martes, 10 de noviembre de 2009

una mujer,de porte magestuoso, blanca y azul


Ojeda, con su lírico entusiasmo, reconstruía los pensamientos de la
muchedumbre cosmopolita que iba hacia el Sur tendiendo las manos tras el
aleteo de la diosa sin cabeza.

Este nombre circulaba como una música por el mundo viejo, despertando
las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos cansados de
tenerla sentían un instantáneo rejuvenecimiento al pensar en aquel país
de maravillas, donde se realizaban asombrosas transmutaciones. El
holgazán sentíase activo; el apático se agitaba con entusiasmos
optimistas; el oprimido por la estrechez del ambiente natal rompía su
quiste de rutinas con súbito enardecimiento. Muchos iban allá llamados y
aconsejados por otros compatriotas que les habían precedido... Pero ¿y
los que marchaban a la ventura, faltos de amistades, sin conocer el
idioma, sabiendo únicamente repetir con enfermiza tenacidad: «Buenos
Aires... Buenos Aires...»? ¿Quién les había enseñado el nombre? ¿Qué
encanto el de estas sílabas, que hacían avanzar a las lejanas
muchedumbres, confiándose al gesto bueno o malo del destino?...

Admiraba Ojeda el fuerte tirón con que este conjuro de esperanza había
arrancado a los grupos humanos enraizados por la historia en lugares
distintos del planeta. «¡Buenos Aires!», murmuraba el viento de las
noches invernales al colarse por el cañón de la chimenea en el hogar
campestre, donde la familia española o italiana maldecía el embargo de
sus campichuelos y la escasez del pan; «¡Buenos Aires!», mugía el
vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de
la isba rusa; «¡Buenos Aires!» escribía el sol con arabescos de luz en
los calizos muros de la callejuela oriental, para el árabe en medrosa
servidumbre; «¡Buenos Aires!», crujían las alas de oro de la ilusión al
volar de reverbero en reverbero por los desiertos bulevares de una
metrópoli dormida, ante los pasos del señorito arruinado y el bachiller
sin hogar que piensan en matarse a la mañana siguiente.

Y todos, sin distinción de razas y clases, fuertes y humildes,
ignorantes e inteligentes, al eco de este nombre veían alzarse en el
paisaje de su fantasía, bañada por el resplandor de la esperanza, una
mujer de porte majestuoso, blanca y azul como las vírgenes de Murillo,
con el purpúreo gorro símbolo de libertad sobre la suelta cabellera;
una matrona que sonreía, abriendo los brazos fuertes, dejando caer de
sus labios palabras amorosas:

--Venid a mí los que tenéis hambre de pan y sed de tranquilidad; venid a
mí los que llegasteis tarde a un mundo viejo y repleto. Mi hogar es
grande y no lo construyó el egoísmo; mi casa está abierta a todas las
razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.

Maltrana interrumpió la lírica evocación de su amigo con irónico
entusiasmo:

--¡Muy bien dicho, poeta! ¡Muy hermoso! Que la matrona azul y blanca no
nos haga concebir falsas ilusiones... que de cerca nos parezca tan
hermosa como de lejos... Que así sea. Amén.

(fragmento)_Los argonautas_Vicente Blasco Ibáñez
viñeta del comic_el prolongado sueño del sr. T_Max
fotograma película_Los mundos de Caroline

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