lunes, 22 de febrero de 2010

es la flor azul cuya contemplación hace desaparecer la pesadez del alma...


Lulú se puso a llorar, sin saber por qué.
La habitación estaba en completo silencio. Este silencio duró un buen rato.
-¿Por qué ha llorado usted, Lulú? -le preguntó Drehdichum.
-¡Ay! ¿He llorado? -Inquirió tímidamente-. Trataba de recordar una canción de mi infancia; pero sólo me acuerdo a medias.
Se abrió violentamente la puerta, y entró precipitadamente en la estancia la señora Mueller.
-¿Cómo? ¿Todavía estás con ese par de vasos? -chilló.
Lulú lloró de nuevo; la posadera empezó a gruñir y a regañar ninguna de las dos se dio cuenta de cómo el filósofo formaba, soplando, un gran anillo en el humo de su pipa, ni cómo se sentaba en él, y, aprovechando una ligera brisa, echaba a volar fuera de la habitación desapareciendo a través del marco de la ventana.
Los miembros del petit cénacle se hallaban reunidos en un bosque. También se hallaba entre ellos el licenciado Oscar Ripplein. Las conversaciones más fantásticas de la juventud y de la amistad tenían lugar entre los camaradas tendidos sobre la hierba Su cháchara tan pronto se interrumpía por las carcajadas como por la meditación. Sobre todo se charlaba acerca de los planes y las intenciones del poeta, ya que éste quería emprender en los próximos días un largo viaje y no sabía cuándo ni dónde volverían a encontrarse.
-Quiero ir al extranjero -decía Hermann Lauscher- Quiero separarme de todo y volver a respirar aire fresco a mi alrededor. Tal vez regrese algún día; estoy cansado de esta vida estrecha y juvenil y estoy harto ya del ambiente estudiantil. Me parece como si todo oliera a tabaco y a cerveza; además, en estos últimos años he asimilado más ciencia que la que precisa un artista.
-¿Qué quieres decir? -le interrumpió Oscar-. Según mi opinión ya tenemos demasiados artistas sin formación cultural, sobre todo en lo que atañe a poetas.
-Tal vez -repuso Lauscher-. Pero formación cultural y ciencia son cosas distintas. Lo peligroso, a lo que yo me refería, es este maldito estado de conciencia con que estudiamos. Todo ha de pasar por la cabeza; queremos comprenderlo y medirlo todo. Probamos, nos medimos a nosotros mismos, buscamos los límites de nuestras aptitudes, nos hacemos experimentos y, finalmente, hemos de reconocer, demasiado tarde, que hemos dejado prendida la mejor parte de nosotros y de nuestro arte en las manifestaciones inconscientes y ridículas de nuestra primera juventud. Entonces extendemos nuestros brazos en dirección a la desaparecida isla de la inocencia; pero tampoco lo hacemos ya con el movimiento espontáneo de un gran dolor, sino conscientemente, con cierta pose e intención.
-tEn qué estás pensando? -preguntó sonriendo Carlos Hamelt.
-Ya lo sabes -exclamó Hermann-. Sí, lo reconozco: el libro que acabo de publicar me asusta. Debo beber nuevamente en la fuente originaria, he de nutrirme en la ciencia de la abundancia. No me atrae tanto componer algo nuevo como vivir realmente y sin interrupción alguna bella poesía. Quisiera tomar a los tiempos de mi infancia cuando me tendía junto a la ribera de un riachuelo; cuando corría detrás de las muchachas vivía alegremente, sin preocupaciones, esperando que los versos acudieran a mí en vez de perseguirlos asustado y sin respiración.
-Usted tiene razón -oyeron que de repente decía la voz de Drehdichum.
Este, que había surgido del bosque, se plantó en medio de los jóvenes tumbados en la hierba.
-Drehdichum -exclamaron todos alegremente-. Buenos días señor filósofo. Buenos días, señor Ueberall.
El viejo se sentó, chupó fuertemente su cigarro, y volvió su rostro bonachón amistosamente hacia el poeta Lauscher.
-Existe -empezó, sonriendo amable- todavía en mí un pedazo de juventud que a gusto charla de vez en cuando con los Suyos. Si ustedes me permiten, tomaré parte en su conversación.
-¡Encantados! -dúo Carlos Hamelt-. Nuestro amigo Lauscher nos decía que un poeta ha de nutrirse de lo inconsciente y que le sirve de muy poco la ciencia.
-No está mal -respondió lentamente el viejo-. Siempre he tenido cierta simpatía por los poetas y he conocido a alguno para quien su amistad conmigo le ha sido de provecho. Los poetas creen aún más que los otros, que en el seno de la vida existen fuerzas eternas y bellezas semidormidas, y este ve- sentimiento cruza a veces el enigmático presente cual un relámpago la noche. Creen entonces que la vida habitual, e incluso ellos mismos, son sólo imágenes sobre un decorado bellamente pintado y que sólo detrás de ese decorado existe la verdadera y propia vida. De igual modo, las elevadas y eternas palabras de los poetas se me asemejan al balbucir de quien soñando habla, sin saberlo, de las alturas fugazmente entrevistas de un mundo de más

-¡Muy bonito! -exclamó en este momento Oscar Ripplein-. Lo ha dicho usted en una forma muy brillante, señor Drehdichum; pero eso que dice ni es viejo ni nuevo. Esa doctrina fue enseñada hace ya cien años por los románticos: ya entonces se soñaba con esas visiones y relámpagos en la noche. Todavía hoy se oye hablar de ello en la escuela como de una enfermedad de las poesías felizmente superada. Actualmente no se tienen esas ensoñaciones, y cuando se sueña se sabe que el cerebro...
-¡Basta! -le interrumpió el estudiante Hameft-. Hace cien años y más ya existían... tales hombres de cerebro que daban conferencias bien aburridas. Esos soñadores e ilusos son mucho más amables e interesantes que la gente en exceso cerebral. Y, en lo atañente a sueños, yo mismo he tenido últimamente uno muy extraño.
-Cuéntenoslo -le rogó el viejo.
-Otro día.
-¿No quiere? Pero tal vez lo podamos adivinar -opinó Drehdichum.
Carlos Hamelt prorrumpió en una carcajada.
-Bien, lo vamos a intentar -se obstinó Drehdichurn-. Cada uno de nosotros le hará una pregunta, a la cual usted responderá sinceramente con un no o con un sí. Si no lo adivinamos, habremos pasado por lo menos un rato divertido.
Todos se mostraron conformes y empezaron a disparar preguntas. Los mejores requerimientos los hacía siempre el tilósofo. Cuando le tocó de nuevo el turno, preguntó tras una corta meditación
-4Aparecía agua en el sueño?
-Sí.
Ya que el otro había contestado afirmativamente tenía el filósofo derecho a formular, según lo convenido, una segunda pregunta.
-Agua de manantial?
-Sí.
-Agua de manantial mágico?
-Sí.
-¿Fue recogida esta agua?
-Sí.
-Por una muchacha?
-Sí.
-¡No! -Gritó Drehdichurn-. Recuérdelo bien.
-Sí, sí.
-¿De modo que el agua fue recogida por una muchacha?
-Si.
Drehdichum meneó violentamente la cabeza.
-¡Imposible! -clamó de nuevo-. ¿Ha sido la muchacha quien tomó agua del manantial?
-¡Ah, no! -Exclamó Carlos, desconcertado-. Fue el espíritu Handerbart quien primero la recogió.
-¡Ah, ahora lo tenemos! -exclamaron alegremente los otros.
Y Carlos hubo de explicar el sueño sobre la historia del manantial Lask.
Todos le escucharon asombrados y extrañamente conmovidos.
-¡Princesa Lilia! -exclamó Lauscher-. Silberlied...! ¿de dónde conozco yo estos nombres?
-Pues bien -dijo el viejo-; estos nombres están en aquel manuscrito aski que usted me enseñó ayer.

—¡En mi canción! -suspiró el poeta.
-En la imagen de la bella Lulú -susurraron Carlos y Erich.
Mientras tanto, el filósofo había encendido un nuevo cigarro y lanzaba grandes bocanadas de humo hasta quedar completamente envuelto en una nube de humo azul.
-Fuma usted como una chimenea -dijo Oscar Ripplein apartándose de la humareda-. Y qué clase de hierbas!
-Auténticos mexicanos! -dijo el viejo dentro de su nube. Dejó de fumar. El viento dispersó el humo y se llevó al filósofo.
Carlos y Hermann se precipitaron detrás de la nube azulada, que corría hacia el interior del bosque.
-Estupideces! -gruñó el licenciado Oscar Ripplein, con la impresión de haber estado reunido con un grupo de gente extraña.
Erich y Ludwig se habían marchado y se dirigían bajo el sol dorado de media tarde hacia la ciudad, en dirección a la posada. La corona del Rey.
Carlos y Hermann alcanzaron los últimos vestigios de la nube y se detuvieron desconcertados delante de una gruesa haya. Se disponían a sentarse sobre el musgo para reponerse de la carrera, cuando oyeron la voz de Drehdichum detrás del árbol.
-No en ese sitio, señores, que está húmedo. Vengan ustedes a este lado.
Dieron la vuelta al árbol y encontraron al viejo sentado sobre una gruesa rama seca que yacía en el suelo cual un dragón deforme.
-Me alegro de que hayan venido -dijo-.¡ Por favor, siéntense aquí, junto a mí! Su sueño, señor Hamelt, y su manuscrito, señor Lauscher, me interesan mucho.
-Primeramente -le interrumpió, violento, Hamelt-, primeramente, dígame usted, por lo que más quiera, cómo pudo adivinar mi sueño.
-Y cómo pudo leer mi papel -añadió Lauscher.
-¡Bah! -dijo el Viejo-. ¿Qué hay de asombroso en ello? Se puede adivinar todo si se sabe preguntar debidamente. Además, la historia de la princesa Lilia me es tan familiar que por fuerza tuve que pensar en ella.
-De esto se trata precisamente -exclamó de nuevo el estudiante-. ¿De dónde conoce usted la historia y cómo se explica que mi sueño, del que no he contado una palabra a nadie, surja de repente en la misteriosa poesía de nuestro amigo Lauscher?
El filósofo sonrió y dijo con una voz muy grave:
-Cuando uno se ha ocupado de la historia del alma y de su liberación, se conocen cientos de ejemplos semejantes. Existen varias versiones muy diferentes de la historia de la princesa Lilia; la podemos reconocer a menudo desfigurada y modificada en todos los tiempos, y prefiere especialmente la imagen visual como forma más cómoda de darse a conocer. Sólo muy raras veces aparece la princesa en persona, cuya metamorlosis debe de estar actualmente en su último estadio; sólo muy raras veces, digo, aparece visible como figura humana y espera inconsciente el momento de su liberación. Yo mismo la he visto hace poco y he tratado de hablar con ella. Pero estaba ensoñada, y, cuando osé preguntarle por las cuerdas del arpa Silberlied, prorrumpió en sollozos.
Los dos jóvenes escuchaban al filósofo con los ojos desmesuradamente abiertos. Surgían en ellos presentimientos y sospechas, pero la charla maravillosamente confusa y los gestos irónicos del filósofo les desconcertaban, y lo convertían todo en un indescifrable enigma.
-Usted, señor Lauscher -continuó el filósofo, usted, que es un esteta, debe saber cuán sugestivo y peligroso es traspasar el estrecho pero profundo abismo que media entre la bondad y la belleza. Sabemos que ese abismo significa no una separación absoluta, sino tan sólo una escisión de la unidad, y que ambas, tanto la bondad como la belleza, no son principios, sino hijas del principio de la verdad.

Estas dos cimas, que al parecer son extrañas una a la otra, son en realidad enemigas; están profundamente ancladas, como una unidad invisible, en el centro de la Tierra. Pero, ¿de qué nos sirve este saber, si estamos sobre una de las cimas y vemos continuamente el abismo abierto ante nosotros? Superar este abismo y liberar a la princesa Ulia significa una misma cosa. Ella es la flor azul cuya contemplación hace desaparecer la pesadez del alma y cuyo perfume quita la áspera dureza del espíritu; es la criatura que regala reinos, la flor de las nostalgias unidas de todas las grandes almas. El día de su madurez y de su liberación volverá a tocar el arpa Silberlied, y el manantial Lask tomará a susurrar entre el jardín floreciente de los lirios, y quien lo vea y lo comprenda tendrá la impresión de que toda su vida ha estado padeciendo una pesadilla y oye por vez primera el viento fresco y límpido de la mañana clara... Pero aún sufre la princesa bajo el hechizo de la bruja Zichelgift, todavía retumba el trueno bajo las bóvedas derruidas del palacio de Opal, aún yace encadenado por sueños de plomo mi rey en su destrozada sala.
Cuando los dos amigos salieron del bosque a una hora más tarde, vieron a Ludwig Ugel, a Erich Taenzer y al licenciado que, acompañados de una dama vestida con un vestido claro, subían la montaña procedentes de la posada Los tres Reyes. Al reconocer con alegría a la esbelta Lulú, se dirigieron rápidamente al encuentro con los amigos. Lulú estaba alegre y charlaba con su agradable voz armoniosa. Se sentaron todos reunidos a media ladera en un espacioso banco. La clara ciudad yacía brillante y airosa en el valle, y a su alrededor resplandecía el dorado perfume del atardecer sobre los altos prados. Se dejaba sentir la ensoñadora plenitud del mes de agosto; los carros adornados y alegres de la cosecha se dirigían por la carretera del valle hacia los pueblos y las granjas.
-No sé -dijo Ludwig Ugel- qué es lo que hace tan bellos estos atardeceres de agosto. Nos hacen tumbar en la hierba y participar de la suavidad de estas horas doradas...

El Caminante_Herman Hesse

6 comentarios:

MartinAngelair dijo...

Canicas con Hesse,...qué fácil es aquí lo más bonito e impensado.



Con tiempo, traeré una peonza para poder participar.





Mucho ánimo,...mucho espacio para ti.





Besos y buenos días en tu casa.

7 dijo...

es un privilegio

respirar

con tus palabras

y tus silencios

en mi casa,

siempre

siempre

siempre

una sonrisa

al leerte

gracias!!!

espero

alguno

de tus dibujos

o tus letras

o alguna foto

para Hesse no este tan solo

o que Virginia siga soñando...

en esta casa

que es tu casa

Gracias!!!

otra vez Martin Angelair

7 dijo...

y la de ellos...

con sus silencios



o espacios...

Blackrose dijo...

:)

Victoria dijo...

Impresionante Hesse.
Un placer leerte.
Bicos

MartinAngelair dijo...

Más que cómic,...


...es el dibujo,...te apasiona el dibujo.




Y eres un alma muy educada,...


...más que educada,...correcta.






...Dibujo elegante...




(...cómic inteligente...)





Corto y Hesse.







Besos.
B.N.C.Pp.