viernes, 12 de junio de 2009

una ardiente esperanza


(Alborada)
Extinguiéronse ya las horas; huyeron el dolor y la felicidad; Sábelo con tiempo: vas a quedar curado de tus males, confía en la mirada del nuevo día. Verdean los valles, las colinas despliegan su exuberante vegetación para convidar con su sombra al descanso, y en fluctuantes olas argentinas, las sementeras ondulan hacia la cosecha.
(Canto del despertar)
Para saciar deseo tras deseo, contempla aquel lejano resplandor. Débiles son los lazos que te sujetan; el sueño es una cáscara; arrójala lejos de ti. No tardes en cobrar osadía mientras la multitud yerra indecisa. Todo puede llevarlo a cabo el alma noble que sabe y pone resueltamente manos a la obra.
(Un rumor inmenso anuncia la proximidad del sol)
ARIEL
Escuchad, escuchad el tumulto de las Horas. Sonoro al oído del espíritu, ha nacido ya el nuevo día. Las puertas de roca rechinan con estrépito, las ruedas del carro de Febo dan vueltas chirriando. ¡Qué fragor trae la luz! Oyese el sonar de trompetas y clarines, parpadea deslumbrado el ojo, atúrdese el oído, lo inaudito no se oye. Deslizaos, Elfos, en las corolas de las flores, más adentro, más, para instalaros tranquilos en las peñas, bajo el follaje. Si hasta vosotros llega tal ruido, os quedáis sordos.

FAUSTO
Los pulsos de la vida laten con nueva animación para saludar amorosos el etéreo crepúsculo. Esta noche también tú, Tierra, estuviste firme, y con renovados bríos alientas a mis pies; empiezas ya a rodearme de placer, despiertas y excitas en mi una enérgica resolución: la de aspirar sin tregua a la más elevada existencia. El mundo está abierto ya en una luz crepuscular; la selva deja oír los mil acentos de la vida; fuera del valle y el valle mismo extiéndese una faja de neblina; empero la celeste claridad desciende hasta las profundidades, y las ramas de los árboles, dotadas de nuevo vigor, surgen del vaporoso abismo en que dormían sepultadas. Así también del fondo en que la flor y la hoja destilan temblorosas perlas, destácase claramente color sobre color. Todo cuanto me circunda se trueca para mi en un paraíso.
Tienda la vista a lo alto. Las gigantescas cumbres de las montañas anuncian ya la hora más solemne. Antes de tiempo pueden gozar de la eterna luz, que más tarde desciende hasta nosotros. Por las verdes praderas de las vertientes de los Alpes difúndese ahora una nueva luz, una nueva claridad, que por grados llega a las hondonadas... ¡Aparece el sol...! y ¡ay!, deslumbrado ya, vuelvo el rostro, herido por el dolor de mis ojos.

Lo propio acontece cuando una ardiente esperanza que, a fuerza de lucha, en lo íntimo de nuestro ser se ha convertido en sublime anhelo, halla abiertas de par en par las puertas de la realización. Pero si de aquellas eternas profundidades surge de golpe un torrente de llamas, nos quedamos suspensos: queríamos encender la antorcha de la vida, y nos envuelve un mar de fuego. Y ¡qué fuego! ¿Es el amor, es el odio, que ardientes nos rodean con espantosas alternativas de dolor y regocijo, de suerte que nuevamente dirigimos la vista a la tierra para guarecernos bajo el velo más juvenil? .

Quédese, pues, el sol a mi espalda. Con embeleso creciente contemplo la catarata que se precipita estruendosa por el escarpado peñasco. De salto en salto, se revuelve derramándose primero en mil corrientes y luego en otras mil, y levantando en el aire con bronco fragor masas de espuma. Pero ¡cuán majestuoso, naciendo de esta tempestad, se redondea el cambiante arco multicolor, tan pronta claramente dibujado, como perdiéndose en el aire y esparciendo en torno una lluvia fresca y vaporosa! Esto retrata el afán del hombre. Medita sobre ello y lo comprenderás mejor: en ese colorado reflejo tenemos la vida…

Goethe, Johann Wolfgang - Fausto

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