sábado, 26 de diciembre de 2009

con la sola excepcion de un niño


La contemplación del fuego me había reconfortado; había consolidado y ratificado
inclinaciones que siempre había sentido, pero que nunca había cultivado. Poco a poco fui viendo claro, al menos parcialmente; ya desde niño me había gustado contemplar las formas extrañas de la naturaleza, no observándolas simplemente sino entregándome a su propia magia, a su profundo y barroco lenguaje. Las raíces largas y fosilizadas de los árboles, las vetas coloreadas de la piedra, las manchas de aceite flotando sobre el agua, las grietas en el cristal: todas estas cosas habían ejercido antaño una gran fascinación sobre mí, sobre todo el agua y el fuego, el humo, las nubes, el polvo y, especialmente, las manchas de colores que veía girar al cerrar los ojos. En los días posteriores a mi visita a Pistorius, empecé a acordarme de esto. Porque noté que una cierta fuerza y alegría, y la intensificación de la conciencia de mí mismo que sentía desde aquel día, se debían simplemente a la larga contemplación del fuego. ¡Qué sedante y reconfortante era!

Entre las pocas experiencias que he realizado en el camino hacia mi verdadera meta
vital se cuenta la contemplación de esas imágenes. La entrega a las formas irracionales,barrocas y extravagantes de la naturaleza produce en nosotros un sentimiento de concordancia entre nuestro interior y la voluntad que las ha producido. Nos sentimos tentados a creerlas caprichos nuestros, creaciones propias; vemos vacilar y disolverse la frontera entre nosotros y la naturaleza, y adquirimos conciencia de un estado de ánimo en el que no sabemos si las imágenes en nuestra retina provienen de impresiones exteriores o interiores. En ningún otro momento descubrimos con tanta facilidad la medida en que somos creadores, en que nuestra alma participa constantemente en la recreación de la vida. Una misma divinidad indivisible actúa en nosotros y en la naturaleza; y si el mundo exterior desapareciera, cualquiera de nosotros seria capaz de reconstruirlo, porque los montes y los ríos, los árboles y las hojas, las raíces y las flores,todo lo creado en la naturaleza, está ya prefigurado en nosotros: proviene del alma,cuya esencia es eterna, y escapa a nuestro conocimiento, pero que se nos hace patente como fuerza amorosa y creadora.
Algunos años después encontré confirmada esta observación en un libro de Leonardo
de Vinci, en el que se comentaba lo sugestivo e interesante que era contemplar un muro en el que había escupido mucha gente. Delante de aquellas manchas sobre el muro
húmedo, Leonardo había sentido lo mismo que Pistorius y yo delante del fuego.
En nuestro siguiente encuentro, el organista me dio una explicación.

-Acostumbramos a trazar límites demasiado estrechos a nuestra personalidad.
Consideramos que solamente pertenece a nuestra persona lo que reconocemos como
individual y diferenciador. Pero cada uno de nosotros está constituido por la totalidad del mundo; y así como llevamos en nuestro cuerpo la trayectoria de la evolución hasta el pez y aun más allá, así llevamos en el alma todo lo que desde un principio ha vivido en las almas humanas. Todos los dioses y demonios que han existido, ya sea entre los griegos, chinos o cafres, existen en nosotros como posibilidades, deseos y soluciones. Si el género humano se extinguiera con la sola excepción de un niño medianamente inteligente, sin ninguna educación, este niño volvería a descubrir el curso de todas las cosas y sabría producir de nuevo dioses, demonios, y paraísos, prohibiciones, mandamientos y Viejos y Nuevos Testamentos.
-Bien -objeté yo-, ¿dónde queda entonces el valor del individuo? ¿Para qué nos
esforzamos si ya llevamos todo acabado en nosotros mismos?
¡Alto! -exclamó violentamente Pistorius-. Hay una gran diferencia entre llevar el
mundo en sí mismo y saberlo. Un loco puede tener ideas que recuerden a Platón, y un
pequeño y devoto colegial del Instituto de Herrnhut puede recrear las profundas
conexiones mitológicas que aparecen en los gnósticos o en Zoroastro. ¡Pero él no lo
sabe! Mientras no lo sepa es como un árbol o una piedra; en el mejor de los casos, como un animal. En el momento en que tenga la primera chispa de conciencia, se convertirá en un hombre. ¿No irá usted a creer que todos esos bípedos que andan por la calle son hombres sólo porque anden derechos y lleven a sus crías nueve meses dentro de sí? Muchos de ellos son peces u ovejas, gusanos o ángeles; otros son hormigas, y otros abejas. En cada uno existen las posibilidades de ser hombre; pero sólo cuando las vislumbra, cuando aprende a hacerlas conscientes, por lo menos en parte, estas posibilidades le pertenecen.

De este género solían ser nuestras conversaciones. Raras veces me proporcionaban
algo totalmente nuevo, algo sorprendente. Todas, sin embargo, hasta la más banal,
daban suave pero insistentemente, en el mismo punto; todas me ayudaban a formarme,
todas me ayudaban a quitarme una piel, romper el cascarón; y de cada conversación
sacaba la cabeza más alta, más libre, hasta que mi pájaro amarillo sacó su hermosa
cabeza de ave de rapiña del destruido cascarón del mundo.

A menudo nos contábamos nuestros sueños, a los que Pistorius sabía dar una interpretación. Ahora recuerdo un caso curioso. Tuve una vez un sueño en el que volaba; pero de manera tal que me sentía lanzado por los aires con un gran impulso, que no controlaba. La sensación de aquel vuelo era grandiosa, pero pronto se convertía en angustia al verme arrebatado hacia alturas peligrosas sin poder evitarlo. Entonces descubrí que podía regular mis subidas y bajadas conteniendo o soltando el aire de los pulmones.
A esto Pistorius dijo:
-El impulso que le hace a usted volar es nuestro patrimonio humano, que todos
poseemos. Es el sentimiento de unión con las raíces de toda fuerza. Pero pronto nos
asalta el miedo. ¡Es tan peligroso! Por eso la mayoría renuncia gustosamente a volar y prefiere caminar de la mano de los preceptos legales o por la acera. Usted no. Usted sigue volando, como debe ser. Y entonces descubre lo maravilloso; descubre que
lentamente se hace dueño de la situación, que a la gran fuerza general que le arrastra corresponde una pequeña fuerza propia, un órgano, un timón. ¡Esto es estupendo! Sin él, uno se perdería sin voluntad por los aires, como hacen por ejemplo los locos. Los locos tienen unas intuiciones más profundas que la gente de la acera, pero no tienen la clave ni el timón y se despeñan en el abismo. Usted, sin embargo, Sinclair, logra bandearse. ¿Y cómo? ¿No lo sabe acaso? Lo hace con un nuevo órgano, con un regulador de la respiración. Y ahora puede usted ver lo poco «personal» que es su alma en el fondo. ¿Por qué no se inventa ese regulador? ¡No es nuevo! Es algo prestado, existe desde hace siglos. Es el órgano del equilibrio en los peces, la vesícula natatoria.
En efecto, existen todavía hoy unas pocas especies raras de peces que usan como
pulmón la vesícula natatoria, que en ciertas ocasiones les sirve de verdad para respirar.
¡Justo, pues, el pulmón que usted utilizaba en su sueño!
Pistorius incluso me trajo un tomo de zoología y me enseñó el nombre y dibujos de
aquellos peces tan primitivos. Con un curioso escalofrío, sentí viva en mí una función de primarias épocas evolutivas.

Hermann Hesse_Demian
Viñeta comic_Noches eternas_Neil Gaiman
fotograma Película_Inteligencia Artificial

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