martes, 10 de noviembre de 2009

EL ENCANTO DE LOS COLORES


Estábamos sentados en la orilla del mar Adriático, el Sol se acercaba lentamente a las cumbres de las montañas de las islas de enfrente, el mar estaba silencioso y tranquilo. Había un poeta entre nosotros.
-¡Qué juego de colores más maravilloso! -exclamó, y mostró el mar profundo debajo de nosotros-. Se ve hasta el fondo. Qué raro; mientras más profunda, más azul es el agua.
El Sol tocó el pico más alto de la cordillera que atravesaba la isla, delante de nosotros. El poeta, lleno de admiración ante la belleza que descubría de nuevo aquel día, después de tantos años, no cesaba de asombrarse.

-¿Ven aquel juego de colores? -preguntó de nuevo, pues ninguno de nosotros le contestaba.
El poeta inquieto corrió hacia el agua, la tomó en la mano, estaba límpida. Aunque se hubiera zambullido hasta el fondo, el agua no sería diferente, a pesar de que nos parecía azul como el zafiro en la profundidad.
¿Veíamos todos mal?
Al anochecer nos sentamos en la terraza; hacía mucho tiempo ya que el Sol se había puesto detrás de las montañas, de las islas e islotes repartidos por el mar. El poeta quiso saber por qué le pareció -y a nosotros también- el agua más azul donde es más profunda. Entonces nos enteramos de lo que es el color y el espectro luminoso, y también de por qué el agua, en las grandes profundidades, parece ser azul. Escuchen lo que nos contó un joven técnico:
-Tendré que desilusionarlos -dijo-, no existe ningún color.
Se quedó callado un momento, como si quisiera ver si nos había sorprendido mucho con su noticia.
-¿Qué dice usted? -preguntó el poeta-. Estuvo con nosotros; ¿quiere decir que no vio lo mismo que nosotros?

-No quiero decir eso. Vi como ustedes la puesta del Sol rosada, el cielo azul claro, las rocas grises en las islas, el agua azul a lo lejos. Y sin embargo debo insistir en lo que dije: no existe ningún color. Lo que percibimos como color es sólo una impresión del ojo, causada por la excitación de la retina por la luz. Todos los colores no son más que impresiones de nuestro ojo y no existen en realidad.
-Pero ¿cómo es que vemos el rojo, el verde, el azul o el negro? -preguntó el poeta, que seguía sin entender.
-Lo mejor sería que les hiciera un experimento. Pero para eso necesitaría, por ejemplo, la luz del día y un prisma triangular de vidrio. Pero desgraciadamente no tengo ninguna de las dos cosas en este momento. Pero podemos imaginárnoslo fácilmente.
El poeta fijó los ojos con curiosidad en el joven. Éste siguió hablando:
-Imagínense un pedazo de cristal, pulido en forma de prisma triangular. Nuestro experimento se debe realizar en un lugar oscuro, en el cual dejamos entrar un rayo de luz del Sol hasta un papel blanco, de modo que antes atraviese un prisma. ¿Qué creen ustedes que aparece en el papel?
-¿Qué va a aparecer?, la luz del Sol -dijo el poeta sin reflexionar mucho.
-¿La misma que se ve afuera? -preguntó el técnico.
-Claro que sí -contestó el poeta.
-Es lo que usted cree. En el papel blanco aparece de veras la luz del Sol, pero descompuesta: es lo que se llama espectro solar, algo como un abanico de colores. Allí se encuentran todos los colores del arco iris: violeta, añil, azul, verdiazul, verde, amarillo, anaranjado, rojo. Pasan los colores gradualmente uno a otro. ¿Qué ocurre exactamente? ¿Por qué vemos estos rayos de colores con el prisma de cristal y por qué no los vemos sin este pedacito de cristal corriente? La respuesta es sencilla. Los rayos luminosos no atraviesan directamente el prisma, sino que sus trayectorias se desvían, como si algo los apartase de su camino inicial. El violeta se desvía más, el rojo menos. El prisma descompone simplemente el rayo de luz, constituido por rayos de varios colores. Imagínense esto, más o menos: el rayo del Sol es un haz de flechas que se diferencian no sólo por el color sino también por la longitud y la estabilidad de la trayectoria. Las menos estables se retractan más que las demás, en cuanto se topan con un obstáculo. Esto depende de las propiedades del objeto que se encuentra en el camino del rayo del Sol. Algunos objetos son de tal naturaleza que todos los rayos, o casi, se reflejan en ellos. Por otra parte, hay objetos que absorben todos los rayos. ¿Cómo reacciona nuestro ojo a la interacción de los rayos con el obstáculo que se interpone en su camino? De diferentes maneras: si los rayos topan con un objeto que los absorbe a todos, el objeto nos parece negro. Si todos los rayos se reflejan en el objeto, lo vemos blanco.
-¿Y qué pasa cuando el obstáculo con el cual topan los rayos, absorbe una parte de ellos y refleja otra parte? ¿Cómo se nos presenta tal objeto? -preguntó uno de nosotros.
-Depende de qué rayos absorba el objeto, de cuáles deje pasar y de cuáles refleje. Si por ejemplo absorbe los rayos rojos del haz de rayos luminosos, tenemos la impresión de que el objeto es verdiazul. Si absorbe los amarillos, lo vemos azul; si absorbe los azules y los verdes, el objeto nos parece ser rojo. En resumen: el color del objeto con el cual topa la luz del Sol depende del color de los rayos que interactúan con la composición química del objeto. El carbón es negro porque absorbe todos los rayos luminosos, el papel es blanco porque no absorbe ninguno, este vidrio es verde porque absorbe todos los rayos menos los verdes. Naturalmente, la absorción de los rayos no se efectúa de una vez por todas: es más considerable en capas gruesas del objeto iluminado que en capas delgadas, y aquí tienen la respuesta a la pregunta que me hicieron: por qué el agua nos parece límpida en una pequeña profundidad y azul en las grandes profundidades. Simplemente porque mientras más profunda es el agua, más absorbe los rayos.
-¿Entonces la luz del Sol se compone de sólo siete colores, como el arco iris?
-De ninguna manera. Es que el ojo humano no los puede percibir todos. En la luz del Sol hay otros rayos, invisibles al ojo humano; los llamamos ultravioletas e infrarrojos. Son mucho más numerosos que los que podemos ver.

El asistente técnico calló. Asomó la Luna sobre las rocas y su luz amarillenta se derramó sobre la superficie del mar debajo de nosotros. El poeta nos dio las buenas noches y se acercó a la orilla del mar, donde las olas doradas por la Luna se estrellaban con furia contra las rocas grises y silenciosas. Fue a consolarse con el encanto de los colores de una noche de Luna en la orilla del mar. No le importaba nada saber que los colores eran sólo impresiones que reciben los ojos. Le daba gusto saber que el hombre tiene la facultad milagrosa de percibir el encanto de colores que no existen de veras.

El poeta y el mar publicado en_El Mundo Sintético Vladimír Henzl_http://www.librosmaravillosos.com/elmundosintetico/index.html
Pinturas_Rosa Vivanco

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