viernes, 4 de marzo de 2011

los dones del corazón


La subestimación del factor psicológico tal vez tenga consecuencias fatales.
Ya es hora, pues, de acabar con nuestro atraso en este respecto. Por lo pronto,
empero, las cosas seguirán como hasta ahora, pues el ineludible postulado
del conocimiento de sí mismo es en extremo impopular; se le antoja a la gente
ingratamente idealista, huele a sermón moralista y se ocupa de la sombra
psicológica de la cual, si no se la niega del todo, nadie quiere saber nada.
Fuerza es calificar de casi sobrehumana la tarea planteada a nuestra época;
exige máxima responsabilidad, si no ha de producirse otra trahison des clercs.

Incumbe sobre todo a los dirigentes y a los influyentes que tienen la
inteligencia suficiente para apreciar cabalmente la situación del mundo
actual. De ellos podría esperarse un examen de conciencia. Pero como a más
de la apreciación intelectual es menester la correspondiente conclusión moral,
desgraciadamente no hay motivos para ser optimista. Sabido es que la
naturaleza no es tan pródiga como para añadir a la agudeza mental los dones
del corazón. Por lo común, donde se da aquélla faltan éstos, y las más de las
veces el perfeccionamiento de una facultad determinada se ha operado a
expensas de todas las demás. De ahí que sea un aspecto particularmente
penoso la desproporción que se suele comprobar entre la inteligencia y el
sentimiento, en general reñidos entre sí. No tiene sentido formular como
postulado moral la tarea que nos ponen nuestra época y nuestro mundo.
Cuando más, se puede exponer la situación psicológica existente tan
claramente que hasta los miopes la pueden ver y expresar las palabras y las
nociones que aun los duros de oído están en condiciones de oir. Cabe cifrar
las esperanzas en el hecho de que existen gentes sensatas y hombres de buena
voluntad, razón por la cual uno no debe cansarse de exponer una y otra vez
los pensamientos y los conceptos que hacen falta. Al fin y al cabo, alguna vez
ha de ser la verdad la que se difunda, y no siempre sólo la mentira popular.
Con lo que antecede, deseo hacer ver a mis lectores la principal dificultad que
les espera: el horror en que últimamente los Estados dictatoriales han sumido
a la humanidad no es sino la culminación de todas las enormidades
cometidas por nuestros antepasados cercanos y lejanos. Además de las
atrocidades y matanzas entre pueblos cristianos que abundan en la historia
europea, el hombre europeo por añadidura es responsable de lo que sus
regímenes coloniales han hecho a los pueblos exóticos. En este respecto pesa
sobre nosotros una abrumadora carga de culpa. La maldad que se manifiesta
en el hombre e indudablemente está alojada en él es de máximas
proporciones. Hasta el extremo de que la Iglesia, al hablar de pecado original
originado en la relativamente leve falta de Adán, se diría que incurre en un
eufemismo. El caso es mucho más grave, y no es juzgado con el debido rigor.
Al entender que el hombre es lo que su conciencia sabe de sí misma, la gente
se cree anodina, añadiendo así la ignorancia a la maldad. No puede ella negar
que han sucedido y siguen sucediendo cosas horribles, pero son siempre los
otros quienes las cometen. Y las fechorías cometidas en el pasado cercano o
lejano se hunden rápida y caritativamente en el mar del olvido, permitiendo
el retorno de esa especie de desenfadada ensoñación que se denomina
"estado normal". Sin embargo, con este estado de cosas forma chocante
contraste el hecho de que nada pertenece definitivamente al pasado ni nada
se restablece. La maldad, la culpa, la profunda turbación de la conciencia y el
negro presentimiento están ante los ojos que no se cierran a la realidad.
Aquello ha sido la obra de hombres; yo soy un hombre, participando de la
naturaleza humana, luego soy un cómplice y llevo dentro de mí, intacta e
inextirpable, la capacidad y propensión para hacer en cualquier momento
cosa semejante. Aun cuando desde el punto de vista estrictamente jurídico no
estuvimos y por ende no participamos, en razón de nuestra condición
humana somos criminales potenciales. En rigor de verdad, si no fuimos
arrastrados a la infernal vorágine fue, simplemente, por falta de oportunidad.
Nadie está fuera de la tenebrosa sombra colectiva de la humanidad. Ya date
la fechoría de muchas generaciones atrás o sea de reciente data, ella es
síntoma de una disposición que existe en todos los tiempos y en todas partes.
De manera, pues, que se hace bien en tener "imaginación en el mal", pues sólo
el ignorante puede a la larga pasar por alto las bases de su propia naturaleza.
La cual ignorancia hasta es el medio más eficaz para convertirlo en
instrumento del mal. Así como al que está atacado del cólera y a quienes se
hallan en contacto con él de nada les sirve no tener conciencia de lo
contagiosa que es esta enfermedad, no nos sirve de nada ser anodinos e
ingenuos. Por el contrario, nos induce a proyectar en "los otros" la maldad
ignorada en nosotros mismos. Esta actitud tiene el efecto de fortalecer
grandemente la posición del bando contrario, por cuanto junto con la
proyección de la maldad pasa a éste también el miedo que, de mal grado y en
secreto por cierto, tenemos a nuestra propia maldad, multiplicando el peso de
su amenaza. Además, la pérdida del autoconocimiento trae consigo la
incapacidad para manejar la maldad. En este punto hasta tropezamos con un
prejuicio fundamental de la tradición cristiana, que entorpece grandemente
nuestra política: que se debe rehuir el mal, en lo posible abstenerse de tocarlo
ni de mencionarlo siquiera; pues es, a la vez, lo "adverso", lo tabú y temido.
La actitud apotropeica ante el mal y el rehuirlo (aunque sólo en apariencia)
responden a una propensión, existente ya en el nombre primitivo, a evitar el
mal, a no admitirlo y, de ser posible, a expulsarlo a través de alguna frontera,
a manera del chivo emisario del Antiguo Testamento que ha de llevar el mal

al desierto. Si ya no hay más remedio que admitir que el mal, ajeno a la
voluntad del hombre, está alojado en la naturaleza humana, entra en la
escena psicológica como contrario del bien e igual suyo. Esta admisión
conduce directamente a una dualidad psíquica, la cual está preformada y
anticipada inconscientemente en la escisión política del mundo y en la
disociación, más inconsciente aún, del hombre moderno mismo. Esta
dualidad no es el resultado de la admisión; nos encontramos ya escindidos.
Sería insoportable la idea de ser personalmente responsable de tamaña culpabilidad;
por eso se prefiere localizar el mal en determinados criminales o
grupos de tales, creerse personalmente inocente e ignorar la potencialidad
general para el mal. Mas a la larga no podrá mantenerse este juego, pues la
experiencia demuestra que la raíz del mal está en el hombre; a menos que en
consonancia con la concepción cristiana del mundo se postule un principio
metafísico del mal. Esta concepción comporta la gran ventaja de librar la
conciencia humana de una responsabilidad abrumadora y endosarla al
diablo, en apreciación psicológicamente correcta del hecho de que el hombre,
mucho más que el hacedor de su constitución psíquica, es su víctima.
Considerando que el mal producido por nuestra época eclipsa todo el que
jamás haya afligido a la humanidad, uno no puede por menos de preguntarse
cómo es que, no obstante tanto progreso en los campos de la administración
de justicia, la medicina y la técnica, pese a tanta preocupación por la vida y la
salud, han sido inventadas terribles armas destructivas que pueden
fácilmente causar la desaparición de la humanidad.
Nadie va a afirmar que los representantes de la física moderna son todos
unos criminales porque sus trabajos han conducido al perfeccionamiento de
la bomba de hidrógeno, fruto especial del ingenio humano. El inmenso
esfuerzo mental requerido por el desarrollo de la física nuclear ha sido la obra
de hombres que se dedicaron a su tarea con máximo denuedo y abnegación,
y, por tanto, también en consideración a su magna realización moral habrían
merecido ser los autores de un invento útil y beneficioso para la humanidad.
Aunque el inicial encaminarse a un invento eminente sea un deliberado acto
de voluntad, como en todo desempeña también aquí un papel importante la
inspiración espontánea, vale decir, la intuición. Dicho en otros términos, el
inconsciente coopera v con frecuencia se le deben aportes decisivos. De
manera, pues, que el esfuerzo consciente no es el único responsable del
resultado, sino que en algún punto interviene el inconsciente con sus
objetivos y designios difíciles de advertir. Cuando él pone un arma en las
manos de alguien, es que apunta a algún acto de violencia. La ciencia aspira
primordialmente al conocimiento de la verdad, y cuando a raíz de este afán

designio, sino más bien ante una fatalidad. No es que el hombre moderno sea
más malo que el antiguo o el primitivo, pongamos por caso; lo que pasa es
que dispone de medios mucho más eficaces para poner en evidencia su
maldad. Mientras que su conciencia se ha ensanchado y diferenciado, su
condición moral no ha evolucionado. Tal es el gran problema que se plantea
al mundo actual. La sola razón ya no basta.
Estaría, ciertamente, dentro del alcance de la razón abstenerse, por lo
peligrosos, de experimentos de consecuencias infernales como son los de
desintegración del átomo; pero resulta que en todas partes ella es atajada por
el miedo a la maldad que no se advierte en el propio ser pero se está tanto
más pronto a denunciar en los demás, a sabiendas de que el empleo del arma
nuclear podría acarrear el fin de nuestro mundo actual. Aun cuando el miedo
a la destrucción universal quizá nos salvará de lo peor, la eventualidad de tal
catástrofe permanecerá suspendida cual lóbrego nubarrón sobre nuestra existencia
mientras no se logre tender un puente sobre el abismo psíquico y
político abierto en el mundo, un puente no menos seguro que la existencia de
la bomba de hidrógeno. Si pudiese desarrollarse una conciencia general de
que todo cuanto separa proviene de la escisión determinada por los
antagonismos del alma humana, se sabría qué hacer para poner remedio.
Pero si los impulsos del alma individual, en sí insignificantes, y aun mínimos
y personalísimos, siguen tan inconscientes e ignorados como hasta ahora, adquieren
por multiplicación proporciones inmensas y generan agrupamientos
de factores de poder y movimientos de masas que escapan a todo control
racional y ya no pueden ser usados por nadie para ningún buen fin. De
manera que todos los esfuerzos directos tendientes en esa dirección son, de
hecho, puro espejismo, cuyas primeras víctimas son los que los realizan.
Lo decisivo está en el hombre que no sabe la respuesta a su dualidad. Este
abismo en cierto modo se ha abierto de golpe ante él a raíz de los
acontecimientos más recientes de la historia mundial, después de haber
vivido la humanidad durante muchos siglos sumida en un estado mental que
daba por sobreentendido que un único dios había creado al hombre, como
minúscula unidad, a su imagen. Todavía hoy, prácticamente, no se tiene
conciencia de que cada cual es una pieza constitutiva del edificio de los organismos
políticos de gravitación mundial y, por ende, participa causalmente
en su conflicto. De un lado, uno se sabe un ser individual más o menos
insignificante y se considera la víctima de potencias que no puede controlar,
y del otro, lleva dentro de sí a una peligrosa sombra, antagonista suyo que
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invisiblemente anda complicado en las siniestras maquinaciones de los
monstruos políticos. Es propio de los entes políticos ver el mal siempre en los
demás, del mismo modo que el individuo tiene una propensión punto menos
que extirpable a quitarse de encima lo que no sabe, ni quiere saber, de sí
mismo cargándolo sobre el prójimo. Nada disocia y desgarra tanto a la
sociedad como esta pereza y falta de responsabilidad moral, y nada hay que
promueva tanto el acercamiento y la comprensión como el retiro de las
recíprocas proyecciones. Esta rectificación necesaria requiere autocrítica, pues
no se le puede mandar al otro que reconozca sus proyecciones, por cuanto,
igual que uno mismo, no se percata de ellas como tales. Sólo puede darse
cuenta del prejuicio y de la ilusión quien sobre la base de un saber psicológico
general esté pronto a dudar de la exactitud absoluta de sus pareceres y a
confrontarlos cuidadosa y concienzudamente con los hechos objetivos. Cosa
curiosa, la "autocrítica" es concepto corriente en los Estados de orientación
marxista; pero en contraste con nuestra noción está allí supeditada a la razón
de Estado, vale decir, debe estar al servicio del Estado, no al servicio de la
verdad y de la justicia en las relaciones interhumanas. La conversión del
individuo en hombre-masa no responde en absoluto al fin de promover la
mutua comprensión y los tratos de los hombres; al contrario, su objetivo es la
atomización, esto es, la soledad interior del individuo. Cuantos menos puntos
de contacto tengan los individuos, tanta mayor solidez adquiere la
organización estatal, y viceversa.
Indudablemente, también en el mundo democrático la distancia entre hombre
y hombre es mucho mayor de lo que conviene al bien público, y sobre todo
mucho mayor de lo que conviene al alma humana. Es verdad que se dan
múltiples intentos de eliminar los antagonismos más patentes y estorbosos
por el esfuerzo idealista de tales o cuales, mediante un llamado al idealismo,
al entusiasmo y a la conciencia; característicamente, empero, se omite la
indispensable autocrítica, esto es, la pregunta: ¿Quién es el que formula la
demanda idealista? ¿No será uno que salta su propia sombra para
embarcarse con afán en un programa idealista que le promete una
conveniente coartada frente a aquélla? ¿No habrá mucha espectabilidad
exterior y ética aparente que encubren engañosamente un muy diferente e
inconfesable mundo interior? Se quisiera antes tener la seguridad de que el
predicador de idealismo es él mismo ideal, para que en sus palabras y en sus
acciones haya más substancia que apariencia. Mas es imposible ser ideal, de
manera que el postulado suele quedar sin cumplir. Como en general se tiene
buen olfato para esas cosas, los idealismos predicados o puestos en escena las
más de las veces suenan a hueco y sólo son aceptables si lo contrario es
admitido también. Sin este contrapeso, el idealismo rebasa los alcances del
hombre; su duro rigor le resta verosimilitud, y concluye por degenerar,
aunque bienintencionadamente, en bluff. Mas el "blufar", aturdir, configura
ilegítimo asalto y sometimiento que nunca conduce a nada bueno.
El conocimiento de la sombra trae consigo la modestia necesaria para
reconocer la imperfección. Ocurre que precisamente este reconocimiento
consciente es menester cuando se trata de establecer relaciones interhumanas.
Éstas no se basan en diferenciación y perfección, que hacen hincapié en la
disimilitud o provocan el antagonismo, sino por el contrario en lo imperfecto,
lo débil, lo necesitado de ayuda y apoyo, que es razón y motivo de la
dependencia. Lo perfecto no necesita del prójimo, pero sí lo débil, que busca
arrimo y por consiguiente no opone al otro nada que lo empuje a una
posición subordinada y menos lo humille por superioridad moral. Esto
último ocurre harto fácilmente allí donde elevados ideales se destaquen
demasiado en primer plano.
Reflexiones de esta índole no deben considerarse como sentimentalismos
superfluos. La cuestión de las relaciones interhumanas y de la íntima
trabazón de nuestra sociedad es de candente actualidad en vista de la
atomización del hombre-masa meramente hacinado cuyas relaciones personales
están minadas por el recelo general. Donde rigen el desamparo ante
la ley, la estricta vigilancia policial y el terror, los hombres se convierten en
entes aislados entre sí; tal es precisamente el fin y propósito del Estado
dictatorial, el cual se apoya en la máxima acumulación posible de impotentes
unidades sociales. Frente a este peligro, la sociedad libre ha menester un
aglutinante de naturaleza afectiva, esto es, un principio tal como por ejemplo
el de caritas, la caridad cristiana. Sin embargo, el amor al prójimo es
precisamente lo más afectado por la falta de comprensión que determinan las
provecciones. Es, pues, de vital importancia para la sociedad libre ocuparse
por perspicacia psicológica de la cuestión de las relaciones interhumanas,
toda vez que éstas son el fundamento de su trabazón propiamente dicha y,
por ende, de su fuerza. Donde termina el amor, comienzan el poder, el
atropello y el terror.
Con estas reflexiones no quiero formular un llamado al idealismo, sino tan sólo crear la conciencia de la situación psicológica. No sé cuál de los dos es más precario, si el idealismo de la gente o su comprensión; sí sé que el determinar cambios psíquicos más o menos duraderos es ante todo una cuestión de tiempo. De ahí que la comprensión paulatina se me antoja de efectos más durables que la llama instantánea pero efímera del idealismo.

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