de Lug nada menos que a la Vía Láctea. Ya es casualidad.
Un hijo del siglo XX podría contar la historia de esta forma: in illud ternpus hubo cierto pueblo dueño de cogniciones científicas que le permitían alterar el curso de la naturaleza. Cegadas por la soberbia, aquellas gentes forzaron poco a poco el ecosistema hasta sobrepasar un punto crítico a partir del cual la retirada era imposible. Algunos varones de corazón limpio y espíritu despierto (que vanamente se habían esforzado en detener la aturdida carrera de sus compatriotas) construyeron entonces sólidas embarcaciones, las llenaron de plantas y animales (lo único que merecía la pena salvar) y zarparon con ánimo sereno hacia litorales ignotos que además sabían definitivos. Fue luego la catástrofe, la embestida de los geosinclinales, la lluvia sin fin, el tsunami, la insurrección orogénica y, seguramente, la guerra, el pillaje, el desbordamiento de los depósitos de energía, las explosiones en cadena...
Así, victimas de juegos científicos y pueriles, aplastados por su ridícula Torre de Babel, perecieron cuantos habían querido asemejarse a un Dios en el que ya nadie creía. Tras el consumatum est, los náufragos arribaron a playas novedosas y allí, en cifra (para que los homúnculos no tuvieran acceso al saber. Porque ahí estuvo el error: no en adquirir conocimientos, sino en divulgarlos y en piedra (clave de eternidad que ni siquiera otro diluvio acertaría a destruir), dejaron las instrucciones necesarias para que ciertos hombres — los cabales — colaborasen con la naturaleza en recíproco provecho. Se trataba, pues, de iniciar a maestros artesanos capaces de ejercer su oficio en amor y gracia de Dios. Uno o varios de aquellos héroes desembarcaron en Galicia, grabaron su mensaje, se granjearon el. religioso temor de los indígenas y fueron enterrados en dólmenes o castros que miraban hacia el mar. Allí Santa Tecla, Iria Flavia, Noya, Finisterre, el Pico Sacro, Bares, San Andrés de Teixido... Y Compostela. Por todos los rincones de la Península y del Mediterráneo corrió en seguida la fama de que en aquel litoral sagrado descansaba la Ciencia, la Tradición y el Conocimiento. Entonces empezaron los grandes periplos, los éxodos, las navegaciones. Y también la convergencia individual hacia el simbólico cenotafio de lo que aún tardaría mucho tiempo en ser ciudad jacobea. Vino el Habidis de los andaluces, el Lug de los aborígenes, el Osiris de los egipcios, el Herakles de los griegos, el Melkart de los fenicios, el Gwydion de los celtas, el Hiram de los judíos, el Cristo de los gnósticos, el Prisciliano de’ los gallegos y, por último, el Santiago Matamoros de las tropas leonesas y castellanas. Una tras otra fueron sucediéndose las religiones en ese exátero atlántico, borracho de todas ellas, y una tras otra fundieron sus presupuestos con los del mito diluvial allí petrificado. Danza milenaria…

Gárgoris y Habidis_Fernando S. D.
Foto_ Javier S. T_Granito Noble_A Coruña

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