lunes, 2 de noviembre de 2009

a la caridad que lo abraxa todo...


Al decir de la filósofa española María Zambrano(1904-1991), Premio Cervantes 1998, en su obra Filosofía y Poesía, el pensamiento y la poesía tienen una misma raíz: la admiración, el pasmo ante la realidad inmediata de lo que nos rodea. Pero el filósofo se arranca enseguida y mediante una violenta ascesis a ese éxtasis maravillado que le producen las cosas, para perseguir lo permanente y Unico, lo idéntico, la Idea. El poeta en cambio, permanece apegado a la heterogénea multiplicidad de las cosas, aspirando también a la unidad, pero no a un absoluto en que las diversidades hayan desaparecido, sino a un todo construido por “cada una de las cosas, sin abstracción ni renuncia alguna”.
El esfuerzo del filósofo es recompensado por el logro de un conocimiento firme, compacto, verdadero, seguro, “que en nada se apoya y todo viene a apoyarse en él. La aspereza del camino y la renuncia ascética ha sido largamente recompensada”.
El poeta por su parte, que persigue cada una de las cosas a través del cambio y del tiempo, sin poder renunciar a ninguna de las apariencias, alcanza sin embargo también la unidad, el trasmundo, pero de una manera diferente a la del pensador:

“De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra. Toda palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también, una liberación de quien la dice. Quien habla aunque sea de las apariencias, no es del todo esclavo; quien habla, aunque sea de la más abigarrada multiplicidad, ya ha alcanzado alguna suerte de unidad, pues que embebido en el puro pasmo, prendido a lo que cambia y fluye, no acertaría a decir nada, aunque este decir sea un cantar”.

El poeta pues, al decir de María Zambrano se salva por la palabra, gracias a ella alcanza también la unidad, una unidad realizada y encarnada, lograda sin ejercer violencia alguna sobre las apariencias. Pero esta unidad, esta verdad alcanzada sin renuncia ni ascetismo por la poesía, es diferente de la unidad que logra el pensamiento. Las verdades últimas, nos dice Zambrano, son quizás, más que halladas, resultado de una donación, son un regalo, un don, de lo que los griegos llamaron primero carites y luego, con el cristianismo se llamó gracia.
Por otra parte, la unidad lograda por el poeta no es, como la del pensador, absoluta, sin mezcla alguna de multiplicidad, sino una frágil unidad, que más que significar la fusión de todas las cosas, entendemos nosotros, implica la adición de todas ellas, que no pierden su particularidad al sumarse al todo: “De ahí ese temblor que queda tras de todo buen poema y esa perspectiva ilimitada, estela que deja toda poesía tras de sí y que nos lleva tras ella; ese espacio abierto que rodea toda poesía”.
Esta verdad que el poeta alcanza es pues gratuita en comparación con el absoluto que alcanza la filosofía, y que es la culminación de un duro esfuerzo personal. Y mientras que la unidad a la que aspira el filósofo es la de la verdad excluyente de todo error y engaño, de toda apariencia, la unidad que nos ofrece la poesía, más humilde y misericordiosa, no excluye nada, abarca lo que es y lo que no es en “admirable justicia caritativa, pues todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro”.
El poeta pues quiere salvar las apariencias, desdeñadas por el filósofo, y se aferra a ellas para cantarlas con más desesperación y delirio aún, porque son perecederas. Mientras que el filósofo por su esfuerzo personal aspira a la única y segura verdad, el poeta no puede, ni quiere, desprenderse de las ilusorias apariencias, de sus fantasmas, a los cuales mantiene en la realidad a través de la palabra. Sin embargo, aún en ese mundo ilusorio y aparente, el poeta llega a captar el ser, la verdad, pero un ser y una verdad, que como hemos dicho, le han sido dadas, graciosamente otorgados. El poeta está lleno de ese don, poseído por él, y no puede menos que entregar su palabra, esta palabra suya a través de la cual la totalidad de las apariencias se salva.
En este enfrentamiento originario entre filosofía y poesía, enfrentamiento primero que ya el pensamiento griego protagonizó, las cuentas parecieron saldarse en favor de la filosofía, del pensamiento, quedando la gracia poética limitada y confinada por la “fría claridad del logos filosófico”, imperial: ¿imperialista? Pero, dice María Zambrano, decidiendo aparentemente la disputa en favor de la poesía, ésta, “nació para ser la sal de la tierra y grandes regiones de la tierra no la reciben todavía. La verdad quieta, hermética, todavía no la recibe... En el principio era el logos. Si pero... el logos se hizo carne y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad”.
La poesía sin método ni ética, es sin embargo duramente condenada por la filosofía. Por la filosofía platónica primero, que la condena en nombre de la verdad y de la justicia. La poesía es falacia, mentira. Se opone al ser, a la verdad, porque acoge lo que no es. Es creadora de mitos engañosos y por ello se opone a la razón, que sólo se atiene a lo que es, al ser que le es revelado. La poesía, para Platón, es el logos traicionándose a sí mismo, es palabra irracional que se niega a la reminiscencia del origen y se revuelca en la embriaguez presente sin esperar nada: el poeta “traiciona a la razón usando su vehículo, la palabra, para dejar que por ella hablen las sombras...” La poesía es lo único que se opone a la esperanza de la razón, esperanza de alcanzar, a través del esfuerzo y la ascesis, el origen, lo único, lo absoluto que justifica y vale todos los esfuerzos, el ser. Al poeta lo poseen los dioses de este mundo. Mientras que el filósofo recuerda (Ideas), el poeta olvida (su origen) y se aferra a la belleza presente. No renuncia a los fantasmas aunque sean apariencias, y más aún, a éstas, las quiere por lo que son y se aferra a ellas mientras perduran. El filósofo en cambio renuncia a todo (apariencias) y se queda con la verdad, el ser (Ideas), origen, reminiscencia, fin.

“El filósofo concibe la vida como un continuo alerta, como un continuo vigilar y cuidarse, El filósofo (...) desecha de sí todo canto halagador que pudiera adormirle, toda seducción, para mantenerse lúcido y despierto. El filósofo vive en su conciencia, y la conciencia no es sino cuidado y preocupación (...) Porque tiene un comienzo de algo imperecedero y que sin embargo, depende para su logro de que él lo logre. Porque el filósofo siente que se le ha dado, junto con la vida una reminiscencia. Reminiscencia de su origen, que le llevará a su fin si pone cuidado en concertar su vida a ella”.

Sin embargo, María Zambrano, se empeña en salvar a la poesía de todas las acusaciones que sobre ella hacen caer los filósofos. En este afán que caracterizará todo su pensamiento, de lograr la armonía de los contrarios, casi siempre aparentes, o de alcanzar el sutil equilibrio que resulta en un ser más verdadero, al combinar el justo medio de dos extremos: la razón poética, ella considera que la posición del poeta puede defenderse. El poeta se reivindica porque es fiel a lo que ya tiene, a la gracia recibida de la que él es el vehículo, el consintiente instrumento: “el poeta es fiel a lo que ya tiene (...) ... cargado, con una carga, es cierto, que no comprende. (...) Y su gloria está en no saberlo, porque, con ello, se revela que es muy superior a un entendimiento humano la palabra que de su boca sale... (...)... es más que humano lo que en su cuerpo habita.”
El poeta es “morada, nido, de algo que le posee y le arrastra”. Mientras que el filósofo quiere enseñorearse de la palabra, el poeta se inclina ante ella y acepta ser su esclavo, consumirse en ella: “Hágase en mí.”
La ética, que parecía privativa del filósofo, María Zambrano la reivindica también para el poeta. Aún cuando no sabe lo que dice, el poeta también es lúcido, tiene una forma de conciencia que le es propia, cada vez más despierta y atenta. Y esta lucidez hace más heroico y valioso el vivir del poeta y su entrega a las fuerzas que lo poseen. Y allí justamente reside la ética del poeta, que no es otra que el martirio: “Todo poeta es mártir de la poesía; le entrega su vida, toda su vida, sin reservarse ningún ser para sí, y asiste cada vez con mayor lucidez a esta entrega”.
Ella se inclina a defender a la poesía frente a la soberbia del filósofo. Además, el poeta es fiel y generoso. Habiendo recibido la palabra poética como un don, así mismo, generosamente, caritativamente se lo da a los demás, sin que se lo pidan ni lo busquen. Aquí no cabe justicia distributiva ninguna. Ni método organizado, ni áspera búsqueda. Eso queda para la filosofía. “...la poesía no se entrega como premio a los que metódicamente la buscan, sino que acude a entregarse aún a los que no la desearon; se da a todos y es diferente para cada uno (...) Porque este don de la poesía no es de nadie y es de todos. Nadie le ha merecido y todos, alguna vez, lo encuentran.”
Algún lugar debe haber entonces, que sea acogedor para el poeta, alguna justificación ha de tener la poesía, más allá de la justicia, puesto que ella, como don, viene de más allá de la justicia, “de más allá de lo que remunera a cada uno, con lo que le pertenece.” Hay efectivamente un ámbito, nos dice María Zambrano, en el cual la poesía se salva, un ámbito en el cual, la caridad de la que ella hace constantemente gala, resbala también sobre ella en prodigiosa donación.
Y esto se encuentra ya en la misma elaboración platónica un poco “a pesar” de Platón, podríamos decir, pues éste, aunque se decidió ardientemente por la filosofía, nunca pudo dejar de ser poeta. La clave de la violencia con la que Platón condena a la poesía y tiende hacia la filosofía, se encuentra según Zambrano, en el designio religioso del que va cargada su obra: “Lo que se persigue es recobrar la humana naturaleza, rescatar el alma. Lo que Platón hace, en realidad, es teología y mística; teología en cuanto que piensa o intenta pensar en la razón, lo divino. Mística, en cuanto que nos ofrece el camino para convertirnos en ello(..) Si Platón no hubiera ido cargado con un gigantesco designio religioso no habría condenado jamás a la poesía”.
Por eso descubre la autora, tras la condena moral y política de la poesía en La República, otra condena soterrada, pero no menos evidente, de tipo teológico y místico, en nombre de la salvación del alma: “... Mas, en esta condena sin resquicio, está como fondo el designio místico. La repulsa es mayor todavía, más profunda, más irreconciliable, como teólogo que quiere salvar las apariencias (...) Y el alma de la que el poeta solamente pinta la agitación pasional”.
Sin embargo, es en ese mismo terreno de la religión y la mística, de la teología y la mística en el que se incubó la condena a la poesía con tanta fuerza, que va a darse de nuevo, paradójicamente, el regreso de la poesía al lugar del que ha sido brutalmente expulsada. La clave de este regreso de la poesía, de ésta su reconciliación con el pensamiento, con la filosofía, se encuentra a través del amor y de la belleza, en dos diálogos: el Fedro y El Banquete.
“En el amor está la cuestión verdadera”. En el amor por el cual la carne (la poesía) se redime, pues en el amor se reúne lo que en la carne está separado, y se logra elevar lo corporal a la altura de la razón. Por el amor (belleza y creación), la filosofía logrará la salvación de la carne y de la poesía a la par…
“A la carne va a salvarla también el filósofo, encontrando lo que parecía imposible, su unidad, en el amor. La poesía, apegada a ella, viviendo dispersamente, (...) no podía encontrarla [la salvación]. Porque la poesía es pura contradicción ; el amor en la poesía anhela la unidad y se revuelve contra ella, vive en la dispersión y se aflige. (...) La poesía es la conciencia más fiel de las contradicciones humanas (...) El poeta vive según la carne y más aún dentro de ella. Pero, la penetra poco a poco; va entrando en su interior, y va haciéndose dueño de sus secretos y al hacerla transparente, la espiritualiza. La conquista para el hombre, porque la ensimisma, la hace dejar de ser extraña.”

La poesía entonces, que es carne y lidia con la carne, va a entrar de nuevo en la morada de salvación (la del Logos y el Ser) de la que fue expulsada por la filosofía, gracias al amor, a la caridad que lo abraza todo, lo propio y ajeno, en un abrazo místico: “Caridad, amor a la carne propia y a la ajena. Caridad que no puede resolverse a romper los lazos que unen al hombre con todo lo vivo, compañero de su origen y creación.”
Pero cómo es posible este regreso, cómo ha podido en Platón, que lo rompió inicialmente, cerrarse este circulo? ¿Cómo las dos mitades de la palabra: filosofía y poesía, han podido volver a fusionarse? Ya lo hemos dicho, siguiendo a Zambrano: por el amor. Y es que Platón, que en su juventud había frecuentado los Misterios y el orfismo, tenía necesariamente que salvar el amor en su filosofía, y con el amor, la belleza visible y las apariencias, en suma, aquello para lo que vive y por lo que muere el poeta.

María Zambrano: Filosofía y Poesía

Dra. Gloria M. Comesaña-Santalices_Doctorado En Ciencias Humanas, Universidad del Zulia_Maracaibo, Venezuela

4 comentarios:

galicia maravillas dijo...

muchas gracias por tu visita!! un biquiño :)) me encantó ágora :))

MartinAngelair dijo...

Sigo pensando que tu casa es una de las más bonitas que, por suerte, conozco,...



...y muchas gracias 'nombre feo' (-aqui va ese símbolo de sonrisa-; aqui te dejo mi sonrisa-)





Un beso para ti y tu casa.



B.N.C.X7

7 dijo...

Que evocadoras
´palabras´,
galicia maravillas
Galicia,
maravilla...
en mi lembranza
e na miña memoria

¡hoy tengo un día morriñoso y al leer galicia me acuerdo mucho de la gente que quiero y que tengo lejos en Coruña!


Saudade...


MartinAngelair


gracias!


porqué sencillamente


Fantastica!!!


consigues


despertar una


sonrisa,


¡que nunca estan de más!...


Abraxos para todo el mundo

angela dijo...

sonrisas, y alegria para ti
desde estas tierras,
que por ser lejanas ,
estan mas cercanas.
abraxo