sábado, 31 de octubre de 2009

porque nuestra alma siente la belleza de la naturaleza o el sueño de Hiperión...


La historia, agitada como pluma en la tormenta, se desenvuelve en forma de un torbellino de actos que buscan una humanidad rejuvenecida. El argumento se reduce a una serie de cartas que Hiperión remite a Belarmino, amigo que no pronuncia palabra alguna en toda la obra. Cuatro personas más aparecen en el relato: dos de importancia sólo vehicular, introductoria o puramente anecdótica y otras dos —Diotima, Alabanda— que son en todo instante el puente poético sobre el que Hiperión trasciende a su mundo de ultratumba. Diotima representa el AMOR, en el estado gnoseológico en que Hölderlin lo entiende (naturalezapoesía -, permanencia-divinidad)…

La presencia de Alabanda, tanto en Esmirna como en la batalla liberatoria, se muestra decididamente sensual, polimorfa, con ramificaciones que irían a perderse en los conceptos que de amistad o amor tenían los griegos, y que Hölderlin conocía en su totalidad. Finalmente, la figura de Belarmino parece la del sujeto pasivo que recibe y no piensa, pues está ahí para escuchar. Es la conciencia, el otro Yo del poeta al que le narra su fantástica aventura en pos de la victoria de las oprimidas gentes de Grecia.
El problema central sobre el que gira la elástica grandeza de Hiperión es de nuevo, sin duda, la nostalgia. Terrible y tierna, a la vez, nostalgia de la historia ida, una añoranza etílica y esencial, con el fondo roto, horadado por las condiciones esféricas y conceptuales que rodearon a los griegos. La misma Diotima le pregunta a su joven héroe en un párrafo: «LEs posible que consigas trasladarte de tal manera a las épocas antiguas?» Hasta ella, diosa reencarnada del Olimpo en la tierra, duda del magnetismo que nace y se reproduce al ritmo de la luz en el joven Hiperión. Pero detrás de la duda se esconde la certeza absoluta de que ese involuntario soñador de islas jónicas guarda dentro de sí la peculiaridad que diferencia lo humano de lo inmortal, que se4 para el lamento de lo elegíaco. Después de ese tema de la nostalgia, al que con amorosa insistencia nos remite la mente ufana de Hiperión, aparece otro tema —tal vez producto de lo anterior o quizá, manifestación pragmática del deseo de ausencia que empaña y vuelve difícil la visión de la realidad— de similar textura: una inmediata consternación ante lo circundante o, más bien, ante esa sólida distinción que nos cualifica y señala frente a las cosas o elementos que rodean nuestra presencia en el mundo. Es un espacio metatemporal del que los estímulos y sensaciones son la única razón imaginable; en él se alcanza un grado dentro del cual nuestra fusión con la naturaleza —o sea, sus circunstancias visibles— es mucho mayor que el nivel de aprehensibilidad que de las mismas pueda tenerse. Integración como rostro paradisíaco de la permanencia, y permanencia como alimento no optativo para la integración en lo real-ideal de todo sueño vivificador:

…¡Ser uno con todo lo viviente! Con esta consigna, la virtud abandona su airada armadura y el espíritu del hombre su cetro, y todos los pensamientos desaparecen ante la imagen del mundo eternamente uno, corno las reglas del artista esforzado ante su Urania, y el férreo destino abdica de su soberanía y la muerte desaparece de la alianza de los seres, y lo imposible de la separación y la juventud eterna dan felicidad y embellecen el mundo...

A menudo alcanzo esa cumbre, Belarmino. Pero un momento de reflexión basta para despeñarme de ella. Medito, y me encuentro como estaba antes, solo, con todos los dolores propios de la condición mortal, y el asilo de mi corazón, el mundo eternamente uno, desaparece; la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como un extraño, y no la comprendo...
En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía...
¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los miserables céntimos con que la compasión alivió su camino...porque nuestra alma siente la belleza de la naturaleza. Si alguna vez faltaras tú de ella sería fragmentaria y ya no divina y perfecta. No merecería que le entregaras tu corazón si tuviera que sonrojarse de tus esperanzas...

Pintura Anxela_

No hay comentarios: