jueves, 19 de noviembre de 2009

con las manos llenas de flores y de racimos de uva


—¿Pero es realmente verdad lo que me has contado de mi infancia? Debo de haber sido un niño muy extraño.
—Todo cuanto te he contado es verdad —respondió el gnomo—; de lo que puedas contar a los demás no soy responsable. Parece que confundes siempre la realidad con los sueños, como hacen todos los niños.
—Pero no soy un niño; el mes próximo cumpliré veintisiete años.
—Eres un niño grande; de lo contrario, no me hubieras visto; sólo los niños pueden ver a los duendes.
—¿Cuántos años tienes, hombrecito?
—Seiscientos. Lo sé casualmente porque nací el mismo año que el viejo abeto que hay ante la ventana de tu cuarto, donde tenía su nido la gran lechuza. Tu padre decía siempre que era el árbol más viejo de toda la selva. ¿No te acuerdas de la gran lechuza? ¿No recuerdas cómo abría y cerraba sus redondos ojos a través de la ventana?
—¿Eres casado?
—No, soy soltero. ¿Y tú?
—Por ahora, tampoco me he casado, pero...
—¡No te cases! Mi padre nos decía siempre que el matrimonio es una empresa muy peligrosa y que es muy sabio el dicho de que nunca se puede tener bastante cuidado en la elección de la suegra.
—¡Seiscientos años! ¿De veras? No los representas. Nunca lo hubiera creído por el modo como te has deslizado por la pata de la mesa y por cómo has atravesado corriendo el suelo cuando me viste sentado en la cama.
—Mis piernas están bien, gracias; sólo mis ojos empiezan a estar un poco cansados; no puedo ver casi nada de día. Tengo también extraños ruidos en los oídos, desde que vosotros, los grandes, empezasteis aquellas terribles explosiones en los montes que nos rodean. Algunos gnomos dicen que queréis robar a los Trolls su oro y su hierro. Otros, que hacéis un agujero para aquella enorme serpiente amarilla con dos rayas negras en la espalda que serpentea entre campos y bosques y atraviesa los ríos, vomitando fuego y humo. Todos la tememos; todos los animales en las selvas y los campos, todas las aves del cielo, todos los peces en los ríos y en los lagos: hasta los Trolls bajo las montañas huyen aterrorizados hacia el norte, a su aproximación. ¿Qué será de nosotros, pobres gnomos? ¿Qué será de todos los niños cuando ya no estemos nosotros en sus cuartos para dormirlos con nuestras fábulas y velar sus sueños? ¿Quién cuidará de los caballos en las cuadras, quién procurará que no resbalen en el hielo y se rompan las patas? ¿Quién despertará a las vacas y las ayudará a vigilar sus recién nacidos terneros? Te digo que los tiempos son crueles; en tu mundo hay algo equivocado, ya no se encuentra paz en ninguna parte. Todo ese incesante jaleo y estruendo me ataca los nervios. No me atrevo a permanecer más contigo. Las lechuzas tienen ya sueño; todos los reptiles de la selva están ya para acostarse. Las ardillas ronzan ya sus piñas de abeto; dentro de poco cantará el gallo y pronto volverán las terribles explosiones a través del lago. Te digo que ya no puedo soportarlo. Es mi última noche aquí, debo dejarte. Tengo que abrirme camino hasta Kebnekajse (La montaña más elevada de Suecia) antes de que salga el sol.
—¡Kebnekajse! Kebnekajse está a cientos de millas más al norte. ¿Cómo harás para ir hasta allí con tus piernecitas tan cortas?
—Tal vez me lleve una grulla o un ánsar silvestre; se reúnen todos allí ahora para el largo vuelo hacia la tierra donde no hay invierno. En el peor caso, haré parte del camino montado en un oso o en un lobo; son todos amigos de los gnomos. Debo marcharme.
—No te vayas, quédate aún un poco conmigo y te enseñaré lo que en la cajita de oro te interesaba tanto.
—¿Qué tienes en la cajita de oro? ¿Es un animal? Me ha parecido oír el latido de su corazón dentro de la caja.
—Es el latido del corazón del Tiempo lo que has oído.
—¿Qué es el Tiempo? —preguntó el duende.
—No puedo decírtelo; nadie puede decirte lo que significa el Tiempo. Dicen que se compone de tres cosas distintas: lo pasado, lo presente y lo futuro.
—¿Lo llevas siempre contigo en esa cajita de oro?
—Sí; nunca descansa, nunca duerme, nunca cesa de repetir a mis oídos la misma palabra.
—¿Comprendes lo que dice?
—¡Ay! Demasiado bien. Me dice cada segundo, cada minuto, cada hora del día y de la noche, que me vuelvo cada vez más viejo y que moriré. Antes de marcharte, dime, hombrecito, ¿tienes miedo de la Muerte?
—¿Miedo de qué?
—Miedo del día en que cese el latido de tu corazón, en que los engranajes y las ruedas de todo el mecanismo caigan en pedazos, en que se detengan tus pensamientos y se extinga tu vida como la luz de esa oscura candela de sebo que está sobre la mesa.
—¿Quién te ha metido en la cabeza todos esos absurdos? No escuches la voz de la cajita de oro con su estúpido pasado, presente y futuro; ¿no comprendes que todo ello significa lo mismo? ¿No comprendes que dentro de esa cajita hay alguien que se burla de ti? Yo, en tu lugar, arrojaría al río la extraña cajita de oro y ahogaría al mal espíritu que en ella se encierra. No creas una palabra de lo que te dice, no son más que mentiras. Seguirás siendo niño, no te volverás viejo, nunca morirás. Échate y duerme un rato. No tardará en salir de nuevo el sol por encima de los abetos; dentro de poco el nuevo día mirará a través de la ventana; dentro de poco verás mucho más claro de lo que nunca has visto con la luz de esa candela de sebo. Debo irme. Adiós, soñador, me alegro de haber vuelto a verte.
—Me alegro de haberte vuelto a ver, gnomito.
Se deslizó de la silla próxima a mi cama y trotó hacia la puerta con sus pequeños zuecos; mientras se registraba el bolsillo para buscar su llavín, prorrumpió de pronto en tal carcajada que tuvo que sujetarse la panza con las manos.
—¡La Muerte! —exclamó con una risita—. ¡Es increíble! Supera a todo cuanto había oído decir. ¡Qué tontos y miopes son estos grandes monos comparados con nosotros, los pequeños gnomos! ¡La Muerte! Nunca he oído mayor disparate.


Cuando desperté y miré por la ventana, la tierra estaba blanca de nieve reciente. Por el alto cielo oí el batir de alas y el reclamo de una bandada de ánsares selváticos. ¡Buen viaje, gnomito!
Me senté para desayunar. Una escudilla de puches, leche fresca de vaca y una taza de excelente café. El tío Lars me contó que se había levantado dos veces durante la noche. El perro lapón había gruñido, inquieto, todo el tiempo, cual si viese u oyera algo. Él mismo creía haber visto una forma oscura, que bien pudiera ser la de un lobo que rondaba furtivamente la casa. Una vez le pareció oír un sonido de voces que salía del establo; se tranquilizó al oír que era yo, que hablaba durante el sueño. Las gallinas habían cacareado y estado inquietas, toda la noche.
—¿Ves esto? —dijo tío Lars, indicando en la nieve reciente un rastro que conducía a mi ventana —. Deben de haber sido lo menos tres. He vivido más de treinta años aquí y nunca he visto las huellas de un lobo tan cerca de la casa. ¿Has visto esto? —añadió indicando otra huella grande, como de hombre—. Al principio, cuando la he visto, creía soñar. Como me llamo Lars Anders que ha estado aquí esta noche el oso, y éstas son las huellas de su cachorro. Hace diez años que no he matado ninguno en esta selva. ¿Oyes esa algarabía dentro del gran abeto que está junto al establo? Debe de haber lo menos un par de docenas de ardillas; en mi vida he visto tantas en un solo árbol. ¿Has oído el grito de la lechuza en la selva y el reclamo del colimbo en el lago, toda la noche? ¿Has oído a la chotacabras volar en torno de la casa al amanecer? No puedo explicármelo. Por lo común, toda la selva permanece desde el ocaso silenciosa como una tumba. ¿Por qué han venido aquí esta noche todos esos animales?

Fragmento_La historia de San Michele_Axel Munthe
Pintura_Rosa Vivanco
Portada cuento_la serpiente verde_goethe
Foto_cristina granados_osito solitario
Dibujo_Corto Maltes_Hugo Pratt

2 comentarios:

MartinAngelair dijo...

...

Recibió prestados un diccionario y una gramática y continuó trabajando toda la tarde en casa. Ahora intuyó a través de cuántas montañas de trabajo y saber conduce el camino hacia la verdadera investigación. Estaba dispuesto a abrirse paso y a no dejar nada en el camino. El zapatero quedó de momento olvidado.

Durante unos días esta nueva manera le tuvo completamente absorbido. Todas las tardes iba a casa del párroco, y cada día la verdadera sabiduría le resultaba más bella, más difícil y más digna de esfuerzo. Por la mañana muy temprano iba a pescar, y por la tarde a bañarse a la pradera; si no, apenas salía de casa. La ambición, desaparecía bajo el miedo y el triunfo del examen, había despertado de nuevo y no le dejaba en paz. Al mismo tiempo volvió a renacer aquella extraña sensación en su cabeza que en los últimos meses había sentido tan a menudo; no era dolor, sino un movimiento triunfante y precipitado de pulsos acelerados y fuerzas violentamente excitadas, un imperioso y apresurado deseo de avanzar. Luego, claro, venía el dolor de cabeza; pero mientras duraba aquella sutil fiebre, la lectura y el trabajo adelantaban impetuosamente. Entonces leía con facilidad las frases más difíciles de Jenofonte, que normalmente le costaban muchos minutos; entonces no utilizaba casi el diccionario, sino que volaba con mirada agudizada sobre páginas verdaderamente difíciles con alegría y rapidez. A esta fiebre de trabajo intensificada y a esta sed de saber se unió un orgulloso sentimiento de la propia valía, como si el colegio, los profesores, y los años de aprendizaje hubieran quedado muy atrás, y como si el hiciera ya su propio camino, hacia las aventuras del saber y el conocer.


Esto le asaltó de nuevo y al mismo tiempo el sueño ligero, a menudo interrumpido por visiones extraordinariamente claras.

...

Hesse


Santiago, 25 de junio de '87.




Otro día quedaremos con Wolf.




Un beso muy fuerte X7, (dende Ou).




Y muchas gracias por Axel Munthe, en mi ignoracia esta alma y su obra me eran desconocidas.


...Pero ya no.




B.N.C.X7

Ŧirє dijo...

que poca importancia tiene la muerte para quien se cree inmortal...
que bonito relato...
gracias por compartir cosas tan hermosas...
una brazo