lunes, 12 de julio de 2010

No te encontrarías allí, con tu analogía con Marco...

Hudson es importante porque, en la segunda mitad del siglo XX, su teoría de las «dos mentes» ha encontrado una base científica en los experimentos de la fisiología del «cerebro dividido». Se sabe hace tiempo que si se corta el corpus callosum —el puente de nervios que conecta las dos mitades del cerebro— se puede curar la epilepsia. Lo que asombró siempre a los cirujanos que realizaban esta intervención era que el paciente no advertía ninguna diferencia y continuaba conducindose como de costumbre. Un experimentador llamado Roger Sperry fue uno de los primeros que advirtió que, si un paciente con el cerebro dividido golpeaba contra una mesa con el lado izquierdo de su cuerpo, no advertía el impacto. Por alguna razón desconocida, el lado izquierdo del cuerpo es controlado por el lado derecho del cerebro y viceversa. Luego aparecieron otras anomalías. Un paciente con cerebro dividido trató de golpear a su esposa con la mano izquierda mientras con la derecha trataba de contener el golpe; otro trató de desabotonarse la chaqueta con una mano mientras trataba de abotonarla con la otra. Pronto se tomó evidente que el yo reside en el hemisferio cerebral izquierdo, y que la persona que reside en el otro hemisferio es, hasta cierto punto, un desconocido. A una paciente con el cerebro dividido se le puso delante del ojo izquierdo, vinculado con la mitad derecha del cerebro, una fotografía erótica y enrojeció; cuando se le preguntó por qué se ruborizaba, respondió con sinceridad: «No lo sé». Era la persona desconocida del otro hemisferio cerebral la que había enrojecido. ¿Por qué los pacientes con el cerebro dividido no comprenden que han sufrido la operación? Porque, en cierto sentido, ya tenían el cerebro dividido antes de la operación. Esto nos ocurre a todos. La parte derecha del cerebro —el otro yo— se ocupa de intuiciones, «significados generales», modelos; es la parte de nosotros que aprecia la música y la poesía. La mitad izquierda del cerebro estudia el mundo a través de un microscopio; está obsesionada con el «aquí y ahora». Se ocupa del lenguaje, la lógica, los cálculos. Hay ciertos estados de ánimo en que las dos mitades del cerebro trabajan tan estrechamente que pueden sentir cada una la presencia de la otra. Cuando estoy profundamente relajado, cuando estoy en una actitud receptiva, utilizo la mitad derecha del cerebro. En este estado de ánimo, soy mucho más intuitivo. Mi memoria funciona mejor. Existen, por tanto, ciertos argumentos que permiten concluir que la mitad derecha del cerebro es la «mente subjetiva» de Hudson, y que la mitad izquierda es la «mente objetiva». La observación más importante que surge de todo esto es que la mayor parte de los seres humanos civilizados pasan sus vidas atrapados en la mitad izquierda del cerebro, obsesionados por la necesidad de afrontar con eficacia el mundo exterior. Jamás pueden relajarse profundamente; son como un hombre que espera que suene el teléfono y permanece subconscientemente en estado de tensión interior. Los artistas, los poetas, los místicos, utilizan de manera natural la mitad derecha del cerebro. También los niños hasta los siete años de edad. (Se ha establecido que en los niños de menos de siete años, las mitades izquierda y derecha del cerebro pueden funcionar de manera intercambiable). Wodsworth afirmó que, cuando crecemos, empiezan a caer «las sombras de la prisión». Hemos perdido la capacidad de retirarnos al jardín del edén del cerebro derecho; la necesidad de afrontar el difícil mundo de los adultos nos mantiene en estado de tensión, esperando que suene el teléfono. Todo esto nos permite comprender con mucha precisión las ideas de Steiner acerca del «mundo espiritual», que son las de más difícil comprensión. Es fácil entender qué quiere decir Steiner cuando afirma que hay un espacio interior del alma en todos los hombres, e incluso cuando afirma que este espacio es el lugar de los seres y acontecimientos espirituales. Lo que nos resulta incomprensible es cómo puede ser que ese mismo espacio sea el lugar de las ideas de la geometría, la filosofía y la ciencia. ¿Qué tienen que ver estas ideas con los seres y acontecimientos espirituales»? Pero si pensamos que el «espacio del alma» es como el «mundo interior» de Hudson, el mundo del cerebro derecho, empezamos a comprender lo que quiere decir Steiner. Cuando el ser humano se relaja profundamente, puede viajar a ese mundo interior. Un niño profundamente abstraído en un libro está «dentro» del espacio del alma. Pero la mayoría de nosotros encuentra muy difícil aventurarse en el mundo interior; es como si estuviéramos atados al mundo objetivo — y a la mente objetiva— con una larga cuerda. Podemos relajarnos hasta cierto punto; luego encontramos el final de la cuerda y tenemos que detenernos. Cuando experimentamos algún alivio o cuando alguien nos fascina, podemos cortar esa cuerda y penetrar profundamente en ese mundo desconocido dentro de nosotros mismos. De modo que lo que dice Steiner es, en realidad, muy simple. Cuando me siento fascinado por un libro o una idea, me retiro a mi espacio interior del alma, y ésta es una experiencia válida de ese espacio del alma. Pero si puedo cortar la cuerda y penetrar profundamente en esa tierra interior —como el «viajero mental» de Blake—, encontraré allí algunos paisajes muy extraños. Además, y éste es el punto central, cuanto más profundamente penetro en el país de la mente, me vuelvo más profundamente relajado y soy más profundamente intuitivo. El país de la mente subjetiva es muy distinto de la cruda luz diurna de la mente objetiva; sus contornos son más suaves y amables; sus colores, más sutiles; su luz, más próxima a nuestro ocaso. Es en el ocaso cuando nuestras intuiciones se manifiestan con mayor energía. Y en ese país de la intuición podemos comprender de pronto que «sabemos» toda clase de cosas que simplemente desdeñábamos e ignorábamos a la luz deslumbrante de la conciencia. Apenas logramos cortar la cuerda, relajarnos profundamente y penetrar en el reino de la mente, se torna perfectamente obvio que Steiner tenía razón por lo menos en un punto. Esta es una nueva clase de experiencia; no una versión intensificada de lo que experimentamos cuando nos retiramos a leer un periódico o nos relajamos en la bañera. Esta relajación profunda nos da una nueva sensación de libertad y experimentamos nuevas clases de percepción. Advertimos que la «cuerda» nos había dado una idea completamente falsa acerca de este mundo interior, así como tendríamos una idea falsa de un país si nunca nos hubiéramos aventurado más de unos pocos centenares de metros después de atravesar sus fronteras. Incluso individuos muy inteligentes y perceptivos pueden cometer este error. Es instructivo, por ejemplo, analizar la actitud de H. G. Wells acerca de este problema. En el capítulo inicial de su Experiment in Autobiography, Wells observa que no posee suficiente libertad y paz mental para proseguir su trabajo. Luego agrega: «Nuestro destino es la confusión. Creo que este anhelo de liberación de las molestias, de las exigencias y urgencias cotidianas, de las responsabilidades y las distracciones, es compartido por una cantidad cada vez mayor de personas». Señala más adelante que, desde el principio de la vida, la mayoría de las criaturas individuales se han limitado a luchar para sobrevivir. Ahora, por primera vez en la historia, existe un nuevo tipo de criatura: un ser humano que desea vivir una vida mental. «Ahora la gente puede formularse lo que habría sido un interrogante extraordinario hace quinientos años. Pueden decir: ‘Sí, tú te ganas la vida, sostienes a tu familia, amas y odias, pero... ¿qué es lo que haces?’» Wells compara estos «hombres nuevos» con los primeros anfibios que salían del mar para ir a vivir en tierra y trataban de respirar de una forma nueva. «Finalmente se trata de respirar aire o nada. Pero la nueva tierra todavía no ha terminado de emerger del agua y nadamos con angustia en un elemento que desearíamos abandonar». O bien, para expresarlo de otra manera, podríamos decir que los anfibios poseen todavía aletas en lugar de patas, de modo que media hora en tierra los fatiga y necesitan volver al mar. Steiner respondería: Se equivoca usted. Piernas ya tenemos.
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El problema es que ha olvidado usted cortar la cuerda. Para comprender a Steiner, debemos tratar de enfocar el verdadero corazón del problema. Debemos tratar de comprender qué es lo que marcha mal en nosotros. El hombre ha evolucionado y se ha tornado más eficiente. Esa eficiencia implica un cierto equilibrio entre el cerebro derecho y el izquierdo. Por ejemplo, después de muchos años de práctica, soy un escritor bastante eficiente. Puedo leer un libro desde el principio al fin en un par de días y escribir luego un resumen de él. Para escribir ese resumen, debo permitir que mi cerebro derecho tome el libro como un todo —que lo vea a vuelo de pájaro, por así decirlo— y luego elija ciertas intuiciones, ciertas visiones y las traduzca en palabras para el cerebro izquierdos Las dos partes del cerebro deben trabajar en concierto. Y es necesario un grado determinado de tensión. Si paso dos semanas leyendo el libro tranquilamente y escribo el resumen con el mismo ánimo, probablemente escribiré diez veces más de lo necesario, y luego tendré que recortar el texto. Por otra parte, si estoy demasiado apresurado, la tensión será excesiva y quizá no advierta los aspectos principales del libro. Debo establecer un equilibrio entre estos dos extremos. Si soy un hombre ocupado, puedo alcanzar este mismo estado «normal» de conciencia. Cuando me siento en el sillón después de la cena, puedo sentirme convencido de que estoy relajado, aun cuando lar viejas tensiones continúan apenas a unos pocos centímetros por debajo de la superficie de la conciencia. Si enfrento alguna crisis grave, que de pronto desaparece, exhalo un profundo suspiro de alivio y realmente me relajo.
«Corto la cuerda». Y si tengo suerte, reconoceré que esta nueva relajación es una experiencia de vital importancia. Renueva mi vitalidad, fortalece mis poderes interiores. Y haré una prioridad de la tentativa de crear estos estados de profunda relajación mediante un acto de voluntad. Sin embargo, es mucho más probable que, después de una buena noche de sueño, olvide esta experiencia. Al día siguiente regresará a mi viejo estado de conciencia, aceptando una tensión vagamente incómoda —la del hombre que espera una llamada telefónica— como un sustituto aceptable de la relajación. Steiner era una de las personas afortunadas —como Wordsworth y Blake— que nacen con la capacidad de pasar mediante la relajación a la parte derecha del cerebro. Esta capacidad no operaba, como en muchos de los poetas románticos, a expensas de su eficacia normal. En la última parte de su vida, podía concentrarse y realizar una formidable cantidad de trabajo. Pero cuando terminaba, no pasaba a un estado insatisfactorio de semirrelajación, como la mayoría de nosotros; había explorado ese mundo mental. Sabía que existía. Cortaba la cuerda y penetraba profundamente en el país mental de su interior. Y nunca cesó de tratar de explicar a los demás: se equivocan ustedes si consideran al «mundo de la mente» como si fuera sólo una metáfora o un oscuro reflejo del mundo físico. Es otro país y todos tenemos un pasaporte para entrar en él…
Viñeta comic_Corto Maltes
imagen_el peso del alma
Pintura_René Magritte
The Piano - The Scent of Love (Michael Nyman)

1 comentario:

PazzaP dijo...

"La mitad izquierda del cerebro estudia el mundo a través de un microscopio; está obsesionada con el «aquí y ahora»."

Excelente entrada. Sólo un matiz: quizá el cerebro izquierdo esté obsesionado con el "aquí y ahora", pero no logra entenderlo, no sabe vivirlo, pues siempre anda enredado con los juicios al pasado y con las especulaciones sobre el futuro.

7 es un número que me polariza. Interesante que lo hayas elegido para llamarte a ti mismo, y que yo lo haya descubierto...

Alguien hace mucho tiempo me dijo que tenía la misma mirada de Holly Hunter en El Piano. Pero creo que eso era cuando aún no lograba cortar la cuerda para navegar por el otro lado de mi mente... :)