sábado, 26 de diciembre de 2009

y al volverse vio un caracol...


-Me voy al mercado vecino para comprarme una chaqueta, un gorro y un par de zapatos. Cuando vuelva a casa -agregó sonriendo-, estaré tan elegante, que no me cambiaré por un gran señor.
Y en cuanto salió de casa, comenzó a correr alegre y contento. A poco oyó que pronunciaban su nombre, que salía de entre un matorral.
-¿No te acuerdas de mi?
-Por un lado me parece que sí, y por otro que no.
-¿No te acuerdas de aquel caracol que estaba al servicio del Hada de cabellos azules? ¿No te acuerdas de aquella noche que bajé a abrirte la puerta y estabas con un pie sujeto entre las tablas?
-Me acuerdo de todo -interrumpió Pinocho-; pero contéstame en seguida, mi buen caracol. ¿Dónde has dejado a mi buena Hada? ¿Qué hace? ¿Me ha perdonado? ¿Se acuerda de mi? ¿Sigue queriéndome lo mismo? ¿Está muy lejos de aquí? ¿Dónde podría encontrarla?
A todas estas preguntas, hechas precipitadamente y sin tomar aliento, contestó el caracol con su acostumbrada calma:
-Pinocho mió, la pobre Hada esta en el hospital.
-¿En el hospital?
-Desgraciadamente. Perseguida por las calamidades y gravemente enferma, hoy no tiene ni para comprar un triste pedazo de pan.
Pero, ¿es de veras? ¡Oh, qué pena tan grande! ¡Pobre Hada mía! ¡Si tuviera un millón, correría para entregárselo, pero no tengo más que cuarenta perros chicos! ¡Míralos! Era lo justo para comprarme un traje nuevo. ¡Tómalos, caracol, y corre a llevárselos a mi buen Hada!
-¿Y tu traje nuevo?
-¿Qué importa del traje nuevo? ¡Vendería hasta los harapos que llevo encima para poder ayudarla! ¡Anda, caracol, despacha pronto! Vuelve por aquí dentro de dos días, y espero que podré darte alguna otra perrilla. Hasta ahora he trabajado para mantener a mi padre; desde hoy en adelante, trabajaré cinco horas más para mantener también a mi buena mamá. ¡Vete ya, caracol, y hasta dentro de dos días!
Contra su costumbre, echó a correr el caracol como una lagartija durante los calores del verano.
Cuando Pinocho volvió a la cabaña, le preguntó su papá:
-¿Y el vestido nuevo?
-No he podido encontrar uno que me sentara bien. ¡Paciencia! ¡Otra vez lo compraré!
En vez de velar aquella noche hasta las diez, Pinocho estuvo trabajando hasta después de media noche, y en vez de ocho canastos hizo dieciséis.
Después se acostó, y se quedo dormido. Y mientras dormía, le pareció que veía en sueños a su Hada, bella y risueña, que le decía, después de haberle besado cariñosamente.
-¡Muy bien, Pinocho! ¡Por el buen corazón que has demostrado tener, te perdono todas las travesuras que has hecho hasta hoy! Los muchachos que atienden amorosamente a sus padres en la miseria y en la enfermedad, merecen siempre ser queridos, aunque no se los pueda citar como modelos de obediencia ni de buena conducta. Ten juicio en adelante, y serás feliz.
En este momento terminó el sueño y despertó Pinocho.
Ahora imaginaos vosotros cual sería su estupor cuando, al despertar, advirtió que ya no era un muñeco de madera, sino que se había convertido en un chico como todos los demás.
Miró en torno suyo, y en vez de las paredes de paja de la cabaña, vio una linda habitación amueblada con elegante sencillez. Salió de la cama y se encontró con un lindo traje nuevo, una gorra nueva y un par de preciosos zapatos de charol.
Apenas se hubo vestido, sintió el natural deseo de registrar los bolsillos; y al meter la mano, encontró un portamonedas de marfil que tenía escritas las siguientes palabras: «El Hada de los cabellos azules devuelve a su querido Pinocho los cuarenta perros chicos, y le agradece mucho su buena acción». Cuando abrió el portamonedas, en vez de cuarenta monedas de cobre encontró otras cuarenta relucientes monedas de oro.
Luego, fue a mirarse al espejo, y le pareció ser otro. No vio ya reflejada en él la acostumbrada imagen del muñeco de madera, sino la imagen viva e inteligente de un lindo muchacho con los cabellos castaños, los ojos celestes y con un aire alegre y festivo como la pascua florida.
En medio de tan maravillosos sucesos, ya no sabía Pinocho si todo era realidad o estaba soñando con los ojos abiertos.
¿Dónde está mi papa? -gritó poco después; y entrando en una habitación contigua, encontró al viejo Goro sano, listo y con su antiguo buen humor, que habiendo vuelto a su oficio de tallista, estaba dibujando una preciosa cornisa adornada de hojas, de flores y de cabezas de diversos animales.
-¡Papá mío! Dime, por favor, ¿qué quiere decir todo esto?
¿Cómo se explican estos cambios tan imprevistos? -le preguntó Pinocho, saltando a su cuello y cubriéndole el rostro de besos.
-Todos estos cambios imprevistos son debidos a tus méritos.
-¿Por qué a mis méritos?
-Porque cuando los muchachos se convierten de malos a buenos, tienen la virtud de dar otro aspecto nuevo y mejor a su familia y a todo lo que los rodea.
-¿Donde se habrá escondido el viejo Pinocho de madera?
-Helo ahí -contestó Goro, y le indicó un gran muñeco apoyado en una silla, con la cabeza inclinada a un lado, los brazos colgando y las piernas cruzadas y dobladas por la mitad, de tal forma que parecía un milagro que se pudiese sostener derecho.
Pinocho volviose a contemplarlo y, cuando lo hubo observado un poco, dijo para sí con grandísima complacencia:
-¡Qué cómico resultaba yo cuando era un muñeco! ¡Y qué contento estoy ahora de haberme transformado en un chico como es debido!


Callodi, Carlo - Las aventuras de Pinocho

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